lunes, 21 de mayo de 2018

Quemados por el sol 10



Ser insignificante es otra forma de ser prescindible. Quienes te ignoran te hacen sentir insignificante.  
Imagen relacionadaMe dijo que él no supo que ella estaba allí. A lo mejor me quería decir que le resultó insignificante. O que no le prestó la atención que ella hubiese deseado. Ser importante para alguien, contar para alguien, ese deseo que no se ve satisfecho casi nunca. 
—A lo mejor después, al cabo del tiempo —le dije—, sí la consideró, ¿no?
—No, ni hablar —dijo con más aplomo.
—No puede ser. En un pueblo tan pequeño, según me dice.
—Pues ni así. Era un pueblo muy pequeño, en efecto, y por eso era obligado que nos cruzáramos en la calle, que nos juntáramos en los bailes a los que acudíamos, esas verbenas que se celebraban en las fiestas patronales —rememoró sin poder evitar cierta emoción, a pesar de la distancia que pretendía poner con sus palabras y en absoluto logró—. Ya por entonces, coincidiendo con los años de nuestra incipiente adolescencia, empezábamos a juntarnos chicos y chicas. Parece una tontería recordarlo al cabo del tiempo, pero entonces empezamos a perder el miedo que tenían nuestras madres y nuestras abuelas al contacto con los chicos, que eran tan extraños para ellas, casi demonios, y estaban tan lejanos de sus mundos, tanto que no se acercaban hasta el momento mismo de casarse.
—Antes lo harían, supongo, durante el noviazgo —dije.
—Eso es lo que tú te crees. Eso es lo que tendría que haber sido, pero no era. Cuando digo que no se acercaban hasta el momento mismo del matrimonio, es que no se acercaban hasta el momento mismo del matrimonio, a no ser que la novia fuera alguna fresca, como era el caso de mi madre, eso decían, que era una fresca, por no decir otras cosas que me duelen más. Las frescas, ya sabes, permitían demasiadas libertades, y cuando una moza permitía demasiadas libertades ocurría que los mozos se aprovechaban de ella y la dejaban tirada, ya estaba usada, ya no servía para nada, ya no era necesario casarse.
—Me estaba hablando de él —traté de reconducir su relato, que se le iba por vericuetos que la sacaban del orden y además la entristecían.
—Sí, sí, es verdad —pareció recuperar el orden que se le había extraviado—. Te decía que él nunca me miró como yo deseaba que lo hiciera. Creo que me veía ridícula y extraña, con ese carácter mío que era tan taciturno, con esa tristeza que se me había acumulado tan adentro, que se me había ido macerando desde que era muy pequeña y me había sentido tan despreciada y juzgada por lo que le había pasado a mi madre.
—No tenían por qué despreciarla a usted. Tampoco tenían que haber despreciado a su madre.
—No tenían, no tenían... ¡Pues claro que no tenían, pero lo hacían!
—Esos tiempos —dije por decir, sin saber muy bien qué decir.
—Malditos sean aquellos tiempos.
Cerró los ojos. Quizá quería maldecir con más ahínco aquellos tiempos que aún aborrecía en su memoria.
—Algo bueno tendrían.
—Tenían —dijo— que todo estaba por hacer, pero nada de lo que estaba por hacer podía hacerlo yo, no me estaba permitido.
—Todos podemos hacer algo en algún momento —insistí, para consolarla.
—Lo que le había pasado a mi madre me dificultaba llevar una vida normal. Y aún así me enamoré como una idiota —sonrió con picardía—. Creo que me enamoré de él enseguida, desde que lo vi emerger del agua y en su cuerpo tan fino y delicado, tan blanco, no había ni rastro de la tosquedad que adornaba a los otros chicos que yo conocía, tan morenos, casi ennegrecidos por el sol abrasador de la hora de la siesta, cuando en el pueblo los mayores dormitaban y los niños nos entreteníamos vagando por las calles polvorientas y casi deshabitadas, silenciosas, llenas de una luz cegadora que nos hacía estar a todos quemados por el sol de forma permanente.
—¿Y él, hermana?
—¿Él? Él nada, hija mía. Él tonteaba con unas y con otras y yo me moría de pena cada vez que veía sus devaneos. Cada uno de sus bailes con las otras se me hacía un tormento, y a pesar de todo soñaba con que algún día me sacaría a mí a bailar, y entonces se operaría el milagro y me vería mucho mejor de lo que era, tan guapa como hubiera querido ser para poder gustarle.
—¿Tan guapa como hubiera querido ser? ¿Por qué quería ser guapa para gustarle a un chico?
—Entonces es lo que valía. ¿Crees que los chicos hablaban con las chicas para descubrir su inteligencia? No lo hacían, ni se molestaban. Primero elegían a la más guapa, a la más desenvuelta, y después se interesaban por si sabían lavar, coser, guisar y hacer cualquiera de las tareas de la casa. 
—Antes me ha dicho que ya empezaban a ir juntos, en pandilla, así que se conocían, se valoraban, supongo.
—Nos toleraban, más bien. He dicho que las chicas dejamos de temer el contacto con los chicos, no que ellos nos consideraran como iguales ni mucho menos nos respetaran.
Como si con el correr del tiempo se hubiese progresado mucho en ese sentido, pensé, pero me callé el estado de la situación que a veces no sé cómo abordar, cómo explicar, cómo hacer entender a quienes a estas alturas de la película (da igual que sean hombres o mujeres, jóvenes o mayores) siguen sin ser conscientes de que ha evolucionado más bien poco, casi nada en el fondo, aunque en la superficie lo parezca, si obviamos las noticias cada vez más frecuentes y desesperanzadoras sobre el maltrato cada vez más generalizado y casi normalizado, por eso sólo dije: 
—Así que nunca la sacó a bailar.
—Cuando me marché ni siquiera me había rozado una mano. 
—Cuando se marchó.
—Sí, me marché a Madrid con mi tía, que había encontrado colocación en una casa muy buena para servir.
—Una oportunidad para dejar atrás aquel mundo, ¿no?
—Y para encontrar un mundo nuevo que se me caía encima.
—En un mundo nuevo todo es posible.
—O imposible.


