martes, 16 de octubre de 2012
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
¿Por qué? Eso me pregunto también yo.
"¿Por qué la gente teme decir lo que siente? Parece que por expresar los sentimientos a uno le van a robar las emociones y vaciarle el corazón. Cuando alguien dice lo que siente sólo lo dice, nada más, no se vacía ni se rebaja ni se retrata ni nada que se le parezca. Tampoco compartir lo que se tiene dentro hace que uno se quede al aire; no siempre, no necesariamente. Él dice que hay que expresar los sentimientos. Yo también digo que hay que expresar los sentimientos y compartirlos. Lo digo después de pensar que algunas veces cuesta decir ciertas cosas que son complicadas porque se mencionan situaciones que son dolorosas o puede que vergonzantes. Hay muchas circunstancias que se me atraviesan en la garganta y me quitan el aire, como si los dolores, incluso los añejos (¿aún más los añejos?), tuvieran la facultad de eternizarse en el alma. Él dice que es más fácil para alguien que escribe. Yo le digo que tal vez no se ha parado a pensar que alguien que escribe quizá lo hace porque no sabe decir con palabras lo que le pasa por la cabeza y mucho menos por el corazón. Él dice que escribir tiene que ser más sencillo que hablar, así lo entiende. No sé si me da la razón porque me ve muy triste o porque de verdad la tengo. Yo sé que tengo razón muchas veces en muchas cosas, pero sé que no por el hecho de tenerla me la darán necesariamente. Hay personas que con tal de no dar la razón evitan hablar para así no tener que decir nada, sobre todo si es positivo o cariñoso. Le digo que hay personas que sólo hablan con otras personas cuando las consideran inferiores, o cuando creen que despiertan en esas otras personas cierta admiración, generalmente porque hacen cosas que son diferentes o tienen trabajos apasionantes. Él dice que a la gente le gusta que la quieran, y además es lícito que así sea, y por ende, recomendable acercarse a otras personas, que eso forma parte de la condición humana. Yo le digo que no me refiero a quienes buscan simplemente el cariño de otras personas o el roce que por fuerza acaba prendiendo emociones que acaso acaben en sentimientos. A mí me gustan las personas que buscan cariño en los demás. Él no sabe si yo busco cariño o reconocimiento, no sabe muy bien a qué atenerse. Yo sé lo que piensa, o me parece que lo piensa. Algunas veces sé lo que está pensando sin lugar a dudas, pero otras se me escapa porque parece que se ausenta o se pone a pensar en sus cosas; hasta supongo que trata de desviar deliberadamente su atención hacia mí y lo que estoy diciendo, como si quisiera borrar de su mente cualquier pensamiento u opinión que pudiera alcanzarme. Tanta asepsia me exaspera algunas veces. Es difícil que alguien que no debe quererte, ni tener sentimientos hacia ti, quizá un poco de simpatía, llegue a comprenderte. Comprender a una persona conlleva un esfuerzo que está íntimamente ligado con el cariño, y si no hay cariño no puede haber comprensión, y si no hay comprensión sólo queda decantarse por la justicia o la injusticia. También la justicia es falible, porque está sujeta a interpretaciones".
martes, 9 de octubre de 2012
Más de "La carpeta roja"
Ahora ya sé cómo dar contigo: buscaré una persona ataviada con un sencillo y liviano vestido, que camina entre personas protegidas por corazas de hierro relucientes que tienen la misión de protegerlas (¿y aislarlas?) de la otra gente.
"Le digo que estoy un poco harta de hacer lo correcto, lo que se espera de mí, que me parece que me toman por el pito de un sereno. Él no está de acuerdo. Desde su particular punto de vista poseo una autoridad moral nada desdeñable, casi envidiable. Desde su particular punto de vista, claro, que parece puesto ahí, donde está, sólo para complacerme. Además, no me gusta despertar envidias. Sé que despierto envidias, pero no sé por qué. Él dice que no sabe por qué despierto envidias, que eso es algo que debo preguntarme y responderme yo. Él todo lo arregla dejando que yo decida qué hacer en cada momento. Ni siquiera sé qué hago aquí, hablando de mí todo el rato, mirando los ojos de esa persona que algunas veces bosteza y otras parece distraída. Yo necesito respuestas, claves, explicaciones, un buen mapa para no extraviarme, o una brújula para orientarme, no un ser que sólo dice "sí" o "no", o ni siquiera dice "sí" o "no" la mayoría de veces.
