sábado, 11 de marzo de 2017

Quemados por el sol. 7





Me dijo que vivían en una gran casa, aunque la casa no era propia, sino del pueblo, que se la cedía al médico y a su familia, igual que al cura le cedían una casa junto a la iglesia y al sargento de la Guardia Civil otra que disponía de un gran jardín y estaba junto al río, cerca de la ermita.
—Era rubio. Era rubio como el trigo que crecía entonces por allí, miraras donde miraras. Las espigas verdes se iban dorando y relucían como soles hasta que las segaban para trillarlas en la era. 
—¿Quién era rubio?
—Pues él, ¿quién va a ser? El hijo menor del médico. Era rubio, y se bañaba en el río con unos pantalones vaqueros cortados a la altura de las rodillas y con los bajos deshilachados. Unos pantalones cortados y sin los dobladillos hechos como Dios manda, ¡qué osadía!
Tenía que ser una osadía, si ella lo decía, aunque fuera algo tan inocente. Lo que son las miradas de las personas, que ven sobre todo lo que sienten, lo que recuerdan, casi más que aquello que es evidente o está ya tan lejano que casi nadie lo recuerda ya.
—Tenía unas caderas escurridas, como de niño, y se notaba que no estaba hecho para las labores del campo, como los otros chicos que desde muy pequeños ya parecían réplicas de los padres, con aquellos rostros tan morenos, algunos no tanto, pero igualmente los tenían entre cetrinos y renegridos.
—Cállese, hermana, se está agotando.
—Mejor, mucho mejor, mil veces mejor, si me agoto. Si me agoto y me consumo dejaré de sufrir. Dejar de sufrir, al fin, qué alivio, ¿no?
—¿Por qué sufre, hermana?
—Por todo. Es lo que me toca, sufrir por todo, siempre ha sido así. Unos sufrimos y otros no sufren. No sé por qué pasa eso, pero pasa. ¿Venimos ya predeterminados para algo, y nos vemos abocados a ese algo, lo que sea, tanto da si es bueno como si es malo? Cuando era pequeña porque no podía tener nada de lo que tenían las otras niñas, ni siquiera padre, y la madre que me tocó en el sorteo ese que hacen ahí arriba —elevó la mirada y cerró los ojos a continuación— me duró bien poco. ¿Sabes que hice la Primera Comunión con un vestido que le prestaron a mi tía? Un vestido prestado, ¿te imaginas? Ella, la pobre, bien hubiera querido poderme comprar uno que fuera similar a los que llevaban las otras niñas: largo, con volantes y puntillas y bordados y tules y todo lo que llevaban aquellos vestidos que parecían pequeños trajes de novia en miniatura, que deben hacerla sentir a una reina por un día. Qué le vamos a hacer, si ni eso pude tener. Mi tía, la pobre —¿por qué calificaría siempre a la tía con ese adjetivo, 'pobre', que me la hacía parecer tan insignificante, si en realidad sería un mujer tan fuerte, tan capaz, tan empeñada en sacar adelante su vida y la vida de la sobrina que heredó, aunque careciera de recursos y debiera fabricárselos?—, que se quedó sin dinero después de pagar el entierro de mi madre, poco antes de ese gran día que desde luego no pudo serlo, y después debimos convivir con esa pena tan grande rondando por la casa, aunque yo tardé en darme cuenta de lo que significaba aquello que a mis ojos de siete años apenas era el principio de un dolor que fue creciendo.
—Descanse —dije, pero no me importaba tanto que descansara ella como descansar yo misma de las fatigas que recordaba y me iba contagiando.
—Todas ellas fueron reinas mientras duró ese día —siguió a pesar de mi sugerencia—. Yo no. Yo no tuve mi pequeño momento de gloria ni siquiera en esa ocasión. Yo fui, como siempre desde que tengo memoria, el patito feo, que ese día vistió de gris marengo.
Ciertamente la mención al gris marengo me pareció triste, mucho más que si me hubiera dicho que la vistieron de negro, que hubiera sido lo normal, al menos en ese caso, suponiendo que sea normal que a una niña de siete años la vistan de negro en semejante día de ilusión que quedará para ella como un hito en su vida, una conquista que no conquista nada ni lleva a ningún lado y sin embargo les ocurre, lo de la ilusión, digo (¿por qué ocurre eso, si después algunas se echan al monte y dejan de creer, y otras creen por interés; casi nadie cree de verdad, y aún menos conserva las creencias que ese día parecen inamovibles?).
—Después, ya ves, me escondí, por eso estoy ahora aquí —siguió, me pareció que más despejada, o más conformada—. Es bueno que alguien que no sea Dios o yo misma conozca mi cobardía.
—¿No es eso mucho decir?
—He sido una cobarde —insistió—, y una miedosa, siempre tan triste, además. Sería por la costumbre. Sería porque en mi casa sólo había tristeza. Figúrate, tres mujeres solas: una madre soltera, una mocosa y una tía que se vio en la necesidad de sacarme adelante trabajando muy duro en todo lo que podía. Y las habladurías de la gente, por si faltaba algo. ¿Sabes que culpaban a mi madre por aquello que le había hecho un mal hombre?
Claro que la culparían, pensé. La culpa es siempre de las mujeres. 
   