   

viernes, 30 de marzo de 2018

Muñecos en andas



Se trata de muñecos en andas que representan una patraña que se ha perpetuado en el tiempo, una engañifa para lelos, alegan algunos; otros, en cambio, defienden la representación vívida de unos hechos que al cabo de tantos cientos años (no importa cuántos) de haber sucedido gozan de una escenografía insuperable que sigue despertando un interés perverso. La perversidad aplicada en esta circunstancia a las consecuencias negativas que se derivan de ciertos hechos, como si la fe en algo significara aceptar el lote completo de los usos y costumbres que siguen todos los adeptos a esa creencia. Así, sin matices.
Cada vez hay menos matices en casi todo y cada vez hay más verdades absolutas que se toman completas y así no hay quien las digiera, claro. ¿Es por la (in)comprensión, que lleva a las personas a reafirmarse en creencias que no necesitan compartir, ni quieren hacerlo, ni hablar de ellas, ni someterlas a juicios ajenos que las pongan a prueba?
Muñecos o desfile de yesos, dicen quienes se sienten invadidos por las hordas de creyentes que hacen uso de espacios públicos que deberían emplearse en causas mejores.
Representación vívida e incuestionable de algo que es tan (in)cierto como la fe de las personas que no conciben una existencia desgajados de los antepasados que los acostumbraron a una verdad heredada, dicen quienes desprecian la falta de valores que no se pueden adquirir por métodos diferentes a los suyos, por eso hacen uso de los espacios comunes que no tienen reparos en tomar por suyos sin el menor pudor.  
¿Se puede aborrecer la fe (la que no se tuvo nunca y sólo se fingió, para sobrevivir en el aquel mundo que señalaba a los renegados y apestados y después los expulsaba), y regresar a ella al cabo del tiempo, pero regresar con la seguridad de que no se puede vivir de otro modo y además ya sería inconcebible? 
Este muñeco que ilustra estos apuntes que me hierven en el pecho, es la imagen de un Jesús de Medinaceli, que en la cofradía que lo saca en procesión apodan Nuestro Padre Jesús Nazareno, y se trata curiosamente de una talla bastante moderna, nada que ver otras tallas de la magnífica Semana Santa de la Villa de Bilbao que podrían ser catalogadas como verdaderas joyas de la imaginería religiosa, pero quizá precisamente por eso es una rareza que no se ajusta a los sentimientos que se exacerban a su paso. Eso es la fe, ¿no?, un salto al vacío que cubre el trayecto que va desde la realidad sobre la figura del Jesús hombre —de cuya actividad, vida y milagros se puede hablar hasta agotarse—, al presente que contiene el poso que dejó al cabo del tiempo y aún perdura. Indiana Jones dando un paso adelante, cuando ante sus ojos sólo había un abismo del que sin embargo emergía una pasarela, pero se hacía visible y patente sólo después del salto: «Salta al vacío (cree absolutamente) y yo te recogeré». 
¿Saltar al vacío? ¿Cabe preguntarse si hoy hay espacio para la fe, con todo lo que sabemos, tanto de lo que es posible como de aquello que parece imposible? Para la fe verdadera, la que no admite dudas y sólo atiende al pellizco que produce, sin pararse a explicar razones que no existen, y si existieran anularían la fe, que entonces ya sería certeza, y ¿quién se resiste a una buena certeza?           