Me gusta decir la verdad. No siempre digo la verdad. No puede decirse siempre la verdad. Creo que nadie puede decir siempre la verdad. Me imagino a la gente diciendo la verdad en todo momento y circunstancia y sobre cualquier cosa que se le pregunte y se me ponen los pelos de punta. Al menos trato de no mentir deliberadamente, pero no me gusta herir u ofender, y si no se miente un poco o se falsea la verdad razonablemente en determinadas circunstancias, se acaba ofendiendo gravemente al prójimo. A mí se me hiere con mucha facilidad. Sé cuándo me mienten o me ocultan cosas. Me molesta especialmente que me oculten sentimientos, pero casi me molesta más que no me digan nada y me aparten o me alejen. Él dice que lo quiero todo, y que todo no puede ser. En realidad no sé si dice que todo no puede ser, no lo recuerdo bien, pero me figuro que sí, todo el mundo lo dice, y no sé por qué lo dice; no sé por qué no se puede tener todo. Cuando me ocultan sentimientos deliberadamente me quedo descolocada. Si sé que alguien me quiere pero resulta que no me lo quiere decir porque no me quiere querer o no me puede querer o no debería quererme, lo sé, lo adivino, lo intuyo, pero me descoloca igualmente , porque hay personas que no quieren descubrirse ni mostrarse débiles ante los demás, suponiendo que descubrirse sea un signo de debilidad, que yo no lo creo, pero casi todo el mundo lo cree. Yo me imagino a menudo caminando por la calle, que está llena de personas ataviadas con corazas de hierro relucientes, mientras que a mí me basta con un simple vestido muy liviano; entonces esas personas empiezan a reparar en mí y a mirarme con desconfianza, creyendo que soy un bicho raro, quizá una bruja con poderes extraordinarios y por ello peligrosa, y que va sin coraza porque está protegida por sortilegios o mantras o bebedizos secretos"...
jueves, 4 de octubre de 2012
De "La carpeta roja".
¿A quién se dirige esta mujer? ¿A cualquiera, a nadie, a todos, a alguien al azar que la quiera escuchar?
"Cuando se dice que la gente se mira el ombligo me figuro a un montón de personas levantándose la ropa para dejar la barriga al descubierto y me da la risa: la mayoría no podría vérselo, tan enterrado lo tienen entre pliegues y más pliegues de grasa. Yo no tengo grasa. Estoy muy orgullosa de mí misma porque no tengo grasa en la barriga ni en otros sitios de mi cuerpo. Sé que a la mayoría de la gente le gustaría estar como estoy yo, sin grasa y con el ombligo bien a la vista, para poder mirárselo mejor y presumir más. Nadie me dice que le gustaría estar como estoy yo, casi nadie dice nada agradable a nadie, a no ser que le reporte alguna ventaja. Él me dice que está bien que me sienta orgullosa de lo que tengo. Yo le digo que no vale de nada sentir orgullo por lo que tengo si no puedo decirlo en voz alta y recibir algún parabién o un agasajo. Le digo que es bueno decir agasajos y parabienes porque al fin y al cabo son como un refrendo, un reconocimiento, y que a casi todos nos gusta que nos reconozcan, para sentirnos amparados. Él dice que es suficiente con que lo sepa quien lo tiene que saber, que es uno mismo. Yo le digo que la gente se las apaña muy bien para dar la vuelta a la realidad objetiva, adecuándola a lo que tiene o ha conseguido o le gustaría tener o está cerca de conseguir, evitando así el elogio al prójimo. A mí me gusta decirle a una mujer guapa que es guapa, o que es lista, si lo es; me gusta que las personas se sientan queridas, y se lo digo y se lo hago sentir. No pienso en el provecho que me reportará un elogio, ni si seré correspondida, por eso digo lo que creo que hará sentir bien a quien tengo delante, pero sólo si es verdad, o a mí me lo parece.
publize.com La amabilidad es buena, pero hace sentir un poco imbécil. Si una persona es amable con alguien, automáticamente ese alguien se adueña de la situación y se pone a contarle a la persona amable todo lo que está haciendo con pelos y señales, y lo que le ha pasado y lo que piensa hacer y lo que le gustaría que le pasara, sin interesarse en absoluto por la persona amable ni echarle cuentas de su situación ni decirle nada que la consuele. Claro, cómo va a intentar consolarla, si no sabe que necesita consuelo porque no la ha escuchado en ningún momento. Ya he dicho que la gente no mira a los ojos de la otra gente, ¿verdad? Pues eso, que la gente que no mira a los ojos a la otra gente, no se preocupa de lo que le pasa, ni sabe si está dispuesta anímicamente para que le cuenten problemas que es probable que no pueda resolver y además le supongan, quizá, una carga emocional que habrá que añadir a la suya propia. Él dice que hay que hacer lo que hay que hacer. ¡Pues vaya una recomendación!"
