martes, 30 de julio de 2013

Ir tirando


Hay que ver, lo que cuesta (lo que le cuesta) ir tirando adelante con la vida.  

"Creo no tener medida para aceptar cariños y deferencias, así que me extralimito hasta lo indecible cuando alguien hace algo por mí, lo que sea, y entonces siento una inmensa deuda con el autor de esa deferencia que quizá no le costó nada, pero que en mi interior se instala como un faro que parece destinado a iluminar todas las oscuridades de mi corazón. Sin embargo, siento que mis atenciones y muestras de afecto valen menos que aquellas que me prodigan los demás. Él dice que no soy exacta, que debería decir “no creo que valgan menos, sino que temo que no valgan tanto (que los demás lo crean, más bien) y por ello, por no ser tan valorados, sean menos considerados”. Sí es cierto, acepto, así que me pregunto si me encierro y finjo y disimulo y me aparto voluntariamente, para que así no exista quien rechace mis cariños y atenciones o haga de menos manifestaciones de afecto que me cuestan mucho y sin embargo se aprecian poco.
  'Que se olviden de mí, que le guste a alguien que pasado el momento inicial del conocimiento me deje de lado, decepcionándome, desilusionándome, es uno de mis temores más recurrentes. Sé estar sola, no me importa las más de las veces; incluso lo agradezco, pero que se aparten de mí para dejarme espacio no es lo mismo que ese abandono que significa la nada en que te dejan en suspenso cuando ya no cuentas para personas que te dijeron justo lo contrario y además se ofendieron infinitamente cuando al sospecharlo lo exteriorizaste. Es en ese momento, justo ese, cuando se crea en mí una especie de resentimiento que me nubla hasta el conocimiento y la lógica. Él dice que no se tienen que disimular los sentimientos, sean los que sean. Dice que no se puede responder en un tono diferente al que hayan utilizado los otros. Lo sé, digo, pero no siempre tengo el valor para devolver lo que creo que merecen. Por el contrario, hago lo que está en mi mano para suavizar situaciones que no me gusta que se transformen en desagradables. Él dice que no puedo sufrir tanto, que no es bueno. ¡Vaya, pues no lo había notado!... ¡Pues claro que sufro! Ojala no sufriera tanto. Ojalá me diera igual hacer daño que no hacerlo. Ojalá no me importara que las personas que supuestamente me quieren me decepcionaran. Él dice que lo haga, que está en mi mano. Que haga qué, le pregunto. Pues que no le afectan tanto las desilusiones, me dice, y yo vuelvo a echar de menos ese interruptor que me conecte con lo que quiero y me desconecte de lo que no quiero.
  'Tengo un conocido que casi fue amigo. Anduve lista para dejar de quererlo justo cuando estaba en mi mano poder hacerlo. He empezado a trazar una raya infranqueable cuando presiento el batacazo. Antes, cuando era más idiota, detectaba igualmente un punto de no retorno en las relaciones con las personas, pero lo traspasaba alegremente, creyendo que no hacerlo era de cobardes que se asustan del sufrimiento, o de egoístas que no están dispuestos a arriesgar nada. Soy de la opinión de que no se puede querer y dejar de querer a una persona de un día para el otro, ni hacer como que se quiere cuando resulta que no se quiere. Buenos cariños requieren de tiempo para asentarse primero y disfrutarse y conservarse después. Hoy sí y mañana no, no me gusta. Él dice que no me tiene que gustar, y mucho menos lo tengo que aceptar. No sé por qué le cuento algunas cosas. Él siempre me da la razón. Yo creo que me da la razón para hacerme confiar y que así me abra por completo. No sé si ya he dicho que tengo la impresión de que está esperándome en algún punto del camino, en la mano una libreta llena de ideas que he ido dejando en el aire y él ha apresado para por fin traducir lo que tengo en la mente. ¿Recordará cada cosa que le digo, cada sentimiento que le expongo, cada desilusión que le manifiesto? Algunas veces anota cosas en un folio, pero son muy pocas esas veces, y aún menos las líneas que me dedica. Puede que no sea tan importante ni tan especial como yo misma supongo, y lo que me ocurre es lo que les ocurre a las demás personas, que quizá saben disimular mejor que yo, o son más cobardes y no se atreven a pedir ayuda para dejar de sufrir. Pero yo no pedí ayuda para dejar de sufrir; ni siquiera me planteé antes de conocerlo a él que quería dejar de sufrir; en absoluto tengo intención de ahorrarme los sufrimientos que deberían ser normales en la vida. Por muy adultos que seamos los adultos, parecemos en realidad niños malcriados que se niegan a aceptar los reveses de la vida. No está mal cierta dosis de dolor, de adversidad, creo, así que no se trata de dejar de dolerme por todo, sino de no traspasar cierto umbral de sufrimiento; o de no dejarme vencer por dolores que no me pertenecen y no deberían afectarme tanto.

