viernes, 14 de junio de 2013

El espíritu de la contradicción

¿Cómo será eso de alejarse para pensar, imaginar, suponer... y a la vez seguir la corriente para no sentirse el espíritu de la contradicción?


"Por primera vez le sugiero recurrir a la medicación para alcanzar la tranquilidad que me proporcionarían los sedantes, para dormir durante mucho tiempo sin pensamientos molestos que me bullen en el cerebro y me angustian. Estoy muy cansada, mucho. Me duele el corazón, que parece no hallar acomodo en el pecho, y percibo hasta tal punto el peso real del alma (21 gramos, dicen que pesa, pero a mí me parece que pesa mucho más) que algunas veces temo no poder resistirlo. Es como el peso de la vida, que se me hace insoportable. Él dice que si me durmiera o simplemente me aturdiera o me alelara, los problemas seguirían estando ahí al regresar del sueño o letargo. “Cuando despertó, el dinosaurio seguía ahí”. Tiene razón, lo sé, pero me gustaría descansar. Me figuro que al dormir dejaría de pensar, ¿y así sólo soñaría?, si es que me daba por soñar. Ya ni siquiera sueño, hasta ese extremo se me apagan los sentidos. Quizá es que no recuerdo los sueños. Ahora tengo sólo visiones, esas visiones tan extrañas y aleatorias, siempre inesperadas, que se me quedan impregnadas como sueños esquivos en alguna esquina de la memoria que guarda sensaciones que parecen destinadas a no contarse jamás, o no contarse adecuadamente. Sería un consuelo, después de todo, poder contar coherentemente las escenas que se suceden en esas visiones que son como recuerdos de otra vida, retazos que se me presentan de improviso para que no me olvide de las cosas que quizá me hirieron y por eso las he arrinconado, y por eso ellas (las cosas) quieren salir, tanto si quiero como si no quiero.


 '¿Seré como los seres humanos normales y corrientes, esos que necesitan pertenecer a algo, a un colectivo social, a una manada? A lo que sea, da igual, lo que importa es pertenecer. ¿Seré, después de todo, tan normal como para necesitar sentirme de un lugar, de un clan, de una familia, de un grupo social? El dolor por no ser aceptada quizá me hace creer que no quiero estar integrada en ningún lugar identificable, y lo que no he encontrado (quizá) es mi lugar en el mundo.
  'Sí, necesito mirar a mi alrededor y ver personas arropándome, sintiendo su calor. Él dice que los seres humanos tienen comportamientos sociales, sean como sean en su individualidad. Yo le digo que esa dependencia me incomoda, me descoloca. Sobre todo cuando está la familia por el medio. Quiero que mi familia me quiera. Quiero querer a mi familia, pero me pierdo en el entramado de códigos que se dan entre personas que deberían tener la costumbre de tratarse y sin embargo carecen de esos códigos porque no los han puesto nunca en práctica. Le digo que no me sale exteriorizar ciertas manifestaciones de cariño, que no sé cómo se hace eso de querer haciéndolo saber además de demostrarlo. Él dice que quizá sólo quiero el concepto de querer, la parte teórica que recomienda querer, pero que en la práctica no lo deseo realmente. Me quedo pensando un rato y llego a la conclusión de que probablemente esté en lo cierto. Me parecen más atractivas ciertas situaciones cuando se contemplan desde lejos y con cierta distancia. Estando lejos puedo pensar, imaginar, suponer… Si estoy demasiado cerca se me descontrolan los sensores y hago o digo cosas que no siento o no quiero, sólo porque hay que hacerlas o decirlas, para seguir la corriente y no causar mala impresión o parecer el espíritu de la contradicción.


  'No soy libre, ando como encerrada o encajonada en sentimientos de culpa y deseos de libertad. Digo que hago lo que quiero, pero no es verdad. Ando siempre demasiado preocupada por lo que pensarán de mí los demás, por lo que dirán, por si me querrán después de haber visto cómo soy y cómo me comporto. Hasta me preocupa el modo que tendrán los demás de quererme. Pero sobre todo me preocupa mi incapacidad para lograr que mis sentimientos sean justa y cabalmente interpretados. Querría que en todo momento quedaran claras para el resto del mundo cada una de mis acciones y el porqué de mis reacciones. Él dice que no pretenda imposibles. Yo le digo que de las utopías puestas en marcha por los ilusos se ha ido haciendo la vida".

sábado, 18 de mayo de 2013

Especies en extinción

Como si alguien pudiera definir con suficiente hondura moral en qué consisten las rarezas, que quizá son peculiaridades que hacen de ciertas personas especies en extinción dignas de proteger o ahijar.