Pues vaya una recomendación, en efecto, como si hacer lo que hay que hacer fuera tan fácil. ¿Y si ella no sabe qué es lo que hay que hacer? ¿Será por las ganas que tiene de gustar, sin saber que no se puede gustar a todo el mundo, pues todo el mundo tampoco le gustaría a ella, probablemente?
jueves, 13 de septiembre de 2012
¿Quién eres?
¿Eres real, o te inventó alguien para indagar en los sentimientos ajenos (compasión, piedad, conmiseración)? Alguna vez, desde que tengo en mis manos la carpeta roja, me lo he preguntado, y no sé qué pensar.
"No me siento con fuerzas suficientes para enfrentarme a lo que me desagrada o disgusta, me pierdo en un mar de dolor que me engulle siempre, siempre, como si no supiera nadar, y sé nadar. Tengo reparos, por si lo que hago o dejo de hacer me perjudica ante las otras personas, que inevitablemente me juzgarían. Me siento muy sola y no me quiero sentir tan sola, y aún me sentiría más sola si me decidiera a prescindir de lo que me disgusta, esto es, a tirar por la calle del medio. Él dice que si ya estoy sola no hay razón alguna para tener prevenciones acerca de opiniones que en cualquier caso no podré evitar o variar. También dice que lo más importante es lo que yo siento o pienso. Reconozco que es bueno tratar de hacer lo que a uno le sienta bien, pero carecer de apoyos o refrendos me hace dudar, pensar si no me estaré equivocando, así que me digo: ¿qué hay en mí que no gusta a los demás, que no conecta con el pensamiento de los demás? Y si hago por conectar, siempre es a costa de mis opiniones. O casi siempre. No me gusta el mundo, no me gustan las personas que lo habitan, y si hago lo posible porque me gusten y me bajo del burro y me acerco a pesar de todo, sólo obtengo lo que ya sabía que iba a obtener: desengaño y desilusión. Sé que no me gusta lo que no me gusta, y aún así insisto y persevero. Soy anormal, rara. Necesito muy pocas cosas para vivir. La gente suele necesitar muchas. Ellos (los habitantes del mundo) creen que necesitan muchas cosas y muchos estimulantes. A mí me parece que la gente pretende abarcar mucho más de lo que precisa. No se conforman con lo más necesario. Yo parezco idiota, porque no quiero lo que no necesito, aunque sea gratis. Si necesito algo, lo compro, no espero a que me lo regalen. Él dice que es bueno ser como soy. Yo le digo que no, que no tiene ni idea de lo difícil que se me hace ser como soy. Él insiste y yo insisto también. Se me hace un lío en la cabeza diferenciar qué es bueno y qué es malo. Pienso y pienso, pero no doy con la solución que resuelva mi laberinto interior.
Estar en guerra con el mundo es malo. Que la gente no me quiera es malo. Tener ese no sé qué que no sé qué es, que me hace sentir tan diferente, es malo. Es bueno querer solamente lo que necesito. Es bueno tratar de valorarme y querer estar en consonancia con mis pensamientos y mis necesidades y además conseguir gustar a la gente y obtener su aprobación. A la gente le gusta lo que le gusta, que suele ser ella misma. Sé que decir la gente, en general, puede resultar injusto; la gente está formada por multitud de personas, todas diferentes, y tan iguales en esencia, tan proclives a seguir al rebaño y al tiempo tan peculiares en sus gustos y preferencias"...
jueves, 6 de septiembre de 2012
La carpeta roja (II)
¿Y si le hago una putada? O un favor, nunca se sabe. Le presto atención, y eso es mucho. Ya casi nadie presta atención.
"¿Saber todo sobre los demás incluye los pensamientos sobre lo que les ha sucedido o les gustaría que les sucediera? ¿Qué diferencia existe entre lo que ha sucedido de verdad y lo que a uno le gustaría que le sucediera? Lo que ha sucedido no puede cambiarse y se arrastra como una condena, y lo que no ha sucedido y nos gustaría que hubiera sucedido, también se arrastra como una condena, ésta de frustración, y es aún peor porque además de la frustración por lo que no ha sucedido, se añade la culpa por el hecho de haberlo deseado y fallar.
