lunes, 21 de julio de 2014

Vampiros de sueños








Soledad infinita, eterna, inabarcable.
Tristeza que nunca se acaba: siempre hay almas caritativas
que reponen las afrentas a modo de combustible.
¡Más madera! 
Sueños contritos.

viernes, 4 de julio de 2014

Lágrimas de cocodrilo.





Justamente me he despertado esta mañana con un par de lágrimas enredadas en mis pestañas. Me pregunté si serían el resto de algún sueño. Eso me pasa por no recordar los sueños. Sin abrir los ojos aún, traté de regresar a ese lugar ignoto que me había hecho llorar sin saberlo y me vi en medio de un desierto. ¡Ah!, lloro porque tengo sed. ¡Qué tontería! Nadie, que yo conozca, podría llorar de sed. ¿Cómo que no? ¿Es que la sed es sólo de agua? ¿No hay también sed de amor, de justicia, de esperanza?
Los sueños siempre son diferentes, aunque parezcan iguales cuando son recurrentes. Siento que los sueños sean siempre diferentes. Es como despedirse de las personas que conoces en un viaje y algunas veces quisieras volver a encontrar en otro lugar.
Me parece que las lágrimas de los poetas les importan un bledo al mundo entero. Los poetas van llorando casi siempre, y a casi nadie le importa, y a casi nadie le incomodan esas lágrimas que parecen de atrezzo, un sutil maquillaje con el que vestir sus desalientos. Lágrimas de cocodrilo, apenas, que parecen ir siempre con ellos.

















 

miércoles, 11 de junio de 2014

¿Facultad, desorden o aberración?






Está a punto de cumplirse el segundo aniversario de mi descubrimiento más extraño y desconcertante: una carpeta roja repleta de hojas manuscritas que según fui leyendo me encogieron el alma y casi de inmediato me propuse darles forma para ver si componían una historia o un conjunto de situaciones que pudieran considerarse un relato con principio y final. No había nombres o indicios que me permitieran devolver al hallazgo que apareció dejado, quizá olvidado; no estaba tirado, sino apoyado sobre una pared. 

«Hoy le he contado mi última experiencia extraordinaria porque ha resultado ser novedosa en la forma de producirse. Lo que me pasa me pasa casi siempre igual o de una forma muy similar, pero en esta ocasión no tuve visión extraña ni nada que se le parezca; no hubo esa clase de escenas que se me representan tan vívidas como si yo misma estuviera en ellas, como si me estuviera mirando dentro de una película o dentro de una habitación en la que irrumpo y me contemplo un instante. Ocurrió mientras caminaba por el paseo que hay junto al río, cuando unas manos fuertes, con las uñas muy afiladas, empezaron a arañarme las entrañas por dentro. Él dice que por qué sabía yo que eran uñas que me arañaban, y yo le digo que lo sé porque lo sé, que hay cosas que se saben porque se saben, aunque no se pueda explicar por qué se saben. Le digo que el tacto de unas uñas que arañan es inconfundible, y mucho más si lo que arañan son las entrañas. Le digo que me puse enferma de impotencia, porque aquel dolor tan intenso me quitó las fuerzas y me hizo tambalearme. Mi perro tiraba de mí con todo el empeño de que era capaz, pero en lugar de hacerme caminar más deprisa me hacía trastabillar. Hacía un frío terrible, casi estaba nevando, pero la nieve no acababa de decidirse a solidificar, así que las gotas heladas de lluvia eran ligeras como motas de polvo que se quedaban enganchadas en las lágrimas de impotencia que me brotaban de los ojos. La gente con la que me cruzaba me miraba raro, pero a mí sólo me importaba llegar a casa para poder sentarme y descansar. Él dice que tendría que haberle llamado. Yo le digo que para qué. Para qué va a ser, me dice, para ayudarme. Yo le digo que nadie hubiera podido ayudarme, como no fuera que aquellas manos grandes y fuertes como garras con las uñas tan afiladas hubieran querido parar de hacerme daño, y no querían; yo se lo pedí muchas veces, también en voz alta, mientras lloraba y se me quebraba la voz, pero no me escucharon y si lo hicieron les dio igual. Él dice que sería bueno si pudiera definir mejor lo de las garras y las manos y las uñas. No le digo nada porque no me gusta insultar a las buenas personas que además tienen buenas intenciones, pero ganas me dieron de decirle si era imbécil o qué, ¡vamos, como si no fuera capaz de entender lo que se siente cuando a uno le arañan las entrañas por dentro!, o al menos pudiera suponerlo, que digo yo que no hay que tener demasiada imaginación. Ya sólo me falta que no entienda que el cansancio físico hace perder firmeza y consistencia en los pasos, y que ese estado lo lleva a uno a trastabillarse. Pues lo de las garras arañando las entrañas lo mismo.