  'Me pregunto si es bueno (para mí, para mi estado emocional, se entiende; malo para la humanidad no creo que sea) enfrentar las fantasías a la soledad y a la insatisfacción. Idear situaciones que en la mente son reales (o pueden serlo) y por ello factibles. Me digo: si puede imaginarse, puede hacerse; si no te gusta la realidad, invéntate otra que sea de tu agrado. Y así voy tirando."     

martes, 2 de julio de 2013

Ahora hablaré de mí





Hablaré de mí para explicar una circunstancia diáfana como el día, pero que no entiende casi nadie, a la vista de las numerosas peticiones que me llegan para que responda, intervenga, explique o participe en tal o cual iniciativa, ya sea particular, ya colectiva; cuando no para cuestionar o abroncar directamente mi ausencia o silencio, como si estuviera obligada a rendir cuentas u ofrendar tributo o pleitesía a "tal" o a "cual",  o no hubiera más posibilidades en el mundo que estarse frente a la pantalla del ordenador a todas las horas del día para satisfacer tantos egos insatisfechos o soledades insoportables; la iniciativa en cuestión, por cierto, siempre resulta ser muy importante, a juicio de quien la promueve, pero ¡ay! yo tengo mis propias iniciativas, mis prioridades y mis necesidades, y no las impongo ni las aliento, más bien me limito a exponerlas, para que quien lo tenga a bien las utilice o las comparta libremente o simplemente acompañe mi camino, cosa que agradezco siempre infinitamente precisamente porque sé lo difícil que es corresponder, y no por falta de ganas normalmente, en mi caso (incluso si no me gusta demasiado), pero qué le vamos a hacer, si una servidora es tan limitada que no puede hacer sino una sola cosa cada vez: trabajar u ociar, y el trabajo resulta que es mi vida, mientras que para el ocio estoy más bien disminuida, por no decir casi impedida. Uno se expone en estos lugares públicos y se arriesga a ser o no ser para los otros, en función de sus capacidades o habilidades sociales (que en mí son tan escasas), y es un juego de ida y vuelta: la exposición tiene repercusión o no, y no es justo quejarse por la ausencia de difusión, o por el silencio con que nos obsequien, que sin duda obedecen a algún motivo que puede ser laboral o social o simplemente el uso de la libertad de cada cual para sumarse a ciertas iniciativas o no hacerlo si no las encuentra justas o no le gustan o directamente le resultan injustas pero prefiere no decirlo para no ofender los gustos ajenos (recuerdo lo manifestado unas lineas más arriba, referido a la libertad de cada cual para responder a las iniciativas u opiniones). 
  Y habrá que tener en cuenta el libre albedrío, que hace que la gente se incline por una persona u otra, por una causa u otra, por una obra u otra, y nada hay que obligue a nadie a una actuación contraria a su inclinación. No conviene mostrar disgusto, si alguien llega más, gusta más, simpatiza más... sólo hacer propósito de enmienda, para esforzarse más y aprender de los errores que tan a menudo se cometen en nombre de las necesidades. ¡Ah! Y no olvidar que la modestia es una cualidad que se convierte en don cuando se ejerce sin medida...Y el silencio... ¡oh! el silencio es oro, y a veces la muerte, lo sé, cuando es persistente, sobre todo si se aplica a los creadores, tan necesitados siempre del halago del público, que se inclina de un lado u otro, según le convenga.

