jueves, 21 de febrero de 2013

Donde todo empezó.



He aprendido a justificar cada debilidad que me encuentro en el camino, venga de quien venga; ser débil es más normal que ser fuerte, porque es más fácil: esconderse cuando se escucha un estruendo es más sencillo que salir al encuentro de lo ignorado.

'Las personas que más me querían cuando era niña están muertas, lo cual es una gran putada. Tener que echar siempre la vista (la memoria, más bien) atrás para sentirme bien es una gran putada. Él dice que también ahora hay gente que me quiere, así que no tengo por qué echar siempre la vista, o la memoria, atrás. Yo digo si será porque todo es siempre lo que ha sido en el principio, aunque pase el tiempo, que uno es la continuación de lo que empezó a hacerse y a fraguarse en algún momento, el resultado o consecuencia de una evolución. Quizás, admite. Le digo que no me basta con la gente que me quiere, que a mis ojos nunca son bastantes ni me quieren suficiente. Él dice que hay que apreciar lo que se tiene y recrearse en lo que está bien. Yo le digo que lo hago, apreciarlo, pero que parece pesar más (todavía) la antipatía, la rabia, la falta de cariño, los desprecios. Le digo, además, que no me puedo liberar de esos sentimientos negativos que me lastran irremediablemente. Incluso me planteo hacerle una pregunta que me parece durísima de formular. Es fácil convenir que si tan dura es, mejor sería ni plantearla siquiera, pero no puede mentirse a sí mismo quien quiere llegar al fondo de su ser, allí donde se cuece lo que es y lo que piensa y lo que siente y lo que opina… Allí donde todo empezó. Así que me quedo pensando si debo consultarle acerca de un deseo que tengo, que me parece terrible y liberador al mismo tiempo. Me pregunto por dentro, todavía para mí y por tanto aún sin palabras, si puede una persona de bien desear la muerte de otra persona, pero no desear su muerte para hacerle daño o eliminarla por motivos oscuros o aviesos. No sé cómo se explica que alguien quiera quitar del medio (que se quite, o más bien se aparte, por tanto sin intervenir necesariamente, mejor si es accidental, y aún mejor si es tan natural como el desarrollo de la vida) a alguien a quien no se le desea un mal objetivo o concreto. Las palabras que suenan en mi pensamiento no terminan de redondear lo que en verdad quiero decir. Es que no se trata de esa persona, sino de mí y mi beneficio, pero no un beneficio social o económico, por ejemplo, sino de otra clase, mucho más importante y necesario, tanto como que mi salud mental y mi equilibrio emocional dependen de ello. Es desear que se aparte del camino un escollo que no me deja prosperar. Es desear que el árbol retorcido que interrumpe la circulación desaparezca de la carretera, aunque duela mucho dejar de verlo por su belleza, por su tronco sólido, sus ramas frondosas. Se puede rodear al árbol, podrá decirse, si es tan hermoso y cuesta tanto sacrificarlo, pero resulta que no hay otra solución: es talar el árbol, matarlo, eliminarlo o detenerse delante y quedarse allí languideciendo indefinidamente porque su presencia no permite el paso y por tanto el avance.
  ¿Quién le gustaría que muriera?, me pregunta al fin, cuando yo consigo articular algunas palabras que de algún modo dan a entender todos esos pensamientos que he elaborado en mi interior, mucho más sólidos cuando aún no habían abordado esa atrocidad que me rondaba por la cabeza.
  Me preguntó quién quería que muriese y me quedé callada, como pillada in fraganti en una falta terrible e inconfesable capaz de definir por sí misma la naturaleza de una persona que de pronto se reconoce y no quiere reconocerse porque no le gusta lo que ve, y mucho menos quiere que nadie más la reconozca. Yo no podía decir en voz alta quién quería que muriera. Él me alentó e incitó, justificando que lo que uno piensa es liberador, en absoluto un delito y ni siquiera una falta, sino un deseo que no está reñido con la normalidad de quien lo desea; que no se trata de una necesidad de que se haga realidad aquello que se piensa, sino simplemente una fantasía que se expresa y no va más allá del pensamiento, pero que define alguna clase de tormento que se esté viviendo. Entonces me sentí aliviada, no sé si también perdonada y liberada, así que se lo dije, al fin...'