    

martes, 22 de noviembre de 2016

Quemados por el sol. 6






Como si le interesara el estado de salud de la hermana Sofía. Como si le interesara algo que estuviera fuera de sí mismo, tan embebido estaba en ese mundo suyo de mierda en el que parecía sentirse el rey. Vivir en un mundo de mierda es lo que tiene: convierte a casi todos sus habitantes en potenciales reyes de la inmundicia; si vives en un lugar excelente, es indispensable la excelencia para estar a la altura; si vives en las cloacas, basta con ser la rata más barriobajera. 
Tenía demasiada prisa por regresar al convento y pocas ganas de seguir hablando con aquel hombre cuya actitud, y casi podía asegurar que también su mera existencia, había tenido mucho que ver con el estado de decaimiento de la monja que había sido mi valedora, la misma persona firme y decidida de antaño que ahora yacía postrada en una cama mientras esperaba que la muerte la rescatara de las tinieblas entre las que se había ido a esconder. Y ni siquiera podía estar completamente segura de que el médico fuera consciente de la parte de culpa que acaso le correspondería por el deterioro de una mujer que parecía derrotada por la vida y arrumbada por un gran peso imposible de sostener por más tiempo.
Los hombres, algunos hombres, no sienten sobre sí el peso de la responsabilidad que adquieren con sus acciones u omisiones deliberadas. El comportamiento de las personas tiene consecuencias innegables; la conducta que observamos desencadena situaciones que influyen en la vida de los demás. No basta con decir que no se hicieron ciertas promesas, o que no se acordó algo concreto, o que cada cual es libre de actuar conforme a su criterio: la impronta de las acciones, de las opiniones, del modo de hablar o de comportarse, determina lo que los otros (a quienes se lo decimos) acaban sintiendo.    
—Ha empeorado.
Aguardé a que se marcharan todas las hermanas que andaban por allí pretendiendo ser útiles de la manera que cada una de ellas tuviera más a su alcance. Como si pudieran hacer algo por ella. Como si realmente pudiera alguien hacer algo por ella. Todas eran más bien estorbos, como casi siempre en esos casos donde la presencia de ciertas personas es irrelevante a pesar de las intenciones que alberguen, que son buenas por lo general, pero igualmente prescindibles y a veces hasta indeseables.
—Le he visto, Hermana. Le he visto —repetí: supuse que no me había escuchado—. He hablado con él.
—¿A quién has visto? ¿Con quién has hablado? 
—A él —insistí. Me parecía que la voz que me había preguntado no le pertenecía ya, o estaba demasiado lejos—. Le he visto a él.