viernes, 14 de junio de 2013

El espíritu de la contradicción

¿Cómo será eso de alejarse para pensar, imaginar, suponer... y a la vez seguir la corriente para no sentirse el espíritu de la contradicción?


"Por primera vez le sugiero recurrir a la medicación para alcanzar la tranquilidad que me proporcionarían los sedantes, para dormir durante mucho tiempo sin pensamientos molestos que me bullen en el cerebro y me angustian. Estoy muy cansada, mucho. Me duele el corazón, que parece no hallar acomodo en el pecho, y percibo hasta tal punto el peso real del alma (21 gramos, dicen que pesa, pero a mí me parece que pesa mucho más) que algunas veces temo no poder resistirlo. Es como el peso de la vida, que se me hace insoportable. Él dice que si me durmiera o simplemente me aturdiera o me alelara, los problemas seguirían estando ahí al regresar del sueño o letargo. “Cuando despertó, el dinosaurio seguía ahí”. Tiene razón, lo sé, pero me gustaría descansar. Me figuro que al dormir dejaría de pensar, ¿y así sólo soñaría?, si es que me daba por soñar. Ya ni siquiera sueño, hasta ese extremo se me apagan los sentidos. Quizá es que no recuerdo los sueños. Ahora tengo sólo visiones, esas visiones tan extrañas y aleatorias, siempre inesperadas, que se me quedan impregnadas como sueños esquivos en alguna esquina de la memoria que guarda sensaciones que parecen destinadas a no contarse jamás, o no contarse adecuadamente. Sería un consuelo, después de todo, poder contar coherentemente las escenas que se suceden en esas visiones que son como recuerdos de otra vida, retazos que se me presentan de improviso para que no me olvide de las cosas que quizá me hirieron y por eso las he arrinconado, y por eso ellas (las cosas) quieren salir, tanto si quiero como si no quiero.


 '¿Seré como los seres humanos normales y corrientes, esos que necesitan pertenecer a algo, a un colectivo social, a una manada? A lo que sea, da igual, lo que importa es pertenecer. ¿Seré, después de todo, tan normal como para necesitar sentirme de un lugar, de un clan, de una familia, de un grupo social? El dolor por no ser aceptada quizá me hace creer que no quiero estar integrada en ningún lugar identificable, y lo que no he encontrado (quizá) es mi lugar en el mundo.
  'Sí, necesito mirar a mi alrededor y ver personas arropándome, sintiendo su calor. Él dice que los seres humanos tienen comportamientos sociales, sean como sean en su individualidad. Yo le digo que esa dependencia me incomoda, me descoloca. Sobre todo cuando está la familia por el medio. Quiero que mi familia me quiera. Quiero querer a mi familia, pero me pierdo en el entramado de códigos que se dan entre personas que deberían tener la costumbre de tratarse y sin embargo carecen de esos códigos porque no los han puesto nunca en práctica. Le digo que no me sale exteriorizar ciertas manifestaciones de cariño, que no sé cómo se hace eso de querer haciéndolo saber además de demostrarlo. Él dice que quizá sólo quiero el concepto de querer, la parte teórica que recomienda querer, pero que en la práctica no lo deseo realmente. Me quedo pensando un rato y llego a la conclusión de que probablemente esté en lo cierto. Me parecen más atractivas ciertas situaciones cuando se contemplan desde lejos y con cierta distancia. Estando lejos puedo pensar, imaginar, suponer… Si estoy demasiado cerca se me descontrolan los sensores y hago o digo cosas que no siento o no quiero, sólo porque hay que hacerlas o decirlas, para seguir la corriente y no causar mala impresión o parecer el espíritu de la contradicción.