  Se lo dijo, en efecto, pero yo no estoy autorizada para ir tan lejos en las revelaciones cuyos pasajes me asustan algunas veces y me hacen pensar en la conveniencia de seguir exponiéndolas o encerrarlas en su "Carpeta roja" para siempre jamás.

viernes, 8 de febrero de 2013

Crecer en el rencor





Repasando "La carpeta roja" me he encontrado con un ejemplo de cómo el amor y el desamor pueden componer y sustentar una manera de ser y perpetuarla en el tiempo hasta hacerla crónica e inmarcesible.

"Le hablo de las amistades o simples “conocimientos” que se alejan al cabo del tiempo, que degeneran inexplicablemente o se enfrían sin remedio. Le digo que el primer encuentro desenvuelto que suele darse al principio de todo, cuando todo está por saberse y además parece tan fácil decírselo todo, que es tan acogedor e invita a seguir, se desvanece muy pronto, y que entonces aumenta la distancia. El desgaste, la huída de las personas que dejan de ser empáticas y cercanas, ¿qué ven (en mí)? ¿Qué dejan de ver? Quizá se trata de una combinación de ambas posibilidades: lo visto o sólo vislumbrado, y lo supuesto que no se ve ni se vislumbra pero que parece tan presente como si estuviera ahí mismo. Me aventuro más: ¿verán, quizá, mi infelicidad constante, mi insatisfacción, que parece contagiosa, mi descontento casi con todo y con casi todos? Entonces él dice: pero si lo que más aprecia usted es la soledad, que la dejen tranquila; y yo: claro, pero algunas veces tengo remansos de una cierta felicidad, de una casi alegría, y me gustaría acercarme entonces a las personas que tengo más a mano, aunque sólo sea para hacerles saber que mi melancolía no es perenne, pero las reacciones de esas personas son de un desagrado tan patente que me tengo que volver de vacío al refugio de mi caparazón. Después de todo, le digo cuando veo su mirada de tristeza, casi como si se conmoviera con mi infelicidad, se trata de un dolor más de los muchos dolores que se añaden a mi corazón.
  'Cuando los cimientos de una casa están mal puestos, lo normal es que la construcción se resienta al cabo del tiempo, algo así como si una tara impidiera que una persona o un animal se desarrollaran satisfactoriamente. También esos cimientos que sirven para sostener una construcción, pueden servir para encauzar sentimientos y apuntalar la personalidad que llevaremos el resto de nuestras vidas, desde el mismo momento de nacer. Él dice que siempre hay tiempo para la reacción, y yo supongo que quiere decir que en cualquier momento puede uno hacerse el ánimo de apuntalar lo que esté mal construido o amenace ruina directamente. Le digo que no discuto que pueda hacerse, pero para reaccionar y caminar y actuar se requieren fuerzas que quizá se han agotado en ese combate que se libró para dilucidar si convenía pelear por la victoria o se dejaba uno vencer. Y que quien en algún momento ganó pudo conservar la inercia que lo llevó a la victoria, mientras que quien perdió y mordió el polvo necesitó más tiempo para la recuperación.
  'Hablo y hablo, pero no quiero hablar siempre. Él dice que no hable, si no quiero hacerlo. Le digo que muchas veces hablo para coger carrerilla, para no disparar sin avisar. Soy dura, ácida, poco amable, me lo ha recordado siempre mi familia, que ya desde que era muy pequeña me llamaba rara y antipática, y algunas veces estúpida. Él dice que no lo entiende, que no ve nada en mí que corrobore esas afirmaciones. Yo le digo que así tenía que ser, si así me lo decían. Son mis familiares más directos, las personas que guardan en su recuerdo la memoria de lo que fui, así que debían quererme; son quienes definen mi comportamiento, mi forma de ser, así que se trata de un hecho que no debería admitir discusiones o discrepancias. Él dice que por qué no pueden ser susceptibles de desacuerdos ciertas opiniones, que lo importante soy yo, lo que soy y lo que ve en mí, y no esas opiniones tan alejadas en el tiempo expresadas por personas que no conoce pero que por qué no iban a estar equivocadas. Me pregunta si todos mis familiares opinaban lo mismo. Le digo que no. Le digo que mi abuelo siempre me decía que yo era la más noble y buena de todos sus nietos, la que tenía el corazón más grande. Él hace un gesto de sorpresa. Añado algo más: que el tío que me crió decía que yo era una niña muy especial. Se repite el gesto de sorpresa, y me pregunta si el hecho de que al menos dos personas, además tan cercanas a mí, tuvieran esa opinión que me manifestaban sin reparos, no me hace dudar de las opiniones y consideraciones de todos los demás. Reconozco que sí, que lo he pensado y repensado, y que tanto pensamiento me ha hecho dudar. Él dice que el hecho de haber dudado indica que hay algo más en mí que desilusión y dolor. Dice que también hay amor, el amor de esas pocas personas que me quisieron sin fisuras".