Está mal equivocarse. Equivocarse hace sufrir. Él dice que equivocarse no es malo. Él dice que lo malo es no asumir las equivocaciones. Yo le digo que equivocarme hace que me sienta en tierra de nadie, reconcomiéndome y sufriendo. Él dice que la vida es así, y que hay que seguir en cualquier caso, pero no me dice cómo se hace eso de seguir en cualquier caso. Le menciono una carretera imaginaria y le digo que es difícil saber dónde hay que desviarse, y que incluso es difícil saber si hay que desviarse, y que a lo mejor ni siquiera hace falta tomar ningún desvío; quizá, después de todo, hay que atajar o cambiar el rumbo y resulta que tampoco se sabe. O a lo mejor sí. Yo no sé cómo se sabe lo que hay que hacer, ni cuándo tiene que hacerse. Le digo que cuantas más cosas hago y más decisiones tomo, más me demuestro que no tendría que haber hecho nada, o no tendría que haberlo hecho como he acabado haciéndolo. Él me dice que seguro que alguna cosa buena he hecho. Imagino que sí, me digo, pero no lo digo en voz alta, no sea que me pregunte y haga que se lo explique. Cuando me digo cosas a mí misma sé lo que me estoy diciendo y cómo me lo estoy diciendo y para qué me lo estoy diciendo. Yo me entiendo también cuando no me entiendo del todo. Yo sé siempre lo que quiero decir, sé lo que siento y me parece tan claro que no creo necesitar decirlo. Él dice que es un gran problema no decir las cosas o dejar de expresar en voz alta los sentimientos, porque lo que no se dice no puede saberse. Yo le digo que eso ocurre porque la gente no mira a los ojos a la otra gente, y que si la gente mira a la otra gente no es para averiguar qué le ocurre o qué necesita. En realidad no sé para qué mira la gente a la gente. Eso cuando la mira. La conexión de los ojos crea un vínculo que obliga en cierta manera: te he mirado y te he visto, y por eso sé que sufres o que no sufres, o que eres feliz o infeliz. ¿La gente que no mira es porque no quiere verse obligada a saber? Yo debería mirar mucho menos de lo que miro. Y olvidar. Olvidar todo cuanto me fuera posible olvidar. Hacer borrón y cuenta nueva cada día, despojarme de sentimientos, como si vaciara los armarios, esa tarea consistente en desocupar los roperos de los trajes que ya no se usan par dar paso a otros nuevos. El hecho de disponer de espacio en los armarios no debería autorizarnos a atiborrarlos de ropa que no da tiempo a ponerse. Debería ser capaz de dejar atrás aquello que debe quedarse atrás. Debería ser capaz de andar por la vida ligera de equipaje. No sé por qué temo acabar necesitando aquello que desdeñé, echar la vista atrás y sentir que me falta precisamente lo que abandoné o relgalé o sencillamente arrojé al cubo de la basura".
martes, 4 de septiembre de 2012
La carpeta roja
"No sé en qué estaba pensando cuando el primer día le conté que había intentado suicidarme. Ni siquiera me limité a referirle brevemente o con detalles vagos o imprecisos las razones que tuve ni las circunstancias que lo propiciaron, sólo se lo dije, respondiendo a una pregunta que si bien se mira podría haber solventado razonablemente sin necesidad de exponerme tanto realizando semejante confesión.
El suicidio se oculta como un baldón tremebundo que sería preferible no sacar nunca a colación. Por nada del mundo las familias que tienen antepasados que se han quitado la vida o lo han intentado dan cuenta de una afrenta semejante de buena gana, si acaso se limitan a mencionarlo con eufemismos, suponiendo que deban hacer referencia al hecho en cuestión por motivos poderosos que lo recomienden encarecidamente o lo hagan muy necesario, pero mucho mucho. Tienden a esconder un hecho así y lo toman como una deshonra espantosa que hubiera caído como una plaga bíblica sobre toda la estirpe, a la que creerán maldita, o así lo sentirán. Sin embargo, es fácil que las personas que fracasaron cuando intentaron suicidarse lo cuenten con cierto orgullo, quién sabe si porque aprendieron una lección imborrable o porque llegar a ese punto que tendría que haber sido de no retorno y volver, los convierte en héroes de sí mismos y por tanto se saben vencedores de sus circunstancias. O porque habiéndose hallado en el lugar tan bajo al que se precipitaron entendieron que no se puede caer más y no tienen reparo alguno en relatarlo ni vergüenza que los contenga en compartirlo, más bien al contrario, ¿para servir de ejemplo? ¿Para decirse en voz alta que tropezaron y sin embargo se levantaron y además siguieron adelante a pesar de todo?