 »Que me tenía que haber sentado cuando empecé a notar ese peculiar mareo que me da, dice. Pero bueno ¿es que no me está entendiendo? Yo creía que sí; me ha mirado siempre con afecto y amabilidad, creo que con cierta simpatía, así que me he acostumbrado a cierta complicidad que me hacía mucho bien. Ni siquiera cuando el primer día le dije que tenía visiones (qué curioso, que después de decirle que había intentado suicidarme le soltara además que tenía unas extrañas visiones y me quedara tan campante) y se me iba completamente la cabeza me miró mal o dio a entender que se trataba de una anomalía extraordinaria que me convertía en un bicho raro. Ya supongo que muy normal no es tener las visiones que tengo y sentir que el mundo (real) que hay alrededor desaparece como por ensalmo para hacer aparecer en mi cabeza otro que pertenece a otro lugar y además está ubicado en otro tiempo. Sin embargo él me miró con naturalidad la primera vez que se lo conté, y me siguió mirando igual las siguientes veces que fui contándole las particularidades de las experiencias que me llevan a ese otro mundo; que me llevan al otro lado del espejo, si hay algún espejo que atravesar y yo puedo visitar ese otro lado, lo cual significaría que poseo una facultad que me gustaría aprovechar. Pero ni siquiera sé si es una facultad o un desorden lo que me ocurre, y llevo muchos años buscando a quien me pueda orientar al respecto, preguntando a personas que dicen estar versadas en temas esotéricos y mundos paralelos; que se autoproclaman entendidos en anomalías de la mente que en realidad quizá sólo nos muestran una galería de facultades que se desconocen habitualmente. Más de una vez, mientras relataba mis experiencias y desmenuzaba mis flaquezas a perfectos desconocidos que yo suponía avanzados en extrañezas, me sentí estudiada como si fuera una aberración, así que me desilusioné y empecé a guardarme, y es un sentimiento que nunca he tenido con él, que en ningún momento pareció examinarme o juzgarme, aunque supongo que sí me examina y me juzga, es su trabajo, debe hacerlo por mi bien, para averiguar si después de todo resulta que tengo alguna clase de desorden mental o un trauma o un revoltijo que me entorpece la vida, y el modo de entorpecerla es detenerme de vez en cuando, hacerme recapacitar sí o sí, por las bravas, lo quiera yo o no lo quiera».





martes, 27 de mayo de 2014

Descomponer una infancia.




Se es la consecuencia de lo que se ha sido. La importancia de la infancia a veces se soslaya. No puede recaer toda la responsabilidad en quien erró creyendo actuar correctamente, pero tampoco minimizar las consecuencia de algunos comportamientos que descompusieron una vida. O la alteraron, "sólo" la alteraron, como si alterar una vida no fuera delito suficiente. Un delito cometido por alguien que no quiso cometerlo y ni siquiera sabía que aquello que hacía podría considerarse un delito que no está penado por la justicia y sin embargo quedará impreso in aeternum en el mapa emocional que tan complicado es delimitar.  


«He tenido dos papás y dos mamás. Nací en una casa y casi de inmediato me llevaron a otra y unos meses más tarde a otra en la que estuve diez años, hasta que finalmente entré por la puerta de la que sería mi casa de verdad de la mano de mi verdadera madre, la que me abandonó siendo muy niña (ella dice que no fue un abandono, que sólo me aparcó temporalmente mientras ayudaba a mi padre a ganar dinero). 
    «Él me pregunta si yo considero un abandono lo que hizo mi madre, en lugar de lo que seguramente sería para ella: una necesidad. Yo le digo que en mi fuero interno siento que me abandonó, pues abandonada es como me sentí. Abandonada y recogida. Curiosamente, fui feliz mientras me consideré recogida, a pesar de que quienes me recogieron, también me abandonaron después. De acuerdo que no fui abandonada (en ninguno de los dos casos) como se abandona un trasto viejo al tirarlo a la basura, pero para mí abandono significa dejarme a un lado, no hacerme caso, no tenerme en cuenta ni considerarme tan importante como para hacerse cargo de mí y acompañarme. Él me pregunta por esa clase de sentimientos que quizá dan demasiadas vueltas en mi cabeza. Yo le digo que esa clase de sentimientos pueden definirse como resentimientos. Él quiere saber si es resentimiento u odio directamente. Le digo que creo que resentimiento, “sólo” resentimiento, si es que estamos hablando de esa sensación que experimenta quien se cree maltratado de alguna manera y dejado de la mano de Dios. Claro que también puede ser odio, o al menos puede confundirse con una cierta repulsión que se le instala a uno en el alma. Él me dice que yo no soy capaz de odiar, porque el odio conlleva, además, el deseo de causar mal o hacer daño. Y yo le digo que no estoy del todo segura de no desear algunas veces hacer daño, o al menos que quien me está ofendiendo o molestando lo sienta también, aunque no sea yo la causante o la artífice directa de la ofensa y ese daño tenga otra razón que yo no he propiciado y en la que no he participado. Le digo que ya sé que desear que alguien sufra no es bueno, y que cuando se tienen deseos negativos casi es tan malo como cuando se hace el mal directamente. Él dice que los deseos son fantasías, y que las fantasías no son malas. Él dice que las fantasías son fórmulas de escape que se ponen en marcha en el cerebro sin otra función que la de desfogar ciertas situaciones.
     «Desear que alguien sufra no es para mí un fin que me haga precisamente feliz. Desear que alguien sufra es para mí un modo de asegurarme de que ese alguien aprenda la lección en carne propia. Le digo que no me gustan las venganzas, ni albergo deseos dañinos. Él dice que lo sabe, pero no lo sabe. Él siempre quiere mantenerme a salvo de los malos pensamientos. Bueno, mantenerme a salvo no, porque eso es imposible, pero sí justificar que los tenga cuando los tengo.»