lunes, 21 de enero de 2013

Cuando de bordear la vida se trata






Cuando me entra el miedo a no saber qué hacer, ni qué decir ni por dónde tirar, voy a las páginas de "La carpeta roja" y me meto en la piel de la mujer que sabe menos aún que yo cómo bordear la vida, como le dice el terapeuta que pretende hacer a base de pastillas; por eso no se las receta y la deja siempre con el alma al aire, en carne viva, digo yo que para hacerla más fuerte.




"Le pregunto si cree en lo que no se ve: sensaciones inexplicables, premoniciones inconcebibles, visiones incalificables de puro extrañas… Dice que no lo sabe. ¿Cómo que no lo sabe? Eso se sabe, las personas tienen que saber si creen o no en esas cosas. Dice que todo es posible. ¡Pues claro que todo es posible! No todo, en realidad, aclara, pero añade que lo dice así, como con ciertas reservas, porque no se atreve a decir sí o no categóricamente. Me explica que no puede demostrar que no existan en realidad esa clase de fenómenos o situaciones que generalmente se denigran y ridiculizan con tanta alegría. Algo es algo, digo. Pero, si no cree ¿por qué me hace caso? Él dice que me lo hace (caso) porque cree en mí y en lo que le cuento. Me dice que me escucha y me cree, aunque no entienda cómo pueden darse en mí ciertos desórdenes. Casi se me hace incómodo que alguien crea en mí con tanta seguridad. Alguien con cierta autoridad y una mente científica, además. Estoy acostumbrada a que cuando cuento lo que me ocurre, lo de las visiones y todo eso, la gente trate de explicar mejor que yo misma de qué se trata. Algunas veces me río y otras me enfado. Cada vez me enfado menos, será porque cada vez lo voy contando menos. Antes, al principio de todo, cuando empezó a sucederme, solía contarlo a las primeras de cambio, no para hacerme la interesante ni nada de eso, sólo por ver si en algún lugar había alguien que podía decirme de qué se trata y por qué me ocurre precisamente a mí. Las explicaciones que recibía tenían que ver invariablemente con mi estado anímico, como si yo quisiera provocarlas o las propiciara de algún modo. Incluso recibí recomendaciones para dejar de tenerlas, o para detenerlas en el momento preciso, de alguna manera congelarlas, y así estudiarlas o atraparlas, como si lo más importante de todo no fuera, precisamente, que son imprevisibles, insospechadas y de ninguna manera controlables, ni siquiera para recrearme en ellas un espacio de tiempo que resulte suficiente para estudiarlas o contemplarlas detenidamente. Más tarde, cuando fui tomando conciencia de mi excepcionalidad, y sobre todo de la ignorancia de quienes no se resignan a decir simplemente “no lo sé”, me hice más cauta, pero nunca he dejado de intentar que alguien me explique por qué me voy del lugar en el que esté en ese momento y aparezco en otro completamente diferente; otro lugar que no es de este mundo de ahora, sino de un mundo de antes, de mucho antes, al que yo regreso por unos segundos para ver escenas que no puedo explicar, sólo contemplar desde lejos, o no desde tan lejos, en realidad las contemplo desde muy cerca, tanto que cada vez estoy más segura de que estoy allí en aquel momento, en aquel lugar y en aquella época a la que regreso de vez en cuando no sé por qué ni para qué, aunque nunca pueda intervenir ni participar de nada que esté ocurriendo, sólo verlo y sentirlo para a continuación regresar a mi presente con la sensación de que me han robado toda la energía. Él dice que seguramente habrá alguna razón para que me ocurra todo eso. Yo le digo que quizá tengo algún trastorno. Él dice que no tengo ningún trastorno que pueda identificar. No sé si es un alivio o una preocupación más que añadir a todas las preocupaciones que ya tengo. Si estuviera trastornada sería más sencillo buscar alguna clase de remedio que evitara mis raptos del presente para llevarme forzosamente de viaje a un pasado que es tan remoto y lejano, y al mismo tiempo tan próximo, pero cuando no hay ningún desajuste que remediar todo parece más complicado. Una vez le pedí medicación, para dejar de viajar o soñar o imaginar o lo que sea que hago involuntariamente, pero me dijo que no había pastillas para bordear la vida, así que mejor si seguía como estaba, con mis sufrimientos y mis miedos y todas las dudas que me genera la situación".