Lo más sorprendente es que no era amigo mío, ni siquiera conocido, pero se lo dije, a sabiendas de que en esa confesión habría demasiados indicios sobre mi personalidad. No me gusta que la gente disponga de muchos datos sobre mí que me hagan transparente o cuanto menos previsible para los demás. Y ahora él sabe sobre mí muchas más cosas de las que sabe nadie. Aún le quedan muchas cosas por saber, es cierto, pero lo que ya sabe es mucho más de lo que ha sabido casi nadie en todos los años que ya dura mi vida, muchos más de los que imaginé cuando me sentía extranjera de este mundo que se me ha hecho tan cuesta arriba desde que tengo memoria para recordarme transitando por él como una paria si más arraigo que mi propia sombra.
¿Por qué no me gusta que la gente sepa demasiadas cosas sobre mí? Creo que porque doy demasiadas pistas sobre mis debilidades y a la larga me acaban haciendo daño. El daño que me hacen, algunas veces es por omisión. Parezco transparente; no me gusta parecer transparente. Ser transparente equivale a ser testigo de escenas en las que no tomas parte, sólo contemplas desde una distancia razonable ciertos hechos que te conectan con la vida, o cortan de cuajo un lazo que es invisible; si no estás, si no se cuenta contigo, el lazo es innecesario, y así se convierte una persona en transparente y por tanto irrelevante para los demás.
No estoy segura de querer que él sepa más cosas de las que ya sabe. Por otro lado, si no sabe sobre mí todo lo que es preciso que sepa, quizá no pueda ayudarme. Aún así, no sé si podrá ayudarme, aunque llegue a saber de mí todo lo que sea posible saber. Se cuentan historias que nacen sesgadas porque son la consecuencia de otras historias que las precedieron, por tanto es falso lo que se cuenta, o está incompleto. Alguien vierte una ofensa sobre alguien y no puede saberse si está motivada por una venganza o nació espontáneamente: con el único fin de hacer daño por el mero hecho de hacerlo."
(¿Sabré traducir las palabras manuscritas que se apretujan en las folios que llenan la carpeta roja que encontré en Cruces hace unos cuantos meses, y que no sé si estaba perdida o abandonada, o dejada para que el azar determinara su destino?)
jueves, 12 de julio de 2012
Sin vergüenza
Si no hubiera tirado a la basura los suplementos color salmón de los periódicos durante tanto tiempo, seguramente ahora sabría por qué pasa lo que está pasando. Es igual, ya no tiene remedio, pero sí sé, y eso no se estudia en ninguna escuela y no se lee en ningún suplemento dominical, que la palabra dada tiene un valor, y la honradez se mide por el grado de compromiso que se tenga, y eso está por encima de la economía y de las dificultades para sortear laberínticos vericuetos financieros. Así que no entiendo por qué un señor hace hoy (en realidad lo hizo ayer) lo que había dicho que no haría jamás y se queda tan campante, queriendo decir que me importa un pimiento si está campante o no, y sí que se queda; porque el tipo tira por la calle del medio, desquicia a todo un país y se queda, esto es, permanece en su puesto, como si tal cosa. ¿Los mercados internacionales, los mandamases económicos del cotarro económico, tienen la culpa de todo? ¿Y el tipo este no tiene culpa alguna? Pues quizá no tenga culpa alguna en los desmanes cometidos por quienes hayan abusado de su posición privilegiada para enturbiar el mundo financiero (pues esta ha sido la gran jugada que nos ha pillado a todos con el pie cambiado, y no otra), pero sí la tiene en el hecho de mentir y medrar falseando sus capacidades, y eso ya sería un motivo más que suficiente para que se decidiera a llevar a cabo un acto de valentía. Sí, medrar, porque lo suyo fue una escalada en toda regla a costa de ocultar lo que pensaba hacer y en ningún momento reconoció, y si sabía ya lo que había que hacer y a qué habría de enfrentarse (¡qué iluso, el pobre!) aún resulta más infame su comportamiento.