Giró ligeramente la cabeza antes de preguntarme si me había dicho algo. Qué tendría que haberme dicho, a su juicio, lo ignoro, sólo podía imaginarlo. Sí entendí que de mi respuesta dependía que ella recobrara una pizca de alegría.
—¿De qué, Hermana, de qué tendría que haberme dicho algo?
—De nada en particular. Siempre fue así, él nunca decía nada. Él se dejaba mirar por las chicas que se enamoraban de él como si no hubiera más chicos en nuestro pueblo ni en los pueblos de alrededor. Era el único. Más bien se sentía el único. El protagonista de la película que miraba y miraba y no decía nunca nada de fuste a nadie, no se fuera a comprometer o a definir.
—¿A usted tampoco?
—¿A mí? A mí mucho menos que a cualquiera de las otras, ¿qué te figuras? Yo era pobre, muy pobre —me dijo con una pena que traspasaba con holgura suficiente la enorme distancia que separaba aquel tiempo del que me hablaba del presente— y huérfana de madre y prácticamente de padre. ¿Qué más quieres? Tenía todo lo que espantaba y nada de lo que cercaba a quienes no se querían contaminar. 
No entendí aquello de «prácticamente». Uno es huérfano o no lo es.
—Prácticamente, ¿ha dicho?
—Prácticamente, sí. Era como si lo fuera, en realidad. No me reconoció nunca, así que era como si también hubiera muerto.
—¿Como si también hubiera muerto? ¿A quién se refiere?
—A mi padre. Mi padre. Yo también tenía un padre. No se puede nacer sin un padre, ¿verdad? Todos los seres humanos tienen un padre y una madre, y también unos abuelos. Todos somos iguales en eso, ¿no es cierto?  
¿A quién le estaría hablando? Si le estaba hablando a alguien.¿Eran delirios? ¿Veía a quienes deberían venir a buscarla para acompañarla al otro lado?
—Todos tenemos padre y madre, sí —confirmé de modo innecesario, me parece.
—Tenerlos es a veces como no tenerlos. A mi madre casi no la conocí, la pobre, tan pronto se me fue.
—Murió, quiere decir.
—Murió, sí. Casi no la conocí y de su cara me acuerdo vagamente. Él, en cambio, mi padre —especificó— es como si también se hubiera muerto. Pero él no se murió, sólo desapareció, se borró de mi vida.
Debería haber dicho que nunca estuvo, si estaba entendiéndola bien, pero quizá decir que se había borrado equivalía a decir que sí había estado en algún momento. 
—Ahí estaba yo —siguió—, tan alejada de él, que era el hijo del médico. Ser el hijo del médico del pueblo en aquellos tiempos es como decir que formaban parte de la aristocracia.
¿Se refería al médico que la había tratado?





