Seria y austera, la Semana Santa de Bilbao fue instaurada en 1554, cuando la llegada de una astilla de la Cruz de Jesús ocasionaría la formación de la primera cofradía, la de la Vera Cruz. Hoy la Pasión bilbaína comprende un total de trece procesiones en las que participan cada año más de 3.000 cofrades.
Su patrimonio comprende auténticos tesoros de la imaginería religiosa de artistas como Juan de Mesa, Raimundo Zapuz, Quintín de la Torre o Higinio Basterra.







martes, 14 de noviembre de 2017

Quemados por el sol 9









Resultado de imagen de angeles rubiosLo que decía era inimaginable: bañarse en el río por necesidad, por obligación, porque no había otro remedio, como no fuera el de no bañarse, y eso sería aún peor. Imaginé — eso sí pude hacerlo— el río en verano y me resultó agradable la idea, y a continuación en invierno, y me pregunté si también entonces era la bañera, o con el frío se anulaba el aseo. ¿O sólo se posponía? Digo que imaginé y no sé si imaginé bien o hay situaciones que no se pueden imaginar de ninguna manera, se diga lo que se diga para animar a los que nos cuentan a que sigan contando y no desilusionarlos cuando caigan en la cuenta de que es imposible que nadie se ponga en su piel.
Calentar agua en la lumbre y echarla en el barreño que los días de fiesta servía para el aseo de las personas. Los cuerpos encogidos y ateridos, que tardaban en desperezarse tanto como lo que duraba el invierno, y qué inviernos más largos y más crudos eran los de antes.
—El día que apareció él me acababa de bañar y estaba girada de espaldas al agua, para buscar los rayos del sol, los últimos rayos de sol que ya se iba poniendo en la tarde que estaba más bien avanzada.
La miré mientras hablaba con los ojos cerrados, al parecer sintiendo el calor de aquel día o haciendo un esfuerzo para sentirlo. Siguió:
—Yo me había quedado un rato más que las otras chicas, que ya se habían marchado, porque tenía que lavarme el pelo, un pelo larguísimo que mi tía me recogía en trenzas que me llegaban hasta el culo. Decir que las trenzas me llegaban hasta el culo era mucho decir, porque siempre he tenido el culo tan bajo que las gallinas podían picarlo con absoluta comodidad  —sonrió sin ganas de sonreír, con una amargura que en modo alguno podía ilustrar aquella sonrisa insulsa.
—A todos los niños les pueden picar las gallinas en el culo, ¿no?, es lo normal en los niños, que son bajitos —dije para consolarla, sabiendo de antemano que no había consuelo que le valiera.
—En algún momento de ese instante que permanecí de espaldas escuché el estruendo de algo que cuando me giré aún era evidente en las ondulaciones que seguían manifestándose en la superficie del agua. No pude ver de qué se trataba y pensé que sería una rata, pero descarté la idea de inmediato. Las ratas que andaban por las orillas cuajadas de yerbajos altísimos, entre los arbustos, eran grandes, pero no tanto. Y menos aún podrían provocar semejante escandalera.
—Y entonces apareció él —dije, pero lo dije sólo para que abreviara y así evitar que lo siguiera manteniendo sumergido bajo el agua en el relato de su recuerdo, acaso con el objetivo de preservarlo y guardarlo para sí misma, y así evitar que se le esfumara hasta del pensamiento.
—Eso mismo fue: una aparición —casi sonrió, o fue una mueca originada por la contracción de sus ojos que me pareció más un estremecimiento—, como una luz que iluminó la oscuridad de mi vida.
—Así fue como lo conoció —la animé a seguir.
—Bueno, hija, conocer conocer, lo que se dice conocer, no. Qué más hubiera querido yo, que conocerlo. Sólo lo vi, se me apareció, pero no lo conocí. Yo me quedé embobada, pero él no me hizo el menor caso. Creo que no se percató de que allí mismo, delante de sus narices, había una persona. 
—No me diga que no la vio. La vería, mujer, ¿cómo no lo iba a hacer? Igual que lo vio usted a él, exactamente igual.
—Verás: cuando salió del agua, al cabo de un rato, después de dar unas cuantas brazadas y retozar de forma muy breve, se sentó sobre la hierba que crecía al otro lado del pequeño lago. Es que el curso del río se interrumpe en ese punto llegadas ciertas alturas del verano —me explicó—, y entonces se forma una laguna muy agradable.
—Pues entonces ahí está la explicación: si estaba al otro lado no podía verla.
—¡Ni que fuera un lago inmenso! Quita, quita, lo que pasa es que yo era insignificante.















