lunes, 13 de junio de 2016

No volveré a esperar nada de nadie







Somos deudores de los libros que leemos, de las miradas que cruzamos un día con alguien con quien probablemente no volveremos a cruzarnos más, o es bastante improbable que lo hagamos, pero se quedan con una tenacidad que no me molesta en absoluto reconocer; más bien al contrario, me gusta saber que sigo siendo porosa a la vida que merece la pena contarse y compartir. ¿Y cómo no, si cuando leí este poema me lo quedé en propiedad, y casi me lo aprendí de inmediato, yo, que ya no tengo apenas memoria? Y es preferible que casi no tenga ya memoria, con tanto como se recuerda y sería preferible olvidar.




    "No volveré a esperar nada de nadie"

Aquella mujer escribió en su diario:
«No volveré a esperar nada de nadie.
No volveré a defenderme si me atacan,
dejaré que se les pase la ira,
luego aclararé lo que tenga que aclararles.
No volveré a hablar a quien no quiere oírme,
a explicar a quien no va a entender mis razones
por más claras que quiera explicarlas».

Lo leyó despacio para entender ella misma
lo que sus entrañas le habían dictado.

«No volveré a esperar nada de nadie»,
escribió de nuevo para no olvidarlo.

Y después de volverlo a leer,
cerró su cuaderno,
luego se marchó a pasear a la plaza,
a acercarse a la fuente,
a mirar cómo saltaba el agua,
a esperar que pasara la tarde,
a saludar a la noche
cuando la noche llegara.


"Lo que la luz hace con el día", de Paz Martín-Pozuelo

martes, 7 de junio de 2016

Queridos desertores



Nadie dijo que sería fácil, ¿alguna vez lo fue algo que valiera la pena? Fácil, fácil, como si el significado de la palabra abarcara su intencionalidad. Fácil; como si el hecho de poder traducirse o interpretarse por la comodidad con que se logra algo, por la docilidad con que se da algo que se persigue con ahínco fuera en realidad accesible.
Se vuelve de pronto todo aquello que transcurría apaciblemente, como un torbellino que tropieza con los pensamientos, con las intenciones.
Se vuelve todo del revés con tanta facilidad. Aquí está otra vez, la alusión a la facilidad con que se mira casi todo y se cataloga cuanto nos vamos encontrando, que al estar ahí, al paso, parece puesto intencionadamente, como por accidente, con esa facilidad que acabamos por despreciar.
¿Por eso desertan tantas personas, que dejan de valorar, de apoyar, de acompañar? Se cansan, como si dijéramos. 
Queridos desertores: ¿lo hacéis por eso, porque no entendéis, porque carecéis de paciencia, porque estáis tan contaminados con la cosas fáciles, con los objetivos accesibles que ya no acertáis a entender que las cosas más difíciles, más escondidas, son las que de verdad vale la pena encontrar?



viernes, 6 de mayo de 2016

Me lo dicen y no lo creo











Me dicen que te vas, que ya no puedes más, que has llegado al límite de tus fuerzas. 
Me dicen que no soportas el poco respeto que inspira aquello que tú veneras como a un ídolo incontestable y que debería reinar sobre las almas de las personas con más autoridad que cualquier santón. 
Me dicen que te has cansado de pelear contra molinos de viento, de confundir caballos con princesas y norias con castillos, y de enredar las verdades de tu fantasía con las marrullerías de la realidad.
Me lo dicen y no me lo creo. No me creo que puedas desoír las voces que te susurran para pedirte que cuentes lo que te dicen; te lo piden a ti, claro, porque tú las escuchas, y tú entiendes los galimatías que te plantean, y hasta los ordenas en historias que parecen más verdad que la verdad misma.
Por eso no me lo creo. No me creo que te dejes vencer por sinvergüenzas y trileros que sólo ven negocios donde deberían ver la sal de la vida. 
¿Qué dirían tus heroínas de cabellos encendidos, si las abandonaras? Se quedarían mudas, sordas, detenidas en los lugares que les designaran los bienpensantes, y no tendrían quien las guiara por esos mundos de este y otros universos, en pos de aventuras encaminadas a enderezar entuertos. Y son tan necesarias las personas que tienen la facultad de empujar, incitar, alentar, que es un pecado de lesa humanidad cuando alguna se rinde.
Me dicen que te has cansado de ver encumbradas tantas mamarrachadas que ya no te caben más en las retinas.
Me dicen... pero son precisamente quienes tanto me dicen, los que no entienden que tienes razón; no saben que quizá obras bien queriéndote marchar a otro mundo más próximo a tu alma. 
Y yo, que te entiendo tan bien, sólo tengo una pregunta que hacerte: ¿Puedo marcharme contigo?
   





lunes, 4 de abril de 2016

Una buena novela, según Virginia Woolf




Cada persona tiene una opinión propia acerca de las novelas y la calidad que se les debe exigir. Las emociones son particulares e intransferibles, así que no hay una lógica ni una regla ni una medida ni un molde al que acomodar los textos que trascienden los convencionalismos o los transitan con una fidelidad relativa o absoluta.