jueves, 27 de octubre de 2016

Quemados por el sol. 5






«También su abuela, la madre de la madre muerta, la apartó de su lado». 
Asombroso: La madre de la madre muerta no se ocupó de ella, ni veló por ella como es de ley que hagan las madres, y las abuelas son madres dos veces, cuando es necesario. «Hasta donde yo sé —siguió—, siempre la trató como si fuera una apestada o tuviera alguna culpa en los actos de la madre que depararon su nacimiento fuera de un matrimonio legal y cabalmente establecido. Su madre, aquella pobre mujer que murió y sólo dejó atrás la vergüenza de lo que hizo, y lo que hizo era muy grave para la consideración de aquel ambiente; la vergüenza de lo que hizo la madre, sí, y que la convirtió a ella en una niña señalada para siempre con centenares de dedos».
Pensé en la tristeza de la ausencia de la abuela, que acostumbra a ser un anclaje tan fuerte como puede serlo la propia madre. Entonces dije:
—Hasta que le conoció a usted, y el anclaje empezó a tener un rostro determinado.
— Casi nada de lo que fui sabiendo —dijo, como si sólo deseara seguir con su exposición de los hechos, obviando mis palabras— tiene un orden cronológico, de manera que me resulta completamente imposible asegurar cuándo comenzaron sus sufrimientos y cuándo se consoló de ellos, si es que algún día llegó a consolarse. Desde que finalizaron mis períodos de vacaciones de verano (tal y como se entienden las extensas vacaciones de un estudiante que van desde que termina un curso hasta que empieza el siguiente), no la había vuelto a ver. ¿Cuánto hará de eso? —me preguntó directamente.
—¿Y no la reconoció? —pregunté yo por lo que a mí más me interesaba, sin hacer caso de su curiosidad.
—Al principio no, desde luego, pero ella a mí sí, enseguida. Me preguntó si sabía quién era.
—¿Y qué le dijo usted?
—Le dije que no. No podía mentirle —pareció justificarse—y decirle a una persona que no conocía que sí la conocía.
Quizá se avergonzó en ese momento, y por eso sus ojos bajaron hasta el suelo, antes de continuar:
—Si hubiera sabido que podía tratarse de ella, si lo hubiese intuido siquiera, aunque efectivamente no hubiera reconocido a la niña que conocí en otro tiempo, desde luego le hubiera dicho que sí. Cómo iba a saber yo que podía tratarse de ella, y que además era monja. ¡Una monja! Fue una sorpresa absoluta. Lo último que supe de ella es que estudiaba Filosofía y Letras, y no tengo modo de saber cómo decide alguien trasladarse de un lugar tan progresista como la universidad, a un convento, que es la antítesis. ¿Cómo podía saber quién era aquella mujer vestida con el habito de la orden, tan deteriorada, además? Ni siquiera se me ocurrió que pudiera tratarse de alguien a quien yo hubiese conocido en algún momento de mi vida. Era impensable.
—¿No le extrañó que no regresara para someterse al tratamiento que fuera necesario, el que usted debería haberle prescrito, para contener el avance de su enfermedad? Antes me ha dicho que creía posible su curación. Me lo ha dicho, ¿verdad?
—Sí, sí, se lo he dicho, que lo creía posible —reconoció, y aún me dolió más su desinterés.
—¿Entonces?
—Cabía la posibilidad de que hubiese optado por consultar con otro médico, mucha gente lo hace, cuando necesitan estar seguros de que el diagnóstico ha sido correcto, de que no hay errores posibles. Y no tenía manera de dar con su paradero.
—¿Acaso no recuerda cómo era el hábito que llevaba puesto, que le hubiera dado una pista sobre la orden a la que podía pertenecer, supongo? Conocer la orden le hubiera facilitado buscarla en el convento correspondiente —seguí hablando para refrenar mis ganas de abofetearlo y sacudirle aquella bobería que parecía brotar por cada poro de su piel—, animarla a que se tratara, a que no se dejara morir...
—Sé que el hábito que llevaba era como el suyo —me señaló con cierto desdén y trazó en el aire un gesto que pareció abarcar mi indumentaria—, pero no se me ocurrió hacer lo que usted propone. Lo de los ánimos, entendemos que corresponde al paciente —me atajó—, depende de sí mismo y de las ganas que tenga de curarse. Nosotros curamos el cuerpo, ¿no le parece que con eso hacemos bastante?
Inmediatamente dejó de tener el aplomo que me había mostrado cuando entré al consultorio y me recibió con una sonrisa de oreja a oreja y la mano extendida con la palma hacia arriba, con una actitud meliflua e indeterminada: para estrechar la mía o para impulsarse y propinarme dos besos en las mejillas; casi nadie sabe qué hacer con una monja, cómo saludarla, cómo acercarla o alejarla, según sientan o piensen o discrepen de alguien que luce hábitos para escenificar una fe que casi todas las personas tienden a ocultar.
—A ustedes, los hombres, a algunos hombres —especifiqué—, no se les ocurren muchas cosas. No tienen algunos de ustedes demasiada iniciativa, ¿verdad?
Me marché sin responder a la pregunta que me había hecho, relacionada con el estado de salud de la hermana Sofía. 