  'No soy libre, ando como encerrada o encajonada en sentimientos de culpa y deseos de libertad. Digo que hago lo que quiero, pero no es verdad. Ando siempre demasiado preocupada por lo que pensarán de mí los demás, por lo que dirán, por si me querrán después de haber visto cómo soy y cómo me comporto. Hasta me preocupa el modo que tendrán los demás de quererme. Pero sobre todo me preocupa mi incapacidad para lograr que mis sentimientos sean justa y cabalmente interpretados. Querría que en todo momento quedaran claras para el resto del mundo cada una de mis acciones y el porqué de mis reacciones. Él dice que no pretenda imposibles. Yo le digo que de las utopías puestas en marcha por los ilusos se ha ido haciendo la vida".

sábado, 18 de mayo de 2013

Especies en extinción

Como si alguien pudiera definir con suficiente hondura moral en qué consisten las rarezas, que quizá son peculiaridades que hacen de ciertas personas especies en extinción dignas de proteger o ahijar.

  "Me animo a preguntarle por mis rarezas, las que él vea y perciba. Si soy rara es normal que la gente me eluda. La gente rehuye de lo que es raro, salvo que alguien haya decidido que ciertas rarezas se conviertan por arte de birlibirloque en peculiaridades, cosa que ocurre cuando se habla de alguien muy popular o muy influyente o muy rico. Él dice que hay que ser como se es, sin pretender ser otra cosa de la que se sea. Yo le digo que no es fácil aceptar que mi soledad tendría remedio con una buena dosis de normalidad. Él dice que la normalidad no garantiza la felicidad. Pregunta, además, qué es eso de la normalidad, si es que existe y puede determinarse.
  'Es muy duro ver la confortable cotidianeidad de los otros desde la distancia. Parece que los otros se instalan en la normalidad sin estridencias. Los seres humanos somos sociables por naturaleza. Yo, en cambio, le digo, hablo sola, incluso cuando voy por la calle. Él dice que no es malo hablar solo, salvo que no exista la consciencia de que está haciéndose. Le digo que quisiera estar dentro de grupos de gente, pero cuando circunstancialmente me he visto dentro me siento triste irremediablemente. Él dice que la realidad se parece poco al ideal que se tiene de cómo han de ser las cosas.
  'Le cuento que cuando será pequeña me costaba mucho estar con otras niñas; yo no les gustaba. Él dice que seguramente ellas tampoco me gustaban a mí. Le digo que no es normal no hacer lo que hacen las personas normales. Él dice que es discutible eso de la normalidad de las personas. Me doy perfecta cuenta de mi obsesión con la normalidad, pero es que creo que hay que ser muy excepcional para no desear lo que tienen todas las personas, que son las cosas normales que proporcionan las vidas normales. Quizá las personas mienten mucho o fingen que son lo que no son o que no son lo que parecen ser, pero también disfrutan mucho (lo parece, al menos) cuando van de compras o acuden a locales de diversión. Le digo que uno contempla ciertos comportamientos y cuesta creer que no extraigan alguna satisfacción de sus actividades, aunque sea ocasionalmente. Él dice que yo obtengo la satisfacción de otras formas. ¿Ah, sí? ¿Lo que yo obtengo de la vida son satisfacciones? Hasta donde me alcanza el recuerdo, casi siempre hay sufrimiento. Casi nada de lo que hago me produce satisfacciones. Él dice que cuando escribo soy feliz, que le he dicho que así disfruto. Sí, tiene razón, pero escribir requiere un estado de ánimo, y hace mucho tiempo que se me ha perdido ese estado de ánimo; algunas