  "Me animo a preguntarle por mis rarezas, las que él vea y perciba. Si soy rara es normal que la gente me eluda. La gente rehuye de lo que es raro, salvo que alguien haya decidido que ciertas rarezas se conviertan por arte de birlibirloque en peculiaridades, cosa que ocurre cuando se habla de alguien muy popular o muy influyente o muy rico. Él dice que hay que ser como se es, sin pretender ser otra cosa de la que se sea. Yo le digo que no es fácil aceptar que mi soledad tendría remedio con una buena dosis de normalidad. Él dice que la normalidad no garantiza la felicidad. Pregunta, además, qué es eso de la normalidad, si es que existe y puede determinarse.
  'Es muy duro ver la confortable cotidianeidad de los otros desde la distancia. Parece que los otros se instalan en la normalidad sin estridencias. Los seres humanos somos sociables por naturaleza. Yo, en cambio, le digo, hablo sola, incluso cuando voy por la calle. Él dice que no es malo hablar solo, salvo que no exista la consciencia de que está haciéndose. Le digo que quisiera estar dentro de grupos de gente, pero cuando circunstancialmente me he visto dentro me siento triste irremediablemente. Él dice que la realidad se parece poco al ideal que se tiene de cómo han de ser las cosas.
  'Le cuento que cuando será pequeña me costaba mucho estar con otras niñas; yo no les gustaba. Él dice que seguramente ellas tampoco me gustaban a mí. Le digo que no es normal no hacer lo que hacen las personas normales. Él dice que es discutible eso de la normalidad de las personas. Me doy perfecta cuenta de mi obsesión con la normalidad, pero es que creo que hay que ser muy excepcional para no desear lo que tienen todas las personas, que son las cosas normales que proporcionan las vidas normales. Quizá las personas mienten mucho o fingen que son lo que no son o que no son lo que parecen ser, pero también disfrutan mucho (lo parece, al menos) cuando van de compras o acuden a locales de diversión. Le digo que uno contempla ciertos comportamientos y cuesta creer que no extraigan alguna satisfacción de sus actividades, aunque sea ocasionalmente. Él dice que yo obtengo la satisfacción de otras formas. ¿Ah, sí? ¿Lo que yo obtengo de la vida son satisfacciones? Hasta donde me alcanza el recuerdo, casi siempre hay sufrimiento. Casi nada de lo que hago me produce satisfacciones. Él dice que cuando escribo soy feliz, que le he dicho que así disfruto. Sí, tiene razón, pero escribir requiere un estado de ánimo, y hace mucho tiempo que se me ha perdido ese estado de ánimo; algunas veces parece regresar un momento, es cierto, pero súbitamente desaparece como por ensalmo, como una sombra burlona que quisiera esconderse de mí. Cada vez estoy más en el mundo de los mortales (volvemos a la normalidad de las personas), un lugar hostil en el que no me sé desenvolver bien. Ya casi no tengo la posibilidad de regresar al mundo que me es propio, que es en realidad el mundo de los elegidos (¡qué presunción, por Dios, lo sé, pero así lo siento y así me siento cuando todo marcha bien!). Él dice que hay que darle tiempo al tiempo y esperar. Vale, digo, pero cada vez me cuesta más esperar. Quisiera ocupar ya el lugar que me corresponde, que no sé cuál es exactamente, pero sí sé que no es el que ocupo en la actualidad, en un mundo que me es ajeno y adverso, rodeada de personas que igualmente me son adversas, hostiles o sólo indiferentes, y no sé qué es peor, la hostilidad manifiesta o la indiferencia. De la hostilidad puede uno defenderse, de la indiferencia no, porque no puede obligarse a nadie a que le preste atención. Por eso hablo de mi mundo y lo sitúo en un plano elevado, ligeramente aislado del mundo que hay a ras de suelo, en el que no hay apenas personas que me sean afines o gratas, o solamente que se dignen a entenderme con todas mis rarezas o peculiaridades, y que no me juzguen porque no soy como el común de los mortales.       
  'Temo cada pensamiento que me acerca a lo que no quiero ser. Él dice que tener pensamientos y deseos es muy normal. Yo le digo que mis pensamientos son retorcidos. Vuelvo a mis deseos de que alguien muera. Él dice que las fantasías son lógicas. Yo le digo que no me gusta tener ciertas fantasías. Él dice que las fantasías y los deseos no son un problema, siempre y cuando se queden en eso: fantasías y pensamientos. Le pregunto si no es una barbaridad desear ciertas cosas terribles o macabras y me dice que no, que la barbaridad sería pretender la realización de las fantasías. Yo insisto, porque el deseo de que algo irremediable se realice me pone los pelos de punta. Entonces me habla de la moralidad, que es, a su juicio, lo que determina los hechos de las personas. Yo le digo que la moralidad de una persona ya es discutible sólo con que aparezca en esa persona algún deseo avieso o retorcido. Él dice que lo único malo de los deseos es que hagan daño mientras se imaginan. Yo le digo que imaginar ciertos deseos me hace daño. Me hace daño suponer que tengo el corazón herido o trastornado o ambas cosas al tiempo. Él me dice que es mejor evitar esos pensamientos, porque si me hacen daño entonces sí son perjudiciales, pero para mí misma. Yo le digo que si tengo esos deseos es porque tengo necesidad de ser libre. Le digo que quiero que desaparezca la persona que me impide mostrarme como soy y me empequeñece hasta el punto de evitarme hacer cosas que me gustaría hacer, y mostrar sentimientos y emociones que me gustaría mostrar y casi nunca he podido, avergonzada de antemano como estoy por su opinión, siempre desfavorable, que me cohíbe".