lunes, 3 de octubre de 2016

Quemados por el sol. 4



Me abstuve de expresarle en voz alta la opinión que me merecía su comportamiento, más aún cuando me dijo que se trataba de un tumor relativamente sencillo de atajar. «Sentí cierta extrañeza, al comprobar que el tiempo pasaba y ella no regresaba, como le sugerí que debía hacer», añadió.
Cuando le pregunté si sabía que era monja me dijo que sí, que lo sabía, por el hábito de la orden que lucía cuando acudió a la consulta. Que lo sabía para su desgracia, añadió.
—Desde que la vi, y supe de su condición, he tenido dificultades para conciliar el sueño.
Había inclinado la cabeza y escondido su mirada para hurtarla al escrutinio a que lo sometí. Escrutinio o directamente juicio, no lo sé.
—La conciencia —añadió— no lo deja dormir a uno, cuando no está en paz.
Sólo entendí lo que quería decir cuando me aclaró que había conocido a la Hermana Sofía cuando ella, casi una niña por aquel entonces, y él, un adolescente que estaba a punto de empezar la carrera de medicina, habían cruzado sus vidas en un pequeño pueblo de la Castilla más profunda por cuestiones de puro azar. El azar era el destino del padre de él, un médico rural que había ido a caer por aquel pueblo como podía haber ido a caer en cualquier otro, pero cayó allí, en el mismo lugar en el que ya estaba ella.
—Creo recordar que yo empezaba mis estudios universitarios el mismo año que nos conocimos —empezó diciendo—, cuando finalizaran las vacaciones de verano. Entonces, debo reconocerlo, no me paré a mirarla, la verdad. No tenía edad, era casi una niña que sí me miraba a mí. Lo supe después, mucho más tarde, cuando ya ni siquiera estaba en el pueblo. Me dijeron que se había marchado a estudiar fuera, con una beca o algún tipo de ayuda que consiguió no sé de qué manera, eso no se lo puedo precisar muy bien. Ya sabe usted cómo suceden las cosas en esos ambientes rurales, donde todo el mundo habla como si lo supiera todo sobre los demás aunque realmente no sepan casi nada, y entonces deben inventar o fabular, para ordenar la trama de lo que quieren contar...
Se interrumpió para tomar aire, o para serenarse. Se había alterado, y recordar parecía revolucionar más sus emociones.
—Me hablaba sobre esa ayuda que recibió —traté de centrar el relato de lo que él me pudiera aportar—, la que le permitió salir del pueblo para estudiar.
—Si, sí, la ayuda. Creo que tuvo que ver con la actividad de esa tía suya, la misma que la crió a partir del fallecimiento de su madre. De su padre no se puede decir nada, si no la había reconocido legalmente. Era lo que por entonces decían en aquellos pueblos una hija de moza, así que no tenía nada a lo que agarrarse para salir de aquel ambiente opresivo que vivía en el pueblo.
—Así que se crió con una tía.
—La madre había muerto de cáncer, pocos días antes de que la entonces niña hiciera la primera comunión.
Asentí, creyendo entender lo que no sabía si en verdad entendía. Él continuó:
—Puede usted imaginar la vida que tuvo, siempre triste, siempre melancólica. 
«Siempre triste, siempre melancólica, sí», pensé.



viernes, 9 de septiembre de 2016

Quemados por el sol. 3







La madre superiora claudicó cuando empezó a temer, ella también, por la vida de la monja que se estaba dejando morir sin que nadie supiera por qué, y probablemente no lo hubiéramos llegado a saber de no mediar mi interés en averiguarlo.
No lo hubiera sabido yo. Sólo yo conocí las circunstancias que se dieron para influir de tal modo en su estado de ánimo. El resto de la congregación a la que todavía no pertenecía, y a la que por tanto no debía la obediencia absoluta que le debería después, cuando ya fuera una de ellas de pleno derecho, sólo conoció una parte muy pequeña de la razón que había derrotado a la monja y la postró en cama mucho antes de que llegara su hora, si en efecto las horas finales de las personas llegan con un orden predestinado.
Creía que le debía el silencio que guardé, por eso callé.
El médico que la atendió, un hombre de mediana edad, muy alto, desgarbado y cargado de hombros, con el pelo canoso y ralo, que debió ser rubio en sus años más jóvenes, me dijo que tenía un cáncer, pero que no corría peligro inminente si recibía el tratamiento adecuado.
«El tratamiento adecuado», dijo. Pensé en cuál sería el tratamiento adecuado, el que el médico consideraba el tratamiento adecuado. El médico que extrañó que la monja no volviera por allí, pero no hizo nada por averiguar por qué no había vuelto, ni qué sería de ella si en efecto no volvía para someterse al tratamiento adecuado.










martes, 21 de junio de 2016

Quemados por el sol. 2




"Quemados por el sol". 2






Al principio de su enfermedad, que yo no consideraba física, ni siquiera mental, sino emocional; sí emocional, como esas dolencias que no se pueden diagnosticar porque no se sabe de dónde vienen ni qué las provoca ni hay conciencia de que sean algo que vaya más allá de una melancolía ocasional o pasajera, la hermana Sofía nos pedía que la dejáramos. Me lo decía a mí más que a ninguna otra, cuando me afanaba en ayudarla a cumplir sus tareas, sobre todo las más pesadas, para que no se fatigara demasiado. «Déjame, y no te preocupes tanto por mí, anda. Yo ya soy mayor y sólo puedo entorpecer el camino que tú tienes por delante».
Dejarla hubiera sido a mis ojos una villanía y ni siquiera contemplé semejante posibilidad. Ella había estado a mi lado, de manera incondicional, desde mi entrada en el convento, y defendió contra viento y marea mis razones y actitudes contradictorias cuando era una postulanta ignorante que pretendía alcanzar la clase de gracia divina que en mi ánimo sólo se podía encontrar en un lugar como aquel. Eso pensaba, sí, al principio, cuando imaginaba que hallaría una especie de gracia divina manando en forma de surtidor en cada rincón del convento, y que me daría de beber cada vez que tuviera sed, a medida que fuera secándoseme el alma. Me resulta extraño, pero tuvo una fe absoluta en mí, y no se le ocurrió buscar explicaciones enrevesadas a mi decisión. Al contrario que había hecho la madre superiora, la hermana Sofía mantuvo en todo momento la teoría de la multitud de caminos que conducen a Dios, y son tantos que sería inútil pretender abarcarlos todos para poder vigilarlos de cerca y comprobar que llegaban hasta Él sin el concurso de algún recoveco. 
¿Cómo dejarla de lado cuando me necesitaba tanto? Daba igual que ella lo aceptara o lo reconociera siquiera, si hasta en los albores de su enfermedad pretendía levantarse de la cama, y de hecho lo hacía, se levantaba como si no ocurriese nada que lo desaconsejase, decía que para no entorpecer el funcionamiento normal de la comunidad.
Aquel día, cuando al fin aceptó que ya no podía más, y decidió que sí, que iría al hospital para someterse a un reconocimiento médico que descartara cualquier anomalía digna de mayores preocupaciones, se precipitó el desastre, si no fue una consecuencia normal de todo cuanto había estado anidando en su alma desde que tuvo conciencia de la persona que era y no podía dejar de ser, como si no fuese posible alterar el rumbo a que someten a las personas las circunstancias de su nacimiento.
Debió alarmarnos que insistiera en ir sola. ¿Ir sola, en su estado? Pero fue la única posibilidad que nos concedió: iría sola o no había trato. Me imagino que la cara del taxista que recibió las recomendaciones de tantas monjas, acerca del cuidado de la pasajera a que se comprometía,representó la responsabilidad con que se le cargaba. Digo que la imagino, era imposible ver nada detrás del tumulto que se formó en torno a su ventanilla.
Cuando regresó se aferró al rosario de nácar que llevaba siempre prendido al hábito, y sin más explicaciones, se metió en la cama para rezar con una obsesión que yo siempre creí contraproducente para la lucidez de cualquier ser humano. «Necesito hacerlo», decía, «tengo que rezar mucho para salvarme», y de ahí no la sacábamos. Y el empeño de la madre superiora por que alejara mis preocupaciones, alegando que las oraciones expresadas con el fervor de la hermana Sofía sólo podían ser bendecidas por Dios Nuestro Señor, y acercarla más a Él, tenía la capacidad de desconcertarme. No entendía que sus desvelos fueran a ser compensados con una buena vida en su Reino cuando le llegara la hora de abandonar este valle de lágrimas en el que sólo estamos de paso.
Sí, es posible, le decía, pero mientras aún está en este mundo se está matando, o se está dejando morir, que para el caso es lo mismo.
¿Qué más podía hacer, además de hacer lo único que podía hacerse en ese caso, a mi juicio? Pero necesitaba obtener el permiso de la superiora para ir a ver al médico que la reconoció.  
     





















jueves, 16 de junio de 2016

"Quemados por el sol". 1













«La vida te quita la vida». Lo dijo muy despacio, como si quisiera comerse sus palabras, entretejidas a lo que parecía una especie de susurro destinado a ser escuchado por ella misma y por nadie más. Pero sonaron a una confesión que no sé si quería serlo de verdad o sólo nos lo pareció a quienes estábamos allí; le salieron del fondo mismo de un alma que comenzaba a escapársele por los ojos, entreabiertos apenas, como si tuviera mucha prisa por alejarse del cuerpo, prematuramente avejentado por la enfermedad, que yacía en aquella cama.
De nuevo lo dijo: «La vida te quita la vida», y yo repetí la frase para mí misma, casi paladeándola con la certeza de saber que dolía, aunque no fuese capaz de distinguir por qué me dolía tanto. Necesitaba encontrar una razón en medio del sufrimiento de verla partir así, tan desvalida y tan sola.
Supe entonces que se moría, o lo intuí. No, no lo intuí sólo, lo supe con certeza. Creo que lo supimos todas, que se moría, y sólo se me ocurrió echar de menos la compasión del Dios al que tanto rezábamos, si se desentendió de ella y la hizo a un lado sin contemplaciones, como si no le importara nada. Me parecía un sinsentido que ese Dios tan bondadoso, tan magnánimo y comprensivo, se vaciara de pronto de tanta benevolencia y se comportara como un ave de rapiña. Ella, sin embargo, parecía resignada, casi entregada, no sé si asegurar que también contenta con esa muerte que tenía tan próxima, como si sólo así pudiera deshacerse de un gran peso por el que llevaba tirando demasiado tiempo con resultados tan cicateros. Incluso creí adivinar una velada alegría en el rostro de la monja, o sería satisfacción. Así supe que ya no había marcha atrás, por grande que fuera mi dolor; que el milagro por el que rezaba no tenía trazas de realizarse. Ella estaba al final de su camino, por más que me negara a admitirlo, y aquella satisfacción suya me hacía suponer que estaba a punto de cumplir un extraño pacto que parecía tener con Él.
Recordé entonces, casi me obligué a hacerlo mientras me rebuscaba por dentro alguna explicación que conformara y aquietara mi conciencia, un día no demasiado lejano en el tiempo, cuando acudió a la ciudad para ser reconocida en el Hospital Universitario, a donde la empujamos entre todas a pesar de sus reticencias. En mala hora, debo decir, si regresó sumida en un letargo emocional que nos resultó más alarmante aún que la peculiar melancolía que había hecho presa en su ánimo durante los últimos tiempos.
Creo que fue entonces cuando empecé a decir en voz alta que estaba dejándose morir. Esa impresión tenía cuando la veía oscilar entre un sopor inexplicable que la llevaba primero a un duermevela intranquilo y después a una vigilia inquieta, sin que nadie, y aún menos ella, concediera la menor importancia a semejante despropósito, absolutamente irracional en alguien con las costumbres bien asentadas y desarrolladas, al cabo de los años ordenados que había vivido en régimen de clausura.
«Se está dejando morir», le decía yo a la madre superiora. Presentía que estaba dejándose morir, lo presentía y se lo repetía sin descanso, sin obtener más resultado que el castigo que me impuso consistente en una ristra de interminables Padresnuestros con sus correspondientes Avesmarías, suponiendo que la oración acabaría por lavar mi insolencia o reconvertiría mi carácter y dejaría de ser tan alarmista y alborotadora. Quizá pudiera hacerlo algún día, seguramente podría, pero entonces acababa de entrar en el convento y en mi espíritu anidaba cierta rebeldía que la Reverenda Madre vigilaba, desconfiada y extrañada como estaba por mi decisión de entrar en la Orden a una edad tan temprana. Sería por la falta de vocaciones, que en los últimos tiempos se manifestaba con cuentagotas, y hacía que estuviera en guardia permanente, por si alguien que decía sentir la llamada de la vida religiosa estaba equivocándose.