veces parece regresar un momento, es cierto, pero súbitamente desaparece como por ensalmo, como una sombra burlona que quisiera esconderse de mí. Cada vez estoy más en el mundo de los mortales (volvemos a la normalidad de las personas), un lugar hostil en el que no me sé desenvolver bien. Ya casi no tengo la posibilidad de regresar al mundo que me es propio, que es en realidad el mundo de los elegidos (¡qué presunción, por Dios, lo sé, pero así lo siento y así me siento cuando todo marcha bien!). Él dice que hay que darle tiempo al tiempo y esperar. Vale, digo, pero cada vez me cuesta más esperar. Quisiera ocupar ya el lugar que me corresponde, que no sé cuál es exactamente, pero sí sé que no es el que ocupo en la actualidad, en un mundo que me es ajeno y adverso, rodeada de personas que igualmente me son adversas, hostiles o sólo indiferentes, y no sé qué es peor, la hostilidad manifiesta o la indiferencia. De la hostilidad puede uno defenderse, de la indiferencia no, porque no puede obligarse a nadie a que le preste atención. Por eso hablo de mi mundo y lo sitúo en un plano elevado, ligeramente aislado del mundo que hay a ras de suelo, en el que no hay apenas personas que me sean afines o gratas, o solamente que se dignen a entenderme con todas mis rarezas o peculiaridades, y que no me juzguen porque no soy como el común de los mortales.       
  'Temo cada pensamiento que me acerca a lo que no quiero ser. Él dice que tener pensamientos y deseos es muy normal. Yo le digo que mis pensamientos son retorcidos. Vuelvo a mis deseos de que alguien muera. Él dice que las fantasías son lógicas. Yo le digo que no me gusta tener ciertas fantasías. Él dice que las fantasías y los deseos no son un problema, siempre y cuando se queden en eso: fantasías y pensamientos. Le pregunto si no es una barbaridad desear ciertas cosas terribles o macabras y me dice que no, que la barbaridad sería pretender la realización de las fantasías. Yo insisto, porque el deseo de que algo irremediable se realice me pone los pelos de punta. Entonces me habla de la moralidad, que es, a su juicio, lo que determina los hechos de las personas. Yo le digo que la moralidad de una persona ya es discutible sólo con que aparezca en esa persona algún deseo avieso o retorcido. Él dice que lo único malo de los deseos es que hagan daño mientras se imaginan. Yo le digo que imaginar ciertos deseos me hace daño. Me hace daño suponer que tengo el corazón herido o trastornado o ambas cosas al tiempo. Él me dice que es mejor evitar esos pensamientos, porque si me hacen daño entonces sí son perjudiciales, pero para mí misma. Yo le digo que si tengo esos deseos es porque tengo necesidad de ser libre. Le digo que quiero que desaparezca la persona que me impide mostrarme como soy y me empequeñece hasta el punto de evitarme hacer cosas que me gustaría hacer, y mostrar sentimientos y emociones que me gustaría mostrar y casi nunca he podido, avergonzada de antemano como estoy por su opinión, siempre desfavorable, que me cohíbe".

viernes, 26 de abril de 2013

Sobrellevarse por este puñetero valle de lágrimas


Si yo fuera ella, no dejaría que nadie me pastoreara. Sí, porque me da la impresión de que busca que la guíen, y si alguien se deja guiar en exceso, me figuro que acabará por terminar dependiendo demasiado de opiniones y actuaciones ajenas. Quizá lo que pretenda, en realidad, es la aprobación, y no tanto la guía, quién sabe, y entonces la entiendo un poco mejor, para sentirse menos sola, menos rara, menos fuera de órbita.