martes, 13 de mayo de 2014

Los muertos del jueves santo




Amaneció muerta el jueves santo (la Úrsula de Cien años de soledad).
Gabriel García Márquez murió el jueves santo.
Yo nací el jueves santo.
Úrsula y Gabriel, y yo.
Mi abuela me lo advirtió: «Eres una niña de Jueves Santo».
Mi abuela hablaba del Jueves Santo con mucha veneración, subrayando las mayúsculas.
Cuando hablaba mi abuela siempre se sabía dónde iban las letras mayúsculas; yo sabía dónde iban. Parecía que mi abuela hablaba para mí.
La abuela de Gabriel García Márquez se llamaba Tranquilina y hablaba para él, para que cuando fuera mayor pudiera contar.
Ahora mi abuela se ha puesto a contarme. Quiere que cuente.


lunes, 5 de mayo de 2014

Volver a ti



Hoy quiero volver a ti, que no traicionas, no mientes, no tergiversas ni condicionas. No sé si lo harías, si estuviera en tu mano, pero no lo está. Sigues siendo el ser que se esconde detrás de unas hojas escritas con una letra endemoniada, guardadas en una carpeta roja y después olvidadas o abandonadas o extraviadas. Eres inofensiva, por tanto, más allá de la influencia que puedan producirme tus cuitas. Por eso vuelvo a ti, después de una aventura infructuosa, como todas mis aventuras anteriores. Ya te iré contando, pero te adelanto que estoy un poco más herida y sé un poco más. Quizá deba ir junto. Ahora prefiero darte la palabra, restituírtela después de tanto tiempo, para que cuentes. Es hermoso, ¿verdad?, poder contarlo siempre.     



«Me viene a la mente un proverbio de Buda que dice que los hombres pierden la salud para juntar dinero y luego pierden su dinero para recuperar la salud; y por pensar con ansia en el futuro olvidan hasta tal punto el presente que acaban por no vivir ni el presente ni el futuro. Viven como si nunca fueran a morir y mueren como si nunca hubiesen vivido. 
»Me gustan estos pensamientos que obligan a replantearse los modos de vivir que tenemos, tan separados de la lógica, tan ajenos a la naturaleza, que es tan sencilla, tan simple en su concepción, aunque la compliquemos tanto para parecer lo que no somos o disimular lo que sí somos y no nos gusta ser o querríamos cambiar si pudiéramos, pero no siempre podemos. 
»Yo creo que no soy lo que quiero ser, ni me importa lo que digan los demás, y sin embargo me dejo contagiar con mucha facilidad por convencionalismos; quizá por eso me hieren tanto los desprecios y los juicios que se hagan sobre mí. 
»No me importa el triunfo, entendido como se entiende el concepto éxito por la generalidad de las personas, esto es: como el hecho extraordinario e innegable de un logro que ha tenido una recompensa visible y calculable social y económicamente. Será que no soy valiente para afrontar mi vida y defenderla tal cual la quiero. ¿Por eso me he movido tanto a lo largo de mi vida, para poder empezar otra vez en lugares diferentes, pensando que cada vez sería el inicio de lo que en adelante sería de mí, y que eso sería una versión más avanzada y por tanto mejor? Y sin embargo caía siempre en los mismos errores, en las mismas pantomimas vividas cada vez con distintas personas, no fraguando con casi ninguna una amistad especial y en cambio dejándome invadir por sus opiniones y puntos de vista. ¿Es el miedo a la soledad, a no gustar, a no ser aprobada? Él dice que yo tengo que decir lo que es y por qué he hecho lo que he hecho en mi vida. Pues vaya, pienso yo, ¿es que no voy a tener nunca una teoría que seguir, una receta que poner en práctica para enderezar mi vida?




lunes, 28 de abril de 2014

Jornada Diderot



Lo hago a vuelapluma, pero dejo constancia del Dia Diderot que celebramos el pasado sábado, día 26 de abril, en Barcelona. Si te precipitas, no captas la hondura de las cosas, y había mucho que captar y contar en ese I Encuentro Profesional sobre el Comercio de Libros, a propósito de la Nueva Carta sobre el comercio de libros que ha publicado Playa de Ákaba y está a la venta desde el día 1. Si dejas que el tiempo pase para aposentarlas, corres el riesgo de olvidarlas, y me niego a casi todos los olvidos, pero más aún a este olvido.









Compruebo que llevo todo lo que necesito. La verdad es que no utilizo casi nada de lo que preparo con antelación, pero si no lo hago me siento desprotegida.


 Una amable lectora me pide que le firme un ejemplar de la "Nueva carta sobre el comercio de libros" en el que ya han firmado antes otros compañeros de los que colaboran en la elaboración de este manifiesto o antología o glosario de quejas y lamentos por el estado de las cosas en nuestro mundo. Digo quejas por decir algo; en realidad es una manifestación de amor absoluto por la Literatura que cada cual ha expresado como ha querido.
Inaugura el acto Noemí Trujillo, editora de Playa de Ákaba, que tuvo el valor de pedirnos que cada uno de nosotros contáramos como quisiéramos a propósito de estas cuestiones que tanto nos preocupan a todos los que las padecemos y que engloba, efectivamente, cualquier organismo o entidad animados o inanimados que tengan relación con el mundo del libro: editores, escritores, distribuidores, libreros y hasta ¿salderos? ¿Saldistas? ¿Dijo salderos o saldistas? Sí, creo que entendí bien, pero como es un elemento desconocido para mí, en otro momento le dedicaré el tiempo y el espacio que merece.






Sentada en primer lugar, de izquierda a derecha, está Rosario Curiel, a continuación Eugenio Asensio y después Begoña Abraldes, que soy yo, y a mi izquierda Ana María Trillo, que condujo con el afecto y la delicadeza que les son propios y siente por los libros y por quienes los escriben, la mesa que completaron en la primera tanda Milagros Arranz y Herminia Meoro, que aparecen en las imágenes inferiores.






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Sin querer entrar en honduras que ahora no podría transitar, tengo la sensación de vivir en un mundo aSegunda tanda, con David Yeste, Óscar Solana, José Mª García Linares, Elías Gorostiaga, Miguel Martínez Larráyoz y Lorenzo Silva.

¿Cómo resumir tantas opiniones como se vertieron, tantas ideas o propuestas que surgieron como es normal que surjan las cosas buenas, osea, al amparo y protección del amor, del verdadero y duradero amor? Quizá diciendo que es necesario renovar el afecto entre los libros y los lectores; que los escritores necesitamos escribir porque sí, aunque sea para nosotros mismos, para conocernos, para entendernos, para completarnos, en tanto somos seres necesitados de palabras: escritas, leídas, pensadas, expresadas; que hay que aceptar que publicar ciertos productos salva editoriales, ¿y de quién es la culpa?   




Seguramente los editores (muchos editores, algunos editores, es imposible hablar por todos, y además es injusto hacerlo) querrían editar más y de más calidad en muchos casos, pero se las ven y se las desean para sobrevivir. Quizá muchos editores que deberían proteger a los lectores como si fuesen (fuésemos) especies en extinción, no miran más allá de su futuro inmediato. ¿O es la implantación del libro electrónico, que es el soporte utilizado por muchas personas que antes iban a las librerías y ahora han dejado de ir porque le han perdido el gusto al papel?

Hay tantas posibilidades, tantas discusiones, tantas propuestas pendientes; y tantas dudas sobre las soluciones. Así que un aplauso interminable a todos los autores que participaron, a los amigos que nos acompañaron, a los autores que estuvieron en espíritu porque ya habían estado físicamente, y no se pueden dividir ni multiplicar, en cualquiera de  los otros lugares por donde viaja la troupe que forma parte de esta iniciativa entusiasta que además esperamos que sea escuchada. ¿Qué más podemos hacer, como no sea seguir y seguir, a pesar de todo, contra viento y marea?