lunes, 7 de enero de 2013

"¿Qué coño será la entereza?"



No me gusta aconsejar, aleccionar, adoctrinar ni ejemplarizar. Sólo escucho y miro a los ojos a quien se deja mirar a los ojos; hay tanta gente que esquiva la mirada, no vaya a ser que se le escapen los sentimientos (malos, torvos, aviesos) que le pudren el alma. Por eso escucho con tanta atención a la autora de "La carpeta roja", que escribe, a continuación de la última entrega que ya dejé aquí hace unos días:

'No entiendo por qué una persona puede cambiarse de casa, de barrio, de ciudad, bajarse de un tren si le da la gana, aunque no haya llegado a su destino, y sin embargo se nos obliga a los seres humanos a seguir en la rueda de la vida, sí o sí, a toda costa. ¿Hay algo de malo en interrumpir la existencia que se nos hace insoportable? Es irrisorio, tener que dar cuentas de una acción que debería depender del albedrío de cada persona. Puede alegarse, por supuesto, que la decisión de acabar con la vida propia quizá varíe el cabo del tiempo. ¡Claro! Y también puede variar el deseo de vivir y sin embargo se nos obliga a ello. ¿Ha pensado la gente que se opone al suicidio que al hacerlo (oponerse) está actuando con una intransigencia intolerable? ¿Qué saben las personas que no sufren, de las personas que sufren? ¿Saben las personas que no sufren, que las que sufren no encuentran consuelo de ninguna clase, en ningún lugar, con casi ninguna persona? ¿Son conscientes las personas que no sufren de la soledad de las personas que sufren? Porque una persona que sufre está obligada a ocultar el sufrimiento, a hacer de tripas corazón, a comportarse con entereza (¿qué coño será la 'entereza'?, ¿una máscara o un disfraz que nos hace parecer lo que no somos, o no parecer lo que sí somos y no queremos ser?) y a ocultarse para no contrariar a quien anda a su alrededor. Sí, para no contrariar, porque las personas que sufren molestan, incordian, contagian y obligan a la reflexión. Y, parémonos a contemplar lo que tenemos alrededor cada uno de nosotros y veremos el páramo que nos rodea, y la dificultad que entraña ser como queremos ser, sobre todo si lo queremos ser es tristes. Tristes, sí, porque la tristeza o la melancolía deberían ser opcionales, y cuando no se pudiera soportar más el dolor, se debería estar facultado para ir más allá y acabar con todo.
  '¿Habré expresado estos pensamientos en voz alta? Creo que no. Y, de haberlo hecho, ¿qué me hubiera dicho él? Quizá nada. Algunas veces no me dice nada de nada, sobre nada. No sé si le diré algún día que conservo una carta del hospital con los motivos que me llevaron a intentarlo hace ya tantos años,aunque esos motivos estuvieran tan resumidos y además constaran de una razón concreta (¡ay, las etiquetas para todo!), cuando el deseo de suicidarse viene determinado por un cúmulo de circunstancias desgraciadas que explotan por una gota que acaso no sea la más grande ni la más importante. Y que conservo una citación para acudir a declarar a propósito del delito que cometí queriendo quitarme la vida. Queriendo quitarme la vida, sí, porque me la quería quitar, y era mía (lo es aún, y algunas veces no sé si me gusta que siga siendo así, a pesar de los remordimientos por el dolor que ocasionaría en los miembros más cercanos de mi familia), así que me limité a intentar deshacerme de algo que era mío, de igual modo que puede tirarse un vestido que ya no se usa o regalarlo cuando ya no te sirve'.