No se trata solamente de su grado de responsabilidad, sino de su grado de ineptitud manifiesta. ¿No eres culpable? Vale. ¿No sabes cómo arreglar el entuerto? Vale. Pero entonces sé valiente y admítelo, no sigas empecinado en mantener tu puesto y además actuar como un mártir a quien mandan a la hoguera para purgar los desatinos de otros. Porque no sabes qué hacer ¿verdad? Admítelo, sé valiente y acepta que no tienes ni idea. Entonces ¿qué haces todavía cobrando una fortuna por hacer un trabajo para el que no estás capacitado? ¿Puedes dormir por las noches, sabiendo el tamaño del sacrificio a que estás obligando a tantas personas que se han encontrado con situaciones de las que no son culpables y por tanto no saben cómo sortear?
Me asombra el grado de cinismo que tiene el tipo éste, recortando y recortando derechos que habían costado tantísimos años de lucha y esfuerzo. Y más aún me asombra la cara tan dura que demuestra, presentándose como una víctima de las circunstancias, cuando a nadie se obliga a postularse como presidente de un gobierno, siendo que en Democracia se debería optar a ocupar ese cargo sólo cuando se tienen capacidades para desempeñarlo, más allá de saber esquivar los mordiscos de las hienas que se tienen cerca cuando se llega a las alturas en política.
La vergüenza que me produce ver al Presidente del Gobierno de España haciendo semejante papelón ante los jerifaltes de la Cosa Europea, a costa de someter a las personas a un grado de sacrificio que raya el estoicismo, es superior a la pena que me causan los derechos humanos pisoteados sin miramientos en aras de cuadrar las cuentas que no sé quién descuadraría, pero las personas que ahora sufren las consecuencias no, desde luego.
Por cierto, ¿sabrá el tipo este que los funcionarios son la base de un país, más allá de ciertos privilegios (que se habrán ganado de alguna manera, digo yo) que ostenten? Sí, son la base del país, el entramado social que educa a nuestros hijos y los cura y les ordena la vida y los protege, además de apagar incendios o barrer calles, pero dudo mucho que alguien tan obtuso tenga en la cabeza algo que vaya más allá del hecho de salir airoso de las reuniones de la Cosa Europea, donde su máxima preocupación debe ser que no lo retraten con la cara de soplagaitas en permanente fuera de juego.
No se trata solamente de su grado de responsabilidad, sino de su grado de ineptitud manifiesta. ¿No eres culpable? Vale. ¿No sabes cómo arreglar el entuerto? Vale. Pero entonces sé valiente y admítelo, no sigas empecinado en mantener tu puesto y además actuar como un mártir a quien mandan a la hoguera para purgar los desatinos de otros. Porque no sabes qué hacer ¿verdad? Admítelo, sé valiente y acepta que no tienes ni idea. Entonces ¿qué haces todavía cobrando una fortuna por hacer un trabajo para el que no estás capacitado? ¿Puedes dormir por las noches, sabiendo el tamaño del sacrificio a que estás obligando a tantas personas que se han encontrado con situaciones de las que no son culpables y por tanto no saben cómo sortear?
Me asombra el grado de cinismo que tiene el tipo éste, recortando y recortando derechos que habían costado tantísimos años de lucha y esfuerzo. Y más aún me asombra la cara tan dura que demuestra, presentándose como una víctima de las circunstancias, cuando a nadie se obliga a postularse como presidente de un gobierno, siendo que en Democracia se debería optar a ocupar ese cargo sólo cuando se tienen capacidades para desempeñarlo, más allá de saber esquivar los mordiscos de las hienas que se tienen cerca cuando se llega a las alturas en política.
La vergüenza que me produce ver al Presidente del Gobierno de España haciendo semejante papelón ante los jerifaltes de la Cosa Europea, a costa de someter a las personas a un grado de sacrificio que raya el estoicismo, es superior a la pena que me causan los derechos humanos pisoteados sin miramientos en aras de cuadrar las cuentas que no sé quién descuadraría, pero las personas que ahora sufren las consecuencias no, desde luego.
Por cierto, ¿sabrá el tipo este que los funcionarios son la base de un país, más allá de ciertos privilegios (que se habrán ganado de alguna manera, digo yo) que ostenten? Sí, son la base del país, el entramado social que educa a nuestros hijos y los cura y les ordena la vida y los protege, además de apagar incendios o barrer calles, pero dudo mucho que alguien tan obtuso tenga en la cabeza algo que vaya más allá del hecho de salir airoso de las reuniones de la Cosa Europea, donde su máxima preocupación debe ser que no lo retraten con la cara de soplagaitas en permanente fuera de juego.
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