martes, 19 de septiembre de 2017

Verano de 2017



Me acababa de llamar mi amiga Ángela para decirme que iría al pueblo la segunda quincena de agosto. 
—¡Ah!, bien —le dije—, haces muy bien. Aprovecha, tú que puedes.
—¿Tú no vas?
—No. Tengo trabajo —respondí.
—Qué faena, ¿no?, con las ganas que tengo de verte. Pero me alegro de que sea por trabajo, eso significa que muy pronto habrá novela nueva, ¿no?
—Novela habrá, y creo que pronto, sí, pero se quedará en un cajón, como las anteriores. Ya sabes que tengo más de una en la rampa de salida —dije.
No sé si lo sabía, y no me importó si lo sabía; a casi nadie se le queda lo que le digo, lo que le cuento y me preocupa y me contiene; lo que me gustaría dejar de repetir en algún momento y no sé si podré hacer algún día, cuando al fin las personas que se me acerquen cumplan con el requisito más básico de afinidad (una clase de sensibilidad pareja) que de normal no tenemos en cuenta cuando creemos congeniar (¡ay, esos flechazos!) con alguien que parece ser lo que no es y a veces tarda tanto en evidenciar por completo y en el ínterin permite que se forje una amistad que en modo alguno se sostiene en el tiempo. No era el caso de Ángela, que estaba a mi lado desde que tengo memoria y se mostraba inasequible al desaliento, siempre, aunque no entendiera a veces algunas peculiaridades que quizá yo no sabía explicar bien de mí misma.
—¡Ah! —dijo, sólo dijo eso, pero me sonó a decepción.
Tras un silencio incómodo que no sabía cómo llenar y en vista de que su tradicional elocuencia se había volatilizado, dije:
—Estoy preparando un manuscrito, repasándolo, corrigiéndolo, ya sabes lo que es eso —traté también de que le sirviera de consuelo o distracción la explicación que no sé si entendió; no sé si alguien ajeno a este mundo de lunáticos entiende lo que es trabajar un manuscrito, repasarlo, repensarlo, dudar de la efectividad que tendrá cuando lo lean otros ojos, o traducirlo tanto y hacerlo tan comprensible como se pueda, sin llegar a traicionar el verdadero espíritu del escritor, no importa que sea complejo.
—Pues lo que yo decía —volvió a animarse—: que pronto habrá novela nueva.
Entonces la que se incomodó con el silencio fui yo; no el silencio valorativo que puede acompañarse de la mirada expectante (y cuando se habla por teléfono es un inconveniente a tener en cuenta y está casi al nivel de la pobre comunicación que establecemos en las redes sociales: no hay ojos mirando, expresando, apoyando la intención de las palabras), sino ese silencio que denota impotencia porque no sabe de qué modo mejorar lo que no se ha entendido.  
—No. No me has entendido. Yo hablo de zapar sin esperanza: de trabajar, de corregir, de mejorar en lo posible algo que ya está escrito, pero sabiendo de antemano que no le interesa a nadie, o que ese alguien a quien previsiblemente le interesará en algún momento está por llegar. Tú hablabas de publicar, y eso está aún lejos en el tiempo, a no ser que se de un milagro fenomenal y me encuentre al fin con alguien honesto, decente, que no me engañe, que no me cuente milongas sobre capacidades que le gustaría tener, pero no tiene ni de coña, es un don nadie (o puede que una doña, pero sabes que no me gusta emplear este tipo de lenguaje inclusivo que lo que hace en realidad es enrevesarlo todo, y si digo don es porque hablo de un ser humano).  