  

domingo, 30 de diciembre de 2012

¿Cómo depositar porciones de ánimo en un par de zapatos?


¿Cómo transportan los Reyes Magos el ánimo que necesitan las personas que se han quedado sin resuello, y dónde lo depositan, si un par de zapatos no lo pueden contener?

"No he sabido ser una buena hija. No he sabido ser una buena madre. Me pregunto si es porque las emociones se aprenden y yo no he aprendido aquello que en buena lógica me hubieran debido enseñar mientras crecía para poder transmitirlo a la siguiente generación. Siempre me he sentido fuera de lugar, fuera del tiempo (de todos los tiempos, siempre), fuera del sistema. Percibo muy raramente alguna alegría en las personas que me ven o simplemente se cruzan conmigo después de no haberme visto en mucho tiempo. No contagio buenas vibraciones. Hay mucha alegría en algunas personas al inicio de nuestro conocimiento, un casi entusiasmo que se diluye, se difumina y acaba por enfriarse tanto como si entre el principio y el final se hubiese producido un acontecimiento disuasorio, un suceso que yo no detecto o al que no doy importancia y los demás sí. ¿Qué será? ¿Qué habrá en mí, que no comprendo ni puedo definir y mucho menos prevenir y en absoluto corregir (pues lo ignoro)? Si pudiera entender dónde está esa interferencia, esa partícula que se interpone entre mi naturaleza y la naturaleza de mis semejantes. No digo que si localizara ese impedimento trataría de apartarlo siempre, en tanto no quiero siempre conservar a todas las personas que voy encontrándome (¡hay tantas que me defraudan y hasta me repugnan casi inmediatamente por su falsedad y sus modales sibilinos, oscuros y confusos, tan decepcionantes!), pero sí en muchos casos que se me escapan de las manos a mi pesar y se alejan irremediablemente para no volver. ¿Y qué puedo hacer? Seguir esperando, supongo, y tratar de sacarme del alma todas las anomalías, si son elementos negativos o sólo particularidades que forman parte de la naturaleza de las personas. En cualquier caso, es una buena manera de ir al origen de todo, ¿no?, me dice él. Ir al origen. ¿Qué origen? ¿Cuál es al origen? ¿Dónde está el origen de las cosas y de las sensaciones que las (nos) mueven? ¿Me tengo que remontar siempre al pasado para ver si se me puede enderezar el presente? ¿Y qué hago, entonces, con mi presente, que se me está escurriendo? ¿Paso de puntillas sobre la vida para no destrozar las huellas que aún puedan quedar del pasado? Él hace un gesto de '¿y yo qué puedo decir?', pero al menos tiene la deferencia de no decirme que todo está bien, que todo va a arreglarse, que pensar que algo va mal es contraproducente, desaconsejable para el bienestar. Es que ahora se lleva el pensamiento positivo, la sonrisa que anticipa las buenas noticias y los acontecimientos más venturosos, que vendrán sin dificultad cuando nos vean en disposición de recibirlos. Nada de recordar penas y sufrimientos, sólo las risas y alegrías que las propiciaron. La ley de la atracción, se llama, pero no sé cómo mantener siempre el ánimo en lo más alto, cómo pasar de largo por el dolor para mantenerlo alejado y que así no me manche ni me contamine.
  'Le digo que las debilidades atraen las desgracias. Le digo que las penas atraen más penas. Igual, después de todo, sí hay algo de verdad en la ley de la atracción ésa. La desesperación y el dolor se hacen sitio a empujones en un corazón propicio y allí se quedan, alimentando más desesperación y más dolor. Él dice que eso se puede cambiar. Por poder, digo yo, claro que puede cambiarse, supongo, seguro que es así, pero hay un momento en que la costumbre de caminar en una dirección concreta dificulta el cambio de rumbo, y así, nos vemos siguiendo la inercia que parece inalterable. Que hay que seguir, en cualquier caso, dice él. Ya lo sé, digo yo. Yo no me paro casi nunca, y cuando lo hago suele ser para tomar un poco de aire y un buen impulso que me ayuden a seguir. ¿Quién no se ahoga de vez en cuando? ¿Quién no pierde el resuello y siente que ya no puede más? Lo grave, digo yo, sería detenerse con intención de no seguir. Ya sé que muchas veces yo misma me detendría con intención de no seguir, pero al final acabo empujada por alguna clase de fuerza que no sé que tengo y ahí sigo, a pesar de todo. Claro que, ahora que lo pienso, ¿qué hay de malo en no querer seguir?..."