Yo, en mi fuero interno, sí podía argumentar sin dificultad esa llamada que procede de no se sabe bien dónde, y asegurar sin género de dudas que, en efecto, guía ciertos destinos a fuerza de tirar y tirar de alguien por algún lado, o por todos al mismo tiempo, hasta conseguir que desaparezca cualquier deseo que no sea traspasar los muros de un convento donde sólo existirá la necesidad de rezar y dejarse llevar por esa vida entre contemplativa y combativa que durante todos los días de la existencia deberá llenar el alma de quien la siente de una paz que no parece existir en el mundo exterior, cada vez más convulso, donde sólo vale lo que tienes y casi nada lo que eres. Ella, la madre superiora debía pensar que a lo mejor sólo estaba buscando un refugio protector contra el mundo exterior. Debía creer que para sentir la llamada de la fe y tener esperanza en la fuerza de Dios, era necesario sufrir y desgarrarse en el centro mismo del alma; que no se podía mirar arriba con la pretensión de verle a Él si antes no se había mirado hacia abajo y se habían visto bien de cerca el dolor y la desesperación.
«Se lo advertí, madre», podría haberle reprochado después, cuando ya fue demasiado tarde, pero no me hallaba en condiciones de hacer semejante reprobación a la máxima autoridad del convento. Al fin y al cabo, yo sólo era alguien en período de iniciación, y si lo pasaba podría acceder a destinos más elevados para mi espíritu, suponiendo que la vida de recogimiento fuera —así me lo decían— una escalera por la que se sube y se sube, indefinidamente, hasta alcanzar el grado de perfección que de nosotras exige la extraña llamada en forma de vocación que nos había guiado hasta allí.
Así, concentré mis esfuerzos en seguir agradando al resto de la comunidad y, sobre todo, en el cuidado de la hermana Sofía, aunque ella no fuese siempre consciente de mis atenciones, cuestión que me importaba más bien poco, si me atenía a mis pretensiones fundamentales, consistentes en devolverle el inmenso cariño que ella me había ofrecido tan desinteresadamente desde el mismo día que atravesé la enorme puerta que comunica nuestro pequeño mundo con el gran mundo que hay en el exterior, y mi peculiar forma de entender la vida, en contraste con esa filosofía de vida imperante en ese pequeño mundo interior, empezó a ponerme en tela de juicio entre las monjas más veteranas, tan espirituales y etéreas; tan metidas, casi mimetizadas con la irrealidad con la que convivían de un modo tan artificial. Me parecían seres que vivían en este mundo, pero ya sentían estar en el otro, el que aspiraban alcanzar gracias a sus piadosas obras y a las interminables horas de oración que se metían entre pecho y espalda.
La hermana Sofía, en cambio, se mantenía en un extraño punto intermedio que me tranquilizaba y, sobre todo, me ayudaba a conservar la fe que menguaba a ratos sueltos. Podía ser tan liviana y espiritual como una ráfaga de viento en mitad del bochorno insoportable de las mañanas del verano, cuando el sol recalentaba el claustro que rodeaba el patio interior del convento y hacía arder las gruesas paredes de piedra gris que nos protegían del exterior, y tan mundana como para canturrear alguna canción de moda —de la moda de sus años más jóvenes, claro—, mientras se remangaba el hábito para corretear en dirección al lugar al que llegara tarde, y siempre parecía llegar tarde, como si le faltara el tiempo. Las dos posibilidades cabían en la hermana Sofía, antes de que enfermara; después, cuando empezó a languidecer, bastante tenía con caminar penosamente, sujetándose a las paredes, respirando despacio, como si todo el aire que había a su alrededor no bastara para llenarle los pulmones.
Un día decidió que ya no podía más, y se rindió, o al menos aceptó ocupar una celda que había junto al refectorio, que era un lugar por el que pasábamos todas las hermanas varias veces al día. Pero tampoco el ir y venir constante, ni las atenciones que le dispensábamos, elevó su ánimo.
«¡Qué barbaridad!», me dijo la madre superiora al fin, argumentando que era un pecado mortal, impropio de una religiosa. 
¿Qué barbaridad? ¿Y qué, que fuera una barbaridad? Si estaba dejándose morir, había que resignarse y aceptarlo o tratar de impedirlo, por encima del parecer de la madre superiora, tan celosa siempre de mantener las reglas y de su escrupuloso cumplimento, incluso si las dichosas reglas excedían la lógica de la razón.