—¿Y eso no lo puedes hacer en el pueblo? —preguntó.
—¿El qué: corregir, trabajar, o encontrar a esa persona que ando buscando?
—Corregir, claro.
Me figuro que de lo otro prefirió no hacer caso. Seguro que se dijo: ¿Esta inocente anda buscando una persona honesta, sincera, voluntariosa, decente y que además no le cuente milongas? 
—Sabes que no.
—Te marean, claro. Te mareamos.
—Simplemente no puedo, ya lo sabes. Es imposible, por el respeto —añadí—, o más bien la falta de respeto de quienes no saben que hay que vivir y dejar vivir.
—¿Qué quieres decir?
—Que es fundamental respetar lo que uno hace, parapetarse en la realidad que es cada uno y pelear para que lo dejen hacerlo, y debo reconocer que hay poca gente que me respete. 
—Claro, la gente no sabe lo que cuesta hacer lo que uno hace, ni se molesta en averiguarlo, ¿verdad? —se puso en modo comprensiva. 
—No sé si no lo sabe o sí lo sabe pero por lo general no le interesa desviarse por los sentimientos ajenos que pongan en entredicho los suyos propios.
—No te entiendo.
—Casi nadie me entiende —dije, sin pretender caer en el victimismo que me gusta más bien poco, pero es inevitable que vaya aceptando que se es lo que en realidad se quiere ser, lo que le conviene a uno ser para mejor desarrollarse y disfrutarse, sin más intromisiones que la propia conciencia que decide dónde sí y dónde no, y la conciencia sí es inapelable en mi caso, y debería serlo en todos los casos, pero cómo pretender que la conciencia obre de algún modo en quienes carecen de conciencia. 
—Yo sí —dijo.
—Tú me quieres, y eso es mucho. Es mucho y es poco normal —añadí.
—Que no vas, vaya.
—Pues no, no voy —dije, y en efecto no fui y me quedé corrigiendo una novela con tanto mimo como si fuera a leerla el lector más exquisito, el más exigente, el más sensible, el más avezado, el de más elevados ideales y nobles sentimientos.
—¿Y para cuándo algo nuevo?
—¿Algo nuevo? Te refieres a empezar de nuevo por el principio, no a corregir, ¿no?
—Claro.
—También tengo algo nuevo que espero terminar cuando acabe el verano. Sí, creo que la acabaré cuando acabe el verano de 2017. 
Me pareció que al otro lado del teléfono sonó algo parecido a una interjección que me sugirió una expresión de ánimo. Pobre, como si empezar algo nuevo, o acabar algo nuevo (lo nuevo que paradójicamente ya se ha hecho viejo cuando finalmente se acaba, si se ha empezado dos o tres años atrás, o incluso más, si se tiene en cuenta cuándo se ha sentido la necesidad de empezar, el fogonazo que pone en marcha la idea e ilumina el escenario que se abre en la mente del escritor como si se descorriera un telón de fondo en un gran teatro donde no hay nada aún y todos los elementos y los personajes y las ideas y las situaciones están por llegar y se agolpan para situarse en el lugar preferencial que les permita lucirse, exhibirse, contarse), como si acabar algo nuevo significara algo diferente a lo que se ha venido dando desde que sabes que no sabes hacer otra cosa.

(Y entonces me despertó el sol de la mañana y supe que todo era mentira, que todo sería mentira; que al final no corregí; que no cumplió quien tenía que haber cumplido después de haberme jurado y perjurado; que me dejó colgada, esperando, así que no corregí, no pude preparar nada, y ahora se me ha amontonado todo: lo viejo, lo nuevo, lo que está sin estar y no sé qué hacer para que salga adelante. Y no he podido descansar y estoy agotada. Y ni siquiera me llamó mi amiga, no me llamó ninguna amiga. Nadie me echó de menos en ningún lugar, en las vacaciones del verano del 2017). 



         







martes, 6 de junio de 2017

Quemados por el sol. 8



La culpa es siempre de las mujeres. Las mujeres se dejan, consienten, asienten, provocan, muchas veces incitan o invitan. Eso decían antes, yo lo sé, pero aún es más doloroso que lo sigan diciendo ahora para justificar alguna tropelía. Abundan las tropelías todavía, no avanzan tanto como debieran los derechos elementales de las mujeres; el respeto que merecen de los hombres (y de las propias mujeres) amenaza con no llegar a ser nunca suficiente, incluso algunos creen que ya es innecesario y otros excesivo por proteccionista o conmiserativo. Las tropelías son más que trastadas, más que jugarretas o pillerías; las trastadas son muchas veces verdaderos dramas que sólo aciertan a comprender las otras mujeres que se han visto igualmente tratadas y por eso se ven retratadas.      
Durante mucho tiempo no supo su nombre, el nombre del padre. El padre exculpado, exonerado, libre de cualquier responsabilidad: no había ninguna consecuencia para él, que una vez saciado el apetito se podía retirar de la mesa y dejar los despojos para que alguien los aprovechara si podía (si tenía estómago suficiente como para entrar en un lugar que ya había pisado alguien antes: lo había mancillado) o los barriera para que no se quedaran expuestos, a la intemperie. Ay los despojos, que no son siempre objetos desechables, sino a veces seres humanos que sufren y padecen. Se me figuró la religiosa que un día fue niña mientras las otras niñas se envalentonaban y la insultaban aludiendo a su condición de hija de moza como si fuera un delito que resulta que en aquel lugar lo era; un delito del que la madre era la única culpable que pasaba el sambenito a la hija in saecula saeculorum. Valiente herencia le dejó. Un pecado. Los pecados también se heredaban.
—No me diga nada más, hermana, me hago cargo —le rogué, pero no me hacía cargo de nada, ni entendía nada, sólo quería que dejara de contarme aquellos desatinos que enervaban mi alma y me enfurecían hasta límites que me negaba a reconocer.
—¡Qué te vas a hacer cargo! Tú no sabes nada. Tú no sabes lo que es que nadie te haga caso. No sabes lo que es vivir en la grisura absoluta y sin esperanzas de salir de ella. Lo peor de todo es la falta de esperanza. Hasta que llegó él —sonrió entonces como si estuviera alelada— y se hizo una luz que me cegó como si de su destello dependiera seguir adelante o quedarme para siempre en aquella nada oscura.
Me indignó aquel recuerdo, lo confieso, que llevaba implícita la realidad de la mujer supeditada a que un hombre la rescatara. Pero no podía impedirle que siguiera hablando. Debo reconocer, además, que tampoco tenía mucho sentido hacerlo: se hubiera parecido a la prohibición de recordar, y para ella recordar era sinónimo de vivir, aunque fuera en aquella agonía en la que parecía desear recrearse a falta de la esperanza que escaseaba ya en su débil corazón.
—Estaba en la orilla del río. Acababa de bañarme. El río era entonces una bañera comunal, cuando aún no había cuartos de baño y ni siquiera disponíamos de agua corriente en las casas. Había que acarrear cántaros de agua desde la fuente más cercana.
—Entonces había cerca alguna fuente.
—¿Cerca? ¿Cómo de cerca?
—No lo sé, usted ha dicho que acarreaban agua desde la fuente más cercana.
—Más cercana no quiere decir cerca. Algunos tendrían cerca alguna de las dos fuentes que había, pero otros no tanto, y algunos muy lejos. Imagínate, llenar un balde a base de cántaros que acarreas primero y después calientas en el fuego.
Cómo podía imaginar algo así, pero le dije que sí, que lo imaginaba. No podía imaginarme casi nada de lo que me decía. 




  

sábado, 11 de marzo de 2017

Quemados por el sol. 7





Me dijo que vivían en una gran casa, aunque la casa no era propia, sino del pueblo, que se la cedía al médico y a su familia, igual que al cura le cedían una casa junto a la iglesia y al sargento de la Guardia Civil otra que disponía de un gran jardín y estaba junto al río, cerca de la ermita.
—Era rubio. Era rubio como el trigo que crecía entonces por allí, miraras donde miraras. Las espigas verdes se iban dorando y relucían como soles hasta que las segaban para trillarlas en la era. 
—¿Quién era rubio?
—Pues él, ¿quién va a ser? El hijo menor del médico. Era rubio, y se bañaba en el río con unos pantalones vaqueros cortados a la altura de las rodillas y con los bajos deshilachados. Unos pantalones cortados y sin los dobladillos hechos como Dios manda, ¡qué osadía!
Tenía que ser una osadía, si ella lo decía, aunque fuera algo tan inocente. Lo que son las miradas de las personas, que ven sobre todo lo que sienten, lo que recuerdan, casi más que aquello que es evidente o está ya tan lejano que casi nadie lo recuerda ya.
—Tenía unas caderas escurridas, como de niño, y se notaba que no estaba hecho para las labores del campo, como los otros chicos que desde muy pequeños ya parecían réplicas de los padres, con aquellos rostros tan morenos, algunos no tanto, pero igualmente los tenían entre cetrinos y renegridos.
—Cállese, hermana, se está agotando.
—Mejor, mucho mejor, mil veces mejor, si me agoto. Si me agoto y me consumo dejaré de sufrir. Dejar de sufrir, al fin, qué alivio, ¿no?
—¿Por qué sufre, hermana?
—Por todo. Es lo que me toca, sufrir por todo, siempre ha sido así. Unos sufrimos y otros no sufren. No sé por qué pasa eso, pero pasa. ¿Venimos ya predeterminados para algo, y nos vemos abocados a ese algo, lo que sea, tanto da si es bueno como si es malo? Cuando era pequeña porque no podía tener nada de lo que tenían las otras niñas, ni siquiera padre, y la madre que me tocó en el sorteo ese que hacen ahí arriba —elevó la mirada y cerró los ojos a continuación— me duró bien poco. ¿Sabes que hice la Primera Comunión con un vestido que le prestaron a mi tía? Un vestido prestado, ¿te imaginas? Ella, la pobre, bien hubiera querido poderme comprar uno que fuera similar a los que llevaban las otras niñas: largo, con volantes y puntillas y bordados y tules y todo lo que llevaban aquellos vestidos que parecían pequeños trajes de novia en miniatura, que deben hacerla sentir a una reina por un día. Qué le vamos a hacer, si ni eso pude tener. Mi tía, la pobre —¿por qué calificaría siempre a la tía con ese adjetivo, 'pobre', que me la hacía parecer tan insignificante, si en realidad sería un mujer tan fuerte, tan capaz, tan empeñada en sacar adelante su vida y la vida de la sobrina que heredó, aunque careciera de recursos y debiera fabricárselos?—, que se quedó sin dinero después de pagar el entierro de mi madre, poco antes de ese gran día que desde luego no pudo serlo, y después debimos convivir con esa pena tan grande rondando por la casa, aunque yo tardé en darme cuenta de lo que significaba aquello que a mis ojos de siete años apenas era el principio de un dolor que fue creciendo.
—Descanse —dije, pero no me importaba tanto que descansara ella como descansar yo misma de las fatigas que recordaba y me iba contagiando.
—Todas ellas fueron reinas mientras duró ese día —siguió a pesar de mi sugerencia—. Yo no. Yo no tuve mi pequeño momento de gloria ni siquiera en esa ocasión. Yo fui, como siempre desde que tengo memoria, el patito feo, que ese día vistió de gris marengo.
Ciertamente la mención al gris marengo me pareció triste, mucho más que si me hubiera dicho que la vistieron de negro, que hubiera sido lo normal, al menos en ese caso, suponiendo que sea normal que a una niña de siete años la vistan de negro en semejante día de ilusión que quedará para ella como un hito en su vida, una conquista que no conquista nada ni lleva a ningún lado y sin embargo les ocurre, lo de la ilusión, digo (¿por qué ocurre eso, si después algunas se echan al monte y dejan de creer, y otras creen por interés; casi nadie cree de verdad, y aún menos conserva las creencias que ese día parecen inamovibles?).
—Después, ya ves, me escondí, por eso estoy ahora aquí —siguió, me pareció que más despejada, o más conformada—. Es bueno que alguien que no sea Dios o yo misma conozca mi cobardía.
—¿No es eso mucho decir?
—He sido una cobarde —insistió—, y una miedosa, siempre tan triste, además. Sería por la costumbre. Sería porque en mi casa sólo había tristeza. Figúrate, tres mujeres solas: una madre soltera, una mocosa y una tía que se vio en la necesidad de sacarme adelante trabajando muy duro en todo lo que podía. Y las habladurías de la gente, por si faltaba algo. ¿Sabes que culpaban a mi madre por aquello que le había hecho un mal hombre?
Claro que la culparían, pensé. La culpa es siempre de las mujeres. 
   









    

martes, 22 de noviembre de 2016

Quemados por el sol. 6






Como si le interesara el estado de salud de la hermana Sofía. Como si le interesara algo que estuviera fuera de sí mismo, tan embebido estaba en ese mundo suyo de mierda en el que parecía sentirse el rey. Vivir en un mundo de mierda es lo que tiene: convierte a casi todos sus habitantes en potenciales reyes de la inmundicia; si vives en un lugar excelente, es indispensable la excelencia para estar a la altura; si vives en las cloacas, basta con ser la rata más barriobajera. 
Tenía demasiada prisa por regresar al convento y pocas ganas de seguir hablando con aquel hombre cuya actitud, y casi podía asegurar que también su mera existencia, había tenido mucho que ver con el estado de decaimiento de la monja que había sido mi valedora, la misma persona firme y decidida de antaño que ahora yacía postrada en una cama mientras esperaba que la muerte la rescatara de las tinieblas entre las que se había ido a esconder. Y ni siquiera podía estar completamente segura de que el médico fuera consciente de la parte de culpa que acaso le correspondería por el deterioro de una mujer que parecía derrotada por la vida y arrumbada por un gran peso imposible de sostener por más tiempo.
Los hombres, algunos hombres, no sienten sobre sí el peso de la responsabilidad que adquieren con sus acciones u omisiones deliberadas. El comportamiento de las personas tiene consecuencias innegables; la conducta que observamos desencadena situaciones que influyen en la vida de los demás. No basta con decir que no se hicieron ciertas promesas, o que no se acordó algo concreto, o que cada cual es libre de actuar conforme a su criterio: la impronta de las acciones, de las opiniones, del modo de hablar o de comportarse, determina lo que los otros (a quienes se lo decimos) acaban sintiendo.    
—Ha empeorado.
Aguardé a que se marcharan todas las hermanas que andaban por allí pretendiendo ser útiles de la manera que cada una de ellas tuviera más a su alcance. Como si pudieran hacer algo por ella. Como si realmente pudiera alguien hacer algo por ella. Todas eran más bien estorbos, como casi siempre en esos casos donde la presencia de ciertas personas es irrelevante a pesar de las intenciones que alberguen, que son buenas por lo general, pero igualmente prescindibles y a veces hasta indeseables.
—Le he visto, Hermana. Le he visto —repetí: supuse que no me había escuchado—. He hablado con él.
—¿A quién has visto? ¿Con quién has hablado? 
—A él —insistí. Me parecía que la voz que me había preguntado no le pertenecía ya, o estaba demasiado lejos—. Le he visto a él.
Giró ligeramente la cabeza antes de preguntarme si me había dicho algo. Qué tendría que haberme dicho, a su juicio, lo ignoro, sólo podía imaginarlo. Sí entendí que de mi respuesta dependía que ella recobrara una pizca de alegría.
—¿De qué, Hermana, de qué tendría que haberme dicho algo?
—De nada en particular. Siempre fue así, él nunca decía nada. Él se dejaba mirar por las chicas que se enamoraban de él como si no hubiera más chicos en nuestro pueblo ni en los pueblos de alrededor. Era el único. Más bien se sentía el único. El protagonista de la película que miraba y miraba y no decía nunca nada de fuste a nadie, no se fuera a comprometer o a definir.
—¿A usted tampoco?
—¿A mí? A mí mucho menos que a cualquiera de las otras, ¿qué te figuras? Yo era pobre, muy pobre —me dijo con una pena que traspasaba con holgura suficiente la enorme distancia que separaba aquel tiempo del que me hablaba del presente— y huérfana de madre y prácticamente de padre. ¿Qué más quieres? Tenía todo lo que espantaba y nada de lo que cercaba a quienes no se querían contaminar. 
No entendí aquello de «prácticamente». Uno es huérfano o no lo es.
—Prácticamente, ¿ha dicho?
—Prácticamente, sí. Era como si lo fuera, en realidad. No me reconoció nunca, así que era como si también hubiera muerto.
—¿Como si también hubiera muerto? ¿A quién se refiere?
—A mi padre. Mi padre. Yo también tenía un padre. No se puede nacer sin un padre, ¿verdad? Todos los seres humanos tienen un padre y una madre, y también unos abuelos. Todos somos iguales en eso, ¿no es cierto?  
¿A quién le estaría hablando? Si le estaba hablando a alguien.¿Eran delirios? ¿Veía a quienes deberían venir a buscarla para acompañarla al otro lado?
—Todos tenemos padre y madre, sí —confirmé de modo innecesario, me parece.
—Tenerlos es a veces como no tenerlos. A mi madre casi no la conocí, la pobre, tan pronto se me fue.
—Murió, quiere decir.
—Murió, sí. Casi no la conocí y de su cara me acuerdo vagamente. Él, en cambio, mi padre —especificó— es como si también se hubiera muerto. Pero él no se murió, sólo desapareció, se borró de mi vida.
Debería haber dicho que nunca estuvo, si estaba entendiéndola bien, pero quizá decir que se había borrado equivalía a decir que sí había estado en algún momento. 
—Ahí estaba yo —siguió—, tan alejada de él, que era el hijo del médico. Ser el hijo del médico del pueblo en aquellos tiempos es como decir que formaban parte de la aristocracia.
¿Se refería al médico que la había tratado?