  

lunes, 17 de diciembre de 2012

"Mejor tramposo que imbécil"





Casi debería haber titulado esta pieza: "Cuando falla hasta la esperanza", pero me figuro que a mi desconocida no le gustaría que yo juzgara sus sentimientos, ni pusiera en valor sus opiniones extraídas de "La carpeta roja".

"Si me quejo del poco caso que me hace la gente, él dice que por qué me sorprendo, si lo que quiero es que me dejen tranquila. Sí, le digo, pero es muy triste resultar transparente. ¿Por qué hay gente que dice cualquier cosa o hace algo, por insignificantes que sean sus dichos o hechos, y se le presta atención, sí o sí, siempre, mientras otros pasamos desapercibidos en cualquier caso? Que le responda yo, dice. ¿Pero el profesional no es él? Claro, pero las respuestas siempre están en nosotros, en cada uno de nosotros, todas las respuestas. Qué lástima, pienso, y ahora sí creo que además se lo digo a él, perder el tiempo contando la vida de una, hablando de lo divino y de lo humano, aceptando recomendaciones que son de Perogrullo a cambio de que de cuando en cuando se deslice alguna revelación que mueva resortes escondidos que en verdad puedan resultar de cierta ayuda. Por más vueltas que le doy no se me ocurre cómo actúa el entendimiento de ciertas personas, ni cómo se corrige lo que está averiado en las cabezas humanas. Cuando se piensa en curas y remedios, de inmediato surge la idea de las píldoras que adormezcan, serenen o impulsen las mentes trastornadas, pero no siempre tragarse una pastilla es la solución más adecuada, o eso es lo que dice él cuando le digo que quisiera dormir mucho tiempo, abstraerme, olvidarme del mundo que no me gusta. Él me pregunta que por qué no me gusta el mundo; no sé cómo hay gente a la que sí le gusta el mundo, o cómo tolera lo que pasa cada día, que siempre parece ser peor que el anterior. Es como si estuviéramos agotando todas las posibilidades que pusieron los creadores a nuestro alcance para que las utilizáramos como mejor nos pareciera. Me pregunta por esos creadores a los que aludo. Le digo que he utilizado el plural porque no me creo que interviniera un solo creador en la construcción del mundo. Le digo que debieron existir muchos creadores en la antigüedad remota metiendo baza en la combinación de personalidades y caracteres, de lo contrario no me explico cómo podemos ser cada uno de nosotros tan distintos, tan enrevesados y fundamentalmente malos y perversos y envidiosos y rencorosos la mayor parte de los humanos. Él dice que la mayor parte de los humanos no son malos, de lo contrario el mundo sería insoportable. Llegados a este punto prefiero callarme, no quiero decirle que si hubiera tantos humanos buenos como algunos seres cándidos creen, no habría tantos gobernantes crueles y despiadados, tantos tiranos y tantos insensibles. No es posible que los hombres que lideran el mundo sean malvados sólo por un cálculo de probabilidades; al contrario: yo creo que nos gobiernan los más malos porque son el reflejo de lo que más abunda, y lo que más abunda es la maldad. Casi nadie que conozco admite que la bondad es el camino más recto y seguro por el que se debería caminar siempre y en cualquier circunstancia. A casi nadie le parece bien que se afeen las maldades y los trapicheos del prójimo, aludiendo a que todo el mundo haría lo mismo en su lugar, y que si mucha gente no lo hace es porque no tiene oportunidad. Pues no, digo yo, algunos no harían (no haríamos) lo mismo, sino que nos comportaríamos como nos comportamos normalmente, que es con la máxima de no hacer a nadie lo que no nos gustaría que nos hicieran. Es como si prácticamente ninguna persona que conozco pudiera hacerse cargo (para guardarlo o preservarlo o protegerlo) de un gran tesoro sin sentir la tentación de quedarse con un pedacito en concepto de premio a la lógica que dicta que el ser humano ha de ser tramposo y aprovechado, a riesgo de que no serlo lo convierta en un imbécil".

lunes, 10 de diciembre de 2012

¿Se puede mudar de naturaleza?