Es, pues, una cuestión de criterio personal, casi una necesidad vital de hallar algo que colme el deseo con que se afronta cada nueva lectura (se da por supuesto que las relecturas ya han pasado la criba y se han quedado como compañeras eternas del lector que volverá a ellas una y otra vez) y reconocer en el escritor un poco de lo que quisiéramos contar si supiéramos, si pudiéramos, si nos fuera dada la capacidad de ser lo que querríamos ser.
«Meter el cuchillo entre las junturas del cuero con el que la mayoría de nosotros estamos recubiertos», sí.  

“¿Qué es una buena novela?”, Virginia Woolf


Virginia Woolf
Una buena novela es cualquier novela que le hace a uno pensar o sentir. Tiene que meter el cuchillo entre junturas del cuero con el que la mayoría de nosotros estamos recubiertos. Tiene que ponernos quizás incómodos y ciertamente alerta. El sentimiento que nos produce no tiene que ser puramente dramático y por tanto propenso a desaparecer en cuanto sabemos cómo termina la historia. Tiene que ser un sentimiento duradero, sobre asuntos que nos importan de una forma u otra. Una buena novela no necesita tener trama; no necesita tener final feliz; no necesita tratar sobre gente simpática o respetable; no necesita ser lo más mínimo como la vida tal como la conocemos. Pero tiene que representar alguna convicción por parte del escritor. Tiene que estar escrita de modo que transmita la idea del escritor, ya sea simple o compleja, tan fielmente como sea posible. No tiene que repetir aquello que es falso o trillado simplemente porque al público le resulta fácil mascullar una y otra vez sobre lo falso y lo trillado.
Todo esto se refiere a las novelas escritas en el pasado. Es imposible estar seguro de cuáles serán las características de una buena novela en el futuro. Las novelas contemporáneas nos sorprenden a menudo por ser muy distintas de aquello que hemos aprendido a admirar y crean una belleza que, al ser tan distinta de la antigua, resulta mucho más difícil de apreciar. Pero lo contrario también es cierto; algunas de las mejores novelas también se han hecho inmediatamente populares y del todo fáciles de entender. El único método seguro de decidir si una novela es buena o mala es simplemente observar nuestras propias sensaciones al llegar a la última página. Si nos sentimos vivos, frescos y llenos de ideas, entonces es buena; si quedamos hartos, indiferentes y con poca vitalidad, entonces es mala. Pero estar seguro de lo buena que es una novela y el tipo de virtud que tiene resulta extremadamente difícil. El mejor método es leer lo antiguo y lo nuevo uno al lado del otro, compararlos y así desarrollar poco a poco un criterio propio.
Virginia Woolf
“¿Qué es una buena novela?”, 1924
Foto: Virginia Woolf por Leonard Woo

jueves, 3 de marzo de 2016

¡El horror! ¡El horror!




¡El horror! ¡El horror!

¿Qué horror? ¿Dónde está el horror? ¿Quién sabe qué es el horror, y qué encierra? ¿De qué hablamos cuando hablamos de horror?
El lugar más apacible, la estampa más idílica, la normalidad más cotidiana pueden convertirse, a veces, en desasosiego o inquietud o incertidumbre.  
¿El conocimiento es tal vez una clase de horror; acaso lo sea el desconocimiento, o se trata sobre todo del vacío, del terror a la nada, de la insondable vacuidad que nos habita y nos aterra cuando nos miramos y nos cuesta tanto esfuerzo tener que ver tanto para al final ver tan poco?
Todo es un horror. La existencia del horror, o el horror de la existencia.
La nada que atenaza y engulle. El conocimiento de la nada. Conocer la nada; ¿hay mayor contrasentido? Contrasentido, sí: uno cree conocer lo que no puede conocer; o lo quiere conocer para saber que lo conoce, o decirlo, sólo, y que lo otros sepan que uno sabe.
Kurtz y el horror, su horror. Kurtz se refería a su propio horror, a su particular infierno feliz, lúcido, revelador como un holograma de sus pensamientos. ¿Y mi horror, que desconozco?
O es el desconocimiento (no digo la ignorancia), el verdadero horror; o el conocimiento que de pronto se viene encima y uno no sabe muy bien cómo administrar, qué uso darle, para qué; el horror de ver lo imposible en el negatoscopio.