viernes, 26 de abril de 2013

Sobrellevarse por este puñetero valle de lágrimas


Si yo fuera ella, no dejaría que nadie me pastoreara. Sí, porque me da la impresión de que busca que la guíen, y si alguien se deja guiar en exceso, me figuro que acabará por terminar dependiendo demasiado de opiniones y actuaciones ajenas. Quizá lo que pretenda, en realidad, es la aprobación, y no tanto la guía, quién sabe, y entonces la entiendo un poco mejor, para sentirse menos sola, menos rara, menos fuera de órbita.


"¿Verdad que es una tontería pedirle a alguien que no se disguste por algo que le disgusta? ¿Verdad que no está bien pretender que los seres humanos seamos máquinas capaces de discernir y dilucidar justamente cuando más confundidos y embarullados estamos? Yo creo que los defectos que tenemos son la cruz de la moneda que representamos, la que en su faz muestra el aspecto luminoso y positivo que todos quisiéramos exhibir. Él dice que tengo razón, que somos vulnerables, falibles y frágiles. Yo le digo que vaya consuelo. Él dice que así son las cosas, y que si fueran de otro modo no estaríamos hablando de emociones y reacciones, sino de algo absolutamente opuesto a la humanidad. Le pregunto por la posibilidad de obtener algún remedio que me consuele y me libere de tanto dolor. Me responde con otra pregunta: ¿es que quiero dejar de ser yo? Pues a lo mejor sí, le digo, a lo mejor quiero dejar de ser yo. A lo mejor el intríngulis está en el hecho de que quiero dejar de ser yo porque no me gusto ni me acepto ni me comprendo ni me veo con capacidad para sobrellevarme indefinidamente por este puñetero valle de lágrimas en el que nos obligan a estar sin comerlo ni beberlo. A lo mejor lo que quiero es ser otra persona más dura, más alegre, más entera, más insensible… Él dice que quizá no vale la pena hacer desaparecer el dolor, ni siquiera mitigarlo. Yo creo también que hay que pasar por todos los estadios del dolor y del desamor para apreciar mejor lo que somos y lo que tenemos, suponiendo, claro, que deseemos seguir adelante con la vida, a pesar de todo. El problema, digo, es que no sé si quiero seguir con esta vida que tengo y no entiendo. No sé si es bueno aceptar que ya que estamos aquí hay que seguir. Es como si un conductor supiera que ha errado el rumbo y continuara haciendo kilómetros y más kilómetros pese a saber que se ha equivocado. ¿No deberíamos tener la posibilidad de dar marcha atrás, volver sobre los pasos equivocados? Y se puede, dice él. Yo no lo creo, pero prefiero no decírselo. Hay veces que me siento muy cansada para expresar sentimientos y además explicarlos o defenderlos.
  'Todavía no sé si es bueno o malo desear la muerte de alguien. Él no suele responderme, se limita a hacