viernes, 6 de mayo de 2016

Me lo dicen y no lo creo











Me dicen que te vas, que ya no puedes más, que has llegado al límite de tus fuerzas. 
Me dicen que no soportas el poco respeto que inspira aquello que tú veneras como a un ídolo incontestable y que debería reinar sobre las almas de las personas con más autoridad que cualquier santón. 
Me dicen que te has cansado de pelear contra molinos de viento, de confundir caballos con princesas y norias con castillos, y de enredar las verdades de tu fantasía con las marrullerías de la realidad.
Me lo dicen y no me lo creo. No me creo que puedas desoír las voces que te susurran para pedirte que cuentes lo que te dicen; te lo piden a ti, claro, porque tú las escuchas, y tú entiendes los galimatías que te plantean, y hasta los ordenas en historias que parecen más verdad que la verdad misma.
Por eso no me lo creo. No me creo que te dejes vencer por sinvergüenzas y trileros que sólo ven negocios donde deberían ver la sal de la vida. 
¿Qué dirían tus heroínas de cabellos encendidos, si las abandonaras? Se quedarían mudas, sordas, detenidas en los lugares que les designaran los bienpensantes, y no tendrían quien las guiara por esos mundos de este y otros universos, en pos de aventuras encaminadas a enderezar entuertos. Y son tan necesarias las personas que tienen la facultad de empujar, incitar, alentar, que es un pecado de lesa humanidad cuando alguna se rinde.
Me dicen que te has cansado de ver encumbradas tantas mamarrachadas que ya no te caben más en las retinas.
Me dicen... pero son precisamente quienes tanto me dicen, los que no entienden que tienes razón; no saben que quizá obras bien queriéndote marchar a otro mundo más próximo a tu alma. 
Y yo, que te entiendo tan bien, sólo tengo una pregunta que hacerte: ¿Puedo marcharme contigo?
   





lunes, 4 de abril de 2016

Una buena novela, según Virginia Woolf




Cada persona tiene una opinión propia acerca de las novelas y la calidad que se les debe exigir. Las emociones son particulares e intransferibles, así que no hay una lógica ni una regla ni una medida ni un molde al que acomodar los textos que trascienden los convencionalismos o los transitan con una fidelidad relativa o absoluta.

Es, pues, una cuestión de criterio personal, casi una necesidad vital de hallar algo que colme el deseo con que se afronta cada nueva lectura (se da por supuesto que las relecturas ya han pasado la criba y se han quedado como compañeras eternas del lector que volverá a ellas una y otra vez) y reconocer en el escritor un poco de lo que quisiéramos contar si supiéramos, si pudiéramos, si nos fuera dada la capacidad de ser lo que querríamos ser.
«Meter el cuchillo entre las junturas del cuero con el que la mayoría de nosotros estamos recubiertos», sí.  

“¿Qué es una buena novela?”, Virginia Woolf


Virginia Woolf
Una buena novela es cualquier novela que le hace a uno pensar o sentir. Tiene que meter el cuchillo entre junturas del cuero con el que la mayoría de nosotros estamos recubiertos. Tiene que ponernos quizás incómodos y ciertamente alerta. El sentimiento que nos produce no tiene que ser puramente dramático y por tanto propenso a desaparecer en cuanto sabemos cómo termina la historia. Tiene que ser un sentimiento duradero, sobre asuntos que nos importan de una forma u otra. Una buena novela no necesita tener trama; no necesita tener final feliz; no necesita tratar sobre gente simpática o respetable; no necesita ser lo más mínimo como la vida tal como la conocemos. Pero tiene que representar alguna convicción por parte del escritor. Tiene que estar escrita de modo que transmita la idea del escritor, ya sea simple o compleja, tan fielmente como sea posible. No tiene que repetir aquello que es falso o trillado simplemente porque al público le resulta fácil mascullar una y otra vez sobre lo falso y lo trillado.
Todo esto se refiere a las novelas escritas en el pasado. Es imposible estar seguro de cuáles serán las características de una buena novela en el futuro. Las novelas contemporáneas nos sorprenden a menudo por ser muy distintas de aquello que hemos aprendido a admirar y crean una belleza que, al ser tan distinta de la antigua, resulta mucho más difícil de apreciar. Pero lo contrario también es cierto; algunas de las mejores novelas también se han hecho inmediatamente populares y del todo fáciles de entender. El único método seguro de decidir si una novela es buena o mala es simplemente observar nuestras propias sensaciones al llegar a la última página. Si nos sentimos vivos, frescos y llenos de ideas, entonces es buena; si quedamos hartos, indiferentes y con poca vitalidad, entonces es mala. Pero estar seguro de lo buena que es una novela y el tipo de virtud que tiene resulta extremadamente difícil. El mejor método es leer lo antiguo y lo nuevo uno al lado del otro, compararlos y así desarrollar poco a poco un criterio propio.
Virginia Woolf
“¿Qué es una buena novela?”, 1924
Foto: Virginia Woolf por Leonard Woo

jueves, 3 de marzo de 2016

¡El horror! ¡El horror!




¡El horror! ¡El horror!

¿Qué horror? ¿Dónde está el horror? ¿Quién sabe qué es el horror, y qué encierra? ¿De qué hablamos cuando hablamos de horror?
El lugar más apacible, la estampa más idílica, la normalidad más cotidiana pueden convertirse, a veces, en desasosiego o inquietud o incertidumbre.  
¿El conocimiento es tal vez una clase de horror; acaso lo sea el desconocimiento, o se trata sobre todo del vacío, del terror a la nada, de la insondable vacuidad que nos habita y nos aterra cuando nos miramos y nos cuesta tanto esfuerzo tener que ver tanto para al final ver tan poco?
Todo es un horror. La existencia del horror, o el horror de la existencia.
La nada que atenaza y engulle. El conocimiento de la nada. Conocer la nada; ¿hay mayor contrasentido? Contrasentido, sí: uno cree conocer lo que no puede conocer; o lo quiere conocer para saber que lo conoce, o decirlo, sólo, y que lo otros sepan que uno sabe.
Kurtz y el horror, su horror. Kurtz se refería a su propio horror, a su particular infierno feliz, lúcido, revelador como un holograma de sus pensamientos. ¿Y mi horror, que desconozco?
O es el desconocimiento (no digo la ignorancia), el verdadero horror; o el conocimiento que de pronto se viene encima y uno no sabe muy bien cómo administrar, qué uso darle, para qué; el horror de ver lo imposible en el negatoscopio.






miércoles, 3 de febrero de 2016

La lógica del Diablo








Lo digo como me lo dijo, sin poner ni quitar nada: «El Diablo es más lógico, más razonable. El Diablo tiene sentido y sabe a dónde va. Dios, en cambio, es un simplón que piensa que todo irá bien si debe ir bien, pero no explica cómo puede ir bien aquello que debe ir bien, y lo deja todo al dichoso albedrío que envuelve en una pátina de tontuna que acaba por confundir a los humanos y los hace agarrarse a la paciencia, a la resignación cristiana, al advenimiento de lo que sea que vendrá cuando a Él le dé la gana que venga, si se la da, que esa es otra: como tiene toda la eternidad por delante, juega con la paciencia de sus criaturas de manera cruel e innecesaria; es lo que tiene ser todopoderoso y controlar el Universo a su antojo, que se deja de prestar atención a las pobres criaturas cuya existencia es finita, y se piensa en términos de grandeza ilimitada en todos los casos.
»El Diablo, sin embargo, camina despacio, siguiendo los pasos de los humanos, que son cortos, indecisos muchas veces, dubitativos las más; y cómo no van ser cortos, indecisos y dubitativos, si casi nunca saben a dónde van, y cuando creen saberlo aún dudan en algún momento, y entonces quieren rectificar, pero sin dar su brazo a torcer, de ahí los titubeos que el Diablo ve de lejos, por eso decide seguirlos, para alentar su caminar penoso, para apoyarlos con un empujoncito si hace falta».
Así me lo dijo; y que seguiría diciéndome más si hacía falta.







  

martes, 12 de enero de 2016

Puta y santa; anverso o reverso.




La seductora, la arrebatadora, la encantadora, la embaucadora, la meretriz de alto copete o la hechicera que los hombres buscan en los poemas y echan de menos en las tristes vidas que acaso quisieran más trepidantes, con más emociones y menos monotonía.
La luna inalcanzable, el sol incandescente que sólo Ícaro ha visto de cerca (eso dicen). La selva impenetrable, el camino impracticable, el río manso con remolinos ocultos y corrientes traicioneras; la inmensidad de un océano insondable; la cara de la montaña que cae a pico y no tiene aristas o salientes a los que asirse para escalarla.
La vida árida, triste e invivible de los desesperados y aburridos, cobardes reacios a dejarse ir a tiempo, antes de empezar a pudrirse y heder a derrota; la muerte esquiva que burla la razón y se cuela por grietas que van a dar a cuerpos sanos y vigorosos: un impacto brutal, una puñalada trapera, la mala índole del vecino que te quiere mal; la lógica de la muerte, en cambio, que se resiste a largarse cargando el alma del enfermo terminal, del anciano abatido, del joven desesperado que se ha perdido en el laberinto y a falta de la puerta de salida que no acierta a ver sueña con un abismo que se lo trague y lo haga desaparecer y al fin descansar.
La puta y la santa, que se encuentran algunas veces y se miran con envidia: la una ansiando dormir toda una noche de un tirón, sin interrupciones o impertinencias, y la otra armándose de valor para escabullirse de mil amores de su lecho cómodo y confortable para probar las turbulencias de las pulsiones desconocidas.
El anverso de un alma tenebrosa que clama por la luz del día para ahuyentar los fantasmas.



   https://riochico.wordpress.com/  Para leer un par de páginas.

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2015/04/04/paisvasco/1428173536_672394.html   Un breve apunte en El País.

https://www.elcorteingles.es/libros/autores/begona-abraldes-parrado   En El Corte Inglés.

http://www.eitb.eus/es/radio/radio-euskadi/programas/iflandia/audios/detalle/3082552/la-escritora-begona-abraldes-el-ano-niebla/   En Iflandia, el espacio de EITB

http://viajandoatravesdelespejo.blogspot.com.es/2015/10/recomendacionsemanal-por-ni-un-dia-sin.html  Recomendación basada en la recomendación de MM Ovejero.



http://www.comprarlibrosde.com/libros-de_Bego%C3%B1a%20Abraldes%20Parrado  Temporalmente agotado, dice, pero ya se puede pedir


http://www.casadellibro.com/busqueda-libros?spellcheck=1&busqueda=bego%C3%B1a%20abraldes%20parrado%20el%20a%C3%B1o%20de%20niebla&condicion=-1&autor=|2|bego%C3%B1a%20abraldes%20parrado|0|&idtipoproducto=1&nivel=5  En La Casa del LIbro

http://lapizandante.blogspot.com.es/2015/04/begona-abraldes-recuerdos-con-profunda.html  Lápiz andante también me dedica un espacio basado en El País.

http://clubesakaba.blogspot.com.es/2014/03/siempre-encuentro-lo-que-quiero-por.html    NO estoy muy cómoda, pero es una experiencia.

http://niundiasinlibros.blogspot.com.es/2015/03/titulo-el-ano-de-la-niebla.html   Maravillosa MM Ovejero

http://www.agapea.com/libros/El-ano-de-la-niebla-9788494459528-i.htm   Otra forma de adquirirlo.





lunes, 14 de diciembre de 2015

No te rindas.





Me lo he prometido tantas veces, y fallado tantas, también.
Cuesta tanto mantener la cabeza erguida, cuando te acogotan sin descanso y te afrentan sin tregua, y para sobrevivir te obligan a pelear en la arena del circo, y yo no sé pelear, yo sólo sé escribir y soñar.
Me he prometido tantas veces enterrar mis miedos, retomar el vuelo, perseguir mis sueños.
Caminar, más bien, en pos de mis sueños. Caminar es avanzar; perseguir parece más agresivo.

Aún puedo caminar un poquito más, no sé hasta cuándo.


http://www.casadellibro.com/buscador/busquedaGenerica?busqueda=El+a%C3%B1o+de+la+niebla+de+Bego%C3%B1a+Abraldes&nivel=5&auto=0&maxresultados=1
EL AÑO DE LA NIEBLA
BEGOÑA ABRALDES PARRADO
LIBRANDO MUNDOS SC, 2015







Gracias, Mario (Benedetti), por escribir para mí estos versos.


No te rindas

No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.
Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños
Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo, porque yo te quiero. 






EL AÑO DE LA NIEBLA BEGOÑA ABRALDES PARRADONovedad

lunes, 26 de octubre de 2015

Yo tampoco me atrevo.



No, yo tampoco me atrevo a decir que alguien no me gusta. Es cruel y desagradable para quien se ve despreciado, o así puede sentirse y es fácil que se sienta.
 Casi no me atrevo tampoco a decir que alguien me gusta, si entra en disputa con el gusto de alguien que sí me gusta y a quien el otro que me a mí me gusta disgusta.
Hablo de gustar y debería referirme más a sentir, si de sentir se trata fundamentalmente en literatura, y para sentir (precisamente por sentir) se escribe, independientemente de cultivar otros aspectos y glorificar otras cualidades que no están siempre a la altura de los sentimientos que despiertan, algunas veces porque no alcanzan y otras porque se sobrepasan.
He sentido emociones inefables con novelas ramplonas  y almibaradas; he sentido pena porque no podía sentir lo que tendrían que haberme hecho sentir maravillas literarias que sin embargo me han dejado fría y lamentando un calor que pasó de largo y apenas me rozó el alma; he sentido que no estaba sintiendo lo que algunas prosas magníficas deberían hacerme sentir; he sentido que me encendía con historias tan simples que apenas parecían esbozadas. ¿No es maravilloso, todo lo que puede ocurrir con un libro?
Por eso no me atrevo a decir que alguien no me gusta, y casi me avergüenza decir que alguien sí me gusta, por si carece de aquello que yo no echo en falta (o sí lo echo, pero lo sublimo y lo supedito a otros sentimientos) y a otros puede resultarles fundamental e irrenunciable en una novela.
Lamento profundamente que no me guste la persona que es Javier Marías, la que se me reveló con la disputa que mantuvimos vía epistolar y algún día relataré valiéndome de las cartas que conservo; pero sí me gusta el escritor que es Javier Marías. Y si me atrevo a decir que sí me gusta el escritor que es Javier Marías es precisamente porque no me gusta la persona que hay detrás (o al lado o delante, da igual).
Viene esto a colación, precisamente, de un artículo de Javier Marías, que a pesar de todo traduce tan bien sentimientos que no sabía que tenía o no se me había ocurrido expresar; artículo que reproduzco: 
"Pasé un par de días con cuatro periodistas holandeses. A lo largo de las conversaciones fueron apareciendo nombres de colegas novelistas españoles que ellos habían leído, y en alguna ocasión me preguntaron mi opinión al respecto. No tuve reparo –al contrario– en elogiar a los que me gustan o me parecen buenos, a los que admiro, y que no siempre coinciden con los tenidos por mejores en nuestro país hoy en día. Me di cuenta, en cambio, de que me costaba, o directamente no me atrevía a expresar mi sincero parecer sobre los que encuentro muy malos o flojos, falsos valores alabados por casi todo el mundo, a menudo de manera sistemática y rutinaria. (Ojo, no descarto ser yo uno de ellos, sólo que mi juicio sobre mis obras no cuenta, o es sencillamente imposible.) Ahí me mostré cauteloso, desvié la cuestión o guardé silencio. En un caso concreto, al verme apremiado, contesté: “Mejor será que no indague usted”. ¿Mejor para quién? No tuve más remedio que responderme que mejor para mí, no para el autor o autora sobre los que se me había interrogado.
Y así, me percato de que desde hace bastantes años está “mal visto” que un escritor opine negativamente sobre otro. El que lo hace es tachado en seguida de envidioso, o de inelegante, o de resentido, o cuando menos de competitivo. No es que el ataque no se dé en absoluto. Hay excepciones, pero son sobre todo jóvenes a los que, por así decir, “toca” rebelarse contra la generación anterior o fingir que ésta no ha existido, o “matar al padre”, o intentar hacerse sitio expulsando a quienes ellos creen que lo acaparan. O bien son escritores con vocación “transgresora”, y la mayoría sufren la maldición terrible de que sus denuestos y provocaciones pasen inadvertidos. Lo que parece “prohibido” es que uno opine sincera y críticamente sobre sus iguales. Yo mismo noto esa presión, que en cambio no siento cuando hablo de un arte que no practico. Quizá algunos lectores recuerden con qué libertad y contundencia he echado pestes de “genios oficiales” del cine como Haneke, Von Trier, Iñárritu o Sorrentino, o de series televisivas ensalzadas por público y críticos, como The Wire, Breaking Bad o True Detective. Puesto que yo no me dedico a eso, expreso mi parecer sin la menor cortapisa. En cambio, ay, me muerdo la lengua cuando se trata de literatura, aún más de novela. Y observo que lo mismo hacen mis colegas contemporáneos. Y lo mismo, me temo, los cineastas respecto a los suyos. Es como si todos hubiéramos interiorizado aquel viejo consejo, “Si uno no tiene nada agradable que decir, mejor callarse”.