"¿Verdad que es una tontería pedirle a alguien que no se disguste por algo que le disgusta? ¿Verdad que no está bien pretender que los seres humanos seamos máquinas capaces de discernir y dilucidar justamente cuando más confundidos y embarullados estamos? Yo creo que los defectos que tenemos son la cruz de la moneda que representamos, la que en su faz muestra el aspecto luminoso y positivo que todos quisiéramos exhibir. Él dice que tengo razón, que somos vulnerables, falibles y frágiles. Yo le digo que vaya consuelo. Él dice que así son las cosas, y que si fueran de otro modo no estaríamos hablando de emociones y reacciones, sino de algo absolutamente opuesto a la humanidad. Le pregunto por la posibilidad de obtener algún remedio que me consuele y me libere de tanto dolor. Me responde con otra pregunta: ¿es que quiero dejar de ser yo? Pues a lo mejor sí, le digo, a lo mejor quiero dejar de ser yo. A lo mejor el intríngulis está en el hecho de que quiero dejar de ser yo porque no me gusto ni me acepto ni me comprendo ni me veo con capacidad para sobrellevarme indefinidamente por este puñetero valle de lágrimas en el que nos obligan a estar sin comerlo ni beberlo. A lo mejor lo que quiero es ser otra persona más dura, más alegre, más entera, más insensible… Él dice que quizá no vale la pena hacer desaparecer el dolor, ni siquiera mitigarlo. Yo creo también que hay que pasar por todos los estadios del dolor y del desamor para apreciar mejor lo que somos y lo que tenemos, suponiendo, claro, que deseemos seguir adelante con la vida, a pesar de todo. El problema, digo, es que no sé si quiero seguir con esta vida que tengo y no entiendo. No sé si es bueno aceptar que ya que estamos aquí hay que seguir. Es como si un conductor supiera que ha errado el rumbo y continuara haciendo kilómetros y más kilómetros pese a saber que se ha equivocado. ¿No deberíamos tener la posibilidad de dar marcha atrás, volver sobre los pasos equivocados? Y se puede, dice él. Yo no lo creo, pero prefiero no decírselo. Hay veces que me siento muy cansada para expresar sentimientos y además explicarlos o defenderlos.
  'Todavía no sé si es bueno o malo desear la muerte de alguien. Él no suele responderme, se limita a hacerme preguntas que me parecen retóricas. Cuando hablo me escucha con atención. Yo le digo que porque es su deber. Él dice que podría no hacerlo. Yo le digo que es su obligación. Él dice que no, que bastaría con decir que no puede hacer nada por mí.
  'No sé si podrá hacer algo por mí. No sé si me servirá de escape a la sinrazón que me perturba. Le digo que me consuela ser escuchada, pero le oculto que me avergüenza un poco que sepa tantas cosas de mí. Le digo que nadie sabe tantas cosas de mí como él. Él dice que no sabe tantas cosas, en realidad. Creo que sabe que le oculto mis más íntimos dolores. Las personas queremos ser estupendas y contar triunfos y no derrotas. Las personas somos más orgullosas que valientes, y cuando nos lanzamos a llorar en hombros ajenos es porque tenemos la autoestima enterrada miles de metros bajo tierra. Él dice que es una pena que las personas que podrían elevarme la moral reconociendo mis méritos y virtudes no se den cuenta de lo que hay dentro de mí. Le digo que no me importa demasiado estar sola y ejercer además de solitaria. Él dice que me contradigo. Me recuerda las veces que le he dicho cuánto me duele que no me hagan caso. Ya lo sé, y sé también que otras veces le he dicho que prefiero ir a mi aire. Pero no es del todo verdad. No me gusta que algunas veces algunas personas me eviten o me ignoren. Le digo que la gente tiende a ignorarme. Él dice que eso no puede ser del todo cierto. Yo  le digo que está en su papel de hacerme ver (intentarlo, al menos) que no soy tan rara como me veo yo misma y creo que me ven los demás."

¿No somos todos un poco raros, al fin y al cabo?

martes, 2 de abril de 2013

Amar al monstruo



El amor es tan imprevisible como absurdo, por no decir, además, que es irracional. Se ama porque sí, y además de una virtud por lo que de reparador tienen en el alma de quien ama las emociones que quedan impresas, pueden darse sensaciones de culpa, si resulta que uno siente que no ama a quien lo merece, o ama a quien no lo merece, que digo yo que viene a ser lo mismo, ¿o no? 