miércoles, 3 de febrero de 2016

La lógica del Diablo








Lo digo como me lo dijo, sin poner ni quitar nada: «El Diablo es más lógico, más razonable. El Diablo tiene sentido y sabe a dónde va. Dios, en cambio, es un simplón que piensa que todo irá bien si debe ir bien, pero no explica cómo puede ir bien aquello que debe ir bien, y lo deja todo al dichoso albedrío que envuelve en una pátina de tontuna que acaba por confundir a los humanos y los hace agarrarse a la paciencia, a la resignación cristiana, al advenimiento de lo que sea que vendrá cuando a Él le dé la gana que venga, si se la da, que esa es otra: como tiene toda la eternidad por delante, juega con la paciencia de sus criaturas de manera cruel e innecesaria; es lo que tiene ser todopoderoso y controlar el Universo a su antojo, que se deja de prestar atención a las pobres criaturas cuya existencia es finita, y se piensa en términos de grandeza ilimitada en todos los casos.
»El Diablo, sin embargo, camina despacio, siguiendo los pasos de los humanos, que son cortos, indecisos muchas veces, dubitativos las más; y cómo no van ser cortos, indecisos y dubitativos, si casi nunca saben a dónde van, y cuando creen saberlo aún dudan en algún momento, y entonces quieren rectificar, pero sin dar su brazo a torcer, de ahí los titubeos que el Diablo ve de lejos, por eso decide seguirlos, para alentar su caminar penoso, para apoyarlos con un empujoncito si hace falta».
Así me lo dijo; y que seguiría diciéndome más si hacía falta.







  

martes, 12 de enero de 2016

Puta y santa; anverso o reverso.




La seductora, la arrebatadora, la encantadora, la embaucadora, la meretriz de alto copete o la hechicera que los hombres buscan en los poemas y echan de menos en las tristes vidas que acaso quisieran más trepidantes, con más emociones y menos monotonía.
La luna inalcanzable, el sol incandescente que sólo Ícaro ha visto de cerca (eso dicen). La selva impenetrable, el camino impracticable, el río manso con remolinos ocultos y corrientes traicioneras; la inmensidad de un océano insondable; la cara de la montaña que cae a pico y no tiene aristas o salientes a los que asirse para escalarla.
La vida árida, triste e invivible de los desesperados y aburridos, cobardes reacios a dejarse ir a tiempo, antes de empezar a pudrirse y heder a derrota; la muerte esquiva que burla la razón y se cuela por grietas que van a dar a cuerpos sanos y vigorosos: un impacto brutal, una puñalada trapera, la mala índole del vecino que te quiere mal; la lógica de la muerte, en cambio, que se resiste a largarse cargando el alma del enfermo terminal, del anciano abatido, del joven desesperado que se ha perdido en el laberinto y a falta de la puerta de salida que no acierta a ver sueña con un abismo que se lo trague y lo haga desaparecer y al fin descansar.
La puta y la santa, que se encuentran algunas veces y se miran con envidia: la una ansiando dormir toda una noche de un tirón, sin interrupciones o impertinencias, y la otra armándose de valor para escabullirse de mil amores de su lecho cómodo y confortable para probar las turbulencias de las pulsiones desconocidas.
El anverso de un alma tenebrosa que clama por la luz del día para ahuyentar los fantasmas.



   https://riochico.wordpress.com/  Para leer un par de páginas.

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2015/04/04/paisvasco/1428173536_672394.html   Un breve apunte en El País.

https://www.elcorteingles.es/libros/autores/begona-abraldes-parrado   En El Corte Inglés.

http://www.eitb.eus/es/radio/radio-euskadi/programas/iflandia/audios/detalle/3082552/la-escritora-begona-abraldes-el-ano-niebla/   En Iflandia, el espacio de EITB

http://viajandoatravesdelespejo.blogspot.com.es/2015/10/recomendacionsemanal-por-ni-un-dia-sin.html  Recomendación basada en la recomendación de MM Ovejero.



http://www.comprarlibrosde.com/libros-de_Bego%C3%B1a%20Abraldes%20Parrado  Temporalmente agotado, dice, pero ya se puede pedir


http://www.casadellibro.com/busqueda-libros?spellcheck=1&busqueda=bego%C3%B1a%20abraldes%20parrado%20el%20a%C3%B1o%20de%20niebla&condicion=-1&autor=|2|bego%C3%B1a%20abraldes%20parrado|0|&idtipoproducto=1&nivel=5  En La Casa del LIbro

http://lapizandante.blogspot.com.es/2015/04/begona-abraldes-recuerdos-con-profunda.html  Lápiz andante también me dedica un espacio basado en El País.

http://clubesakaba.blogspot.com.es/2014/03/siempre-encuentro-lo-que-quiero-por.html    NO estoy muy cómoda, pero es una experiencia.

http://niundiasinlibros.blogspot.com.es/2015/03/titulo-el-ano-de-la-niebla.html   Maravillosa MM Ovejero

http://www.agapea.com/libros/El-ano-de-la-niebla-9788494459528-i.htm   Otra forma de adquirirlo.