Si uno se asoma a la historia de la literatura, verá que está llena de impertinencias
No siempre fue así, en modo alguno. Si uno se asoma a la historia de la literatura, verá que está llena de impertinencias y desdenes de unos autores hacia otros, sin que por ello se tildara a los primeros de resentidos y envidiosos. Conrad detestaba a Dostoyevski, Nabokov despreciaba a Faulkner y a bastantes más, Faulkner no estimaba mucho a sus pares con la excepción de Thomas Wolfe, Capote lanzaba dardos contra casi todo el mundo. Eso por no remontarnos a otros siglos. ¿Qué ha sucedido para que nos hayamos vuelto todos remilgados, cuando no insinceros y versallescos? A uno de esos holandeses le manifesté mi extrañeza al respecto, y sugirió una posible explicación: la literatura está tan amenazada que cuantos participamos de ella tendemos a crear la ilusión de que en la producción actual hay mucho buenísimo, o incluso de que todo lo es; censurar a un colega casi supone tirar piedras contra el propio tejado. No sé si llevaba razón, pero, si así fuera, me pregunto hasta qué punto esta balsa de aceite no perjudica más bien a la literatura. Si la falta de disensión, de discusión; si los modales corteses o prudentes que nos gastamos todos no acaban por dar la impresión de que la literatura es algo plano y mortecino, más languideciente de lo que está. Si yo fuera sincero sobre algún celebrado novelista, no sería menos contundente y negativo que cuando hablo de cineastas. Pero ya digo, no me atrevo. También porque en España todo se toma como un agravio personal, aunque lo que se critique sean obras. Juan Benet, no mucho antes de su muerte, me dijo un día (tal vez porque intuía que le quedaba poco tiempo): “Estoy harto y voy a decir públicamente lo que pienso”. (Y eso que él se había distinguido siempre por sus “impertinencias”.) Su último artícu­lo se tituló “Wojtysolo”, mezclando con gracia los apellidos de Juan Pablo II y del Premio Cervantes; se ha excluido cuidadosamente de sus recopilaciones periodísticas. No debo despedirme hoy sin aportar yo algo (claro que sobre un autor extranjero es menos arriesgado). El universo literario ha lanzado las campanas al vuelo ante los seis tomos de Mi lucha, autobiografía o semificción del noruego Karl Ove Knausgård. Tras leer 300 páginas (pocas, de un conjunto de 3.000 o más), me he quedado desconcertado. No me resultan odiosas ni mucho menos, pero hacía tiempo que no leía páginas tan simplonas y bobas. Será defecto mío, o impaciencia (relativa), pero no comprendo el entusiasmo global despertado en críticos y escritores. Pero he aquí que de nuevo soy cobarde: no es verdad que hiciera tiempo. Alguna novela he leído reciente, de colega español contemporáneo, que me ha parecido igual de simplona y de boba. Y aquí, lógicamente, me siento impelido a callarme".                               elpaissemanal@elpais.es

No sabría decir si nos da miedo reconocer que algo no nos gusta por el buenismo ese al que alude JM, o si no queremos tirar piedras sobre nuestro propio tejado. No sabría por qué, pero a mí también me da miedo. Y sin embargo es tan importante recibir halagos que ayuden al escritor a seguir, da igual la cantidad de éxito que tenga; da igual que tenga algún éxito o no tenga éxito en absoluto.