 "Vuelve a mencionar al monstruo. Yo no quiero hablar de monstruos. Le repito que no conozco monstruos. Me recuerda que le he dicho que sé algo de monstruos. Es una forma de hablar, le digo. Él dice que las formas de hablar quieren decir algo. Tiene razón, fui yo quien mencionó al monstruo. No sé por qué lo hice. No sé por qué digo algunas de las cosas que digo. Me siento muy incómoda en el silencio cuando alguien está pendiente de mis reacciones. No me gusta demasiado hablar, y menos si no he pensado muy bien lo que voy a decir, a no ser que esté en mi casa, con gente que me conoce mucho y además me quiere y me permite rectificar cualquier error o explicar con detalle cualquier cosa que haya dicho y no haya sonado muy bien.
  'Él dice que cuando se tiene muy interiorizada una idea, lo normal es que acabe saliendo en algún momento, venga a cuento o no, se quiera hacer o no, se haya meditado o no.
  'Recuerdo que alguien dijo que era un monstruo. Casi nadie lo conocía demasiado bien. Ver a una persona con frecuencia no garantiza que se tenga un conocimiento acertado de ella. Mi abuela me contó que lo habían visto por la orilla del río molestando a una niña, o persiguiéndola, ya no lo recuerdo muy bien. Yo no me lo creo. La niña dijo que quería hacerle cosas malas. Qué sabría ella lo que son cosas malas. Él dice que qué es eso de qué sabría ella. Le doy la razón, yo no soy nadie con autoridad suficiente como para decidir algo así, y además está en flagrante contradicción con lo que pienso al respecto: si alguien dice que quieren hacerle daño, es seguro que quieren hacérselo. Me pregunta si quería mucho a esa persona. Le digo que sí, muchísimo. Me dice que no siempre se acierta a amar a las personas adecuadas, pero que el hecho de que no sean un dechado de virtudes no significa que no se las deba querer, ni que quien las quiere haga mal en quererlas. Ya, le digo, pero siento que una parte muy importante de mi vida ha sido una farsa, un error, una equivocación. Me dice que mi vida es muy larga, y que en una vida larga no pueden cifrarse en unos pocos años la verdad y la autenticidad que acaben por resultar. Le digo que no estoy de acuerdo porque los pocos años de los que estamos hablando son los años más importantes en la vida de una persona. Él dice que los años más importantes en la vida de una persona son los que queden por vivir. Dice que lo que ha pasado, pasado está, que no tiene solución, pero lo que queda por delante es un reto que ha de afrontarse obligatoriamente".

¿Tanto descolocará saber que se ha errado casi siempre que se ha amado? ¿Por vergüenza? ¿Por el amor propio herido?  

martes, 12 de marzo de 2013

¿De verdad el perdón engrandece?


Me pregunto, leyendo este pasaje que tanto me ha costado armar para que goce de cierto sentido, si el perdón engrandece, o en verdad tiende a humillar más a quien ya se siente humillado y por tanto disminuído.