En esta nueva entrega de "La carpeta roja", mi querida desconocida ha manifestado un deseo de cambiar que no sé si está a su alcance. No sé si cambiar de naturaleza está al alcance de alguien.


"Voy y vengo como una hoja que se arrastra por el suelo a merced del viento que sople: si fuerte, con fuerza; si suave, con suavidad. Puede ocurrir, también, que me quede parada, viéndolo todo desde la distancia con mis ojos de hoja abandonada, arrinconada, a la que nadie hace caso ni dedica el menor pensamiento. O puede suceder que habiéndome dejado el viento colocada en buena situación, con cierta perspectiva y eso, lo vea todo tan claramente que de inmediato sienta deseos de esconderme. La paradoja es que, siendo una hoja, carezco de pies para trasladarme, así que me conformo con quedarme quieta, a la espera de una nueva ráfaga que satisfaga mis necesidades de movimiento. Él dice que no soy una hoja. Yo le digo que ya sé que no soy una hoja. ¿Entonces? ¿Cómo que 'entonces'? Pues eso, le aclaro, que sé lo que soy en mi interior, que tengo conciencia de mi situación y mis circunstancias, pero me quedo parada como si una parálisis me afectara por entero. Pero las personas pueden hacer lo que quieren, insiste. Y yo: pues claro que las personas pueden hacer lo que quieran, pero sólo en la teoría. ¿Sólo en la teoría?, me pregunta. Y yo: pues claro, sólo en la teoría, porque no suele contarse con las fuerzas extrañas que nos afectan y nos ralentizan o directamente paralizan.
  "Cuando me pienso quieta, inactiva, resignada, quiero borrar ese pensamiento. Pues se borra, dice él. Ya, le digo. Y añado: pero cuando me pienso, en realidad estoy recordándome. Ya sé que debería hacerme cada día, construirme sin dar tanta importancia a lo que he sido. Pero si ahora soy alguien es porque antes fui también alguien, otra clase de alguien, naturalmente. Se es lo que se es, y lo que se es, se es también por lo que se ha sido.
  "Me revienta escuchar tantas veces a tantas personas entendidas, expertas en casi todo, recomendar pautas a propósito del comportamiento que ha de tenerse para conseguir que los demás lo tengan también: recibes lo que das, vienen a querer decir. Mentira, digo yo. Es mentira. Recibes lo que recibes, sin que lo que se haya dado o dejado de dar importe demasiado. Una buena persona no necesita contrapartidas, es buena porque es buena. Una mala persona no llega a apreciar, y mucho menos valorar, nada de lo que otra haga por ella. Él dice que así es el mundo. Él dice mucho que así es el mundo, que así son las cosas... Pues vaya, yo no necesito indagar mucho en el alma de las personas que me encuentro, para saber lo que ya sé. Me pregunta sobre qué. Pues sobre qué va a ser, sobre la condición humana. Pero es que es así, insiste. Y yo: a mí qué me importa que sea así. ¿Qué pasa, que porque 'sea así', tengo que dejarlo correr sin más ni más? Pues claro que no, me digo a mí misma, y no sé si además lo digo en voz alta, espero que no, para no enzarzarme en una discusión que no quiero mantener porque al saber lo que piensa el adversario y ser consciente de que no va a convencerme para que acepte su punto de vista, prefiero ahorrar todas las energías que se me consumen en esos tomas y dacas lingüísticos que no van a ninguna parte. A mí me importan las reacciones y las acciones de los humanos con los que convivo a diario, y hasta con aquellos con los que sólo me cruzo por la calle. ¿Y qué se puede hacer?, me pregunta. Y yo: pues no sé si puede hacerse algo en verdad útil, pero sí sé lo que puedo hacer yo; más bien lo que debo hacer, y es todo lo que esté a mi alcance para cambiar, primero yo, y después lo que tenga más cerca".