 "Y otra vez hice circunloquios y justifiqué me deseo, tratando de exculparme, a pesar de que él ya lo había hecho y además mucho mejor que yo. Me sentí mal, a pesar de todo. No sé cómo puede alguien exculparse de un mero deseo, aunque sea un deseo semejante, o quizá, precisamente, por tratarse de un deseo semejante. El deseo de las personas es íntimo, las más de las veces secreto, tanto, que solemos negarlo, o al menos no confesarlo en voz alta. No quiero ser un monstruo que se consume entre pensamientos dañinos, por más que no vayan a llevarse a la práctica. Yo sé algo de monstruos. Yo no quiero ser un monstruo. No quiero que nadie diga que soy un monstruo. Él me pregunta quién es un monstruo. Yo le digo que no conozco a ningún monstruo, que sólo es una manera de hablar. No quiero calificar a nadie sólo porque pensó o creyó que una persona tenía un comportamiento equivocado y por eso la atormentó. Él quiere saber qué es un comportamiento equivocado, según mi parecer. Yo le digo que mi parecer no es significativo, que soy muy compasiva y no calibro bien (no lo hacía antes, el “antes” del que datan estos recuerdos que traigo al presente obligada por mis desajustes) la verdadera naturaleza de las personas, casi siempre mejores a la luz de mis ojos miopes que a la luz del sol. Algunos dirían que no sólo soy compasiva y comprensiva, sino complaciente y hasta permisiva, si explicara a quién trato de comprender y exculpar y además compadezco. Me gusta ponerme en el lugar de las personas que hacen cosas que seguramente haría yo también según se dieran una serie de circunstancias que no puedo ni quiero enjuiciar si no me he visto en la situación en que se vieron ellas. Me gusta ese proverbio o frase o sentencia o lo que sea: “No juzgues a nadie si antes no has caminado un buen trecho del camino calzando sus mocasines”, o algo así. Las personas disponemos de un albedrío que no sabemos utilizar siempre. No es fácil salir por primera vez a la calle sin compañía (la madre, el padre, algún familar…) y comportarse como es debido. Él quiere saber qué es comportarse como es debido. Pues qué va a ser comportarse como es debido, comportarse como es debido es comportarse como tiene que comportarse uno, que es como mandan las normas sociales y culturales que debe hacerse. Supongo que para no desentonar de la manada.
  Me estoy escuchando hablar y no me reconozco en casi nada de lo que digo. Él dice que cuando se dicen cosas es porque se piensan. Sí, admito, pero se piensan porque se ha reparado en ellas (se ha meditado sobre ellas, mucho o poco, eso no importa tanto), aunque no se esté completamente de acuerdo con ellas. Él me pregunta si estoy queriendo llegar a ese momento que viene a resumir lo que se acaba por ser de tanto pensar de un modo determinado. Le explico que si no me reconozco es porque son conclusiones a las que no he llegado por mí misma. Él quiere saber quién me ha inculcado tantas cosas con las que no estoy de acuerdo, de las que reniego y en ocasiones hasta me avergüenzan, y sin embargo tengo tan presentes. Qué bobadas pregunta a veces este hombre, Dios mío, pues quién va a ser: mi madre, mi abuela, mis tías… Demasiada gente, opina. Los niños deben tener una guía de la que no han de desviarse. Yo le digo que mis guías han sido varias. Por las circunstancias, claro. ¿Qué circunstancias?, pregunta. Pues cuáles van a ser, las que hicieron que no me criara con mis padres. Quizá no recuerda ya que al principio de todo le dije que me criaron unos tíos, o acaso pretende que vuelva a contárselo, para saber si miento o he mentido o me equivoco o fantaseo o simplemente exagero. Le digo que tengo muchos puntos de vista, muchas referencias, muchas normas de esas que son inamovibles, propias de cada familia, sólo que mi familia no es una, sino dos. Él dice que no hacen falta tantas referencias, tantos puntos de vista, tantas normas. Dice que demasiadas órdenes embarullan y confunden las más de las veces. Yo añado que, además, se tienen más miedos. Él me pregunta a qué. Pues a qué va a ser, a fallar, a defraudar. Cuantas más referencias y más obligaciones, más responsabilidades y mayores deseos de agradar a como dé lugar.
  No sé por qué se empeña en dejarme limpia de culpas, Le digo que yo no actúo siempre bien, que me equivoco, que defraudo a la gente. Me pregunta si a mí no me defraudan y dañan. Le digo que sí. Me dice que no está bien que asuma tan dócilmente el daño que me hacen. Me dice que nadie tiene derecho a hacerme daño. Yo le digo que entiendo las equivocaciones que comete la gente, mi gente, y que no son intencionadas, o no siempre, al menos, por eso las entiendo y por eso tiendo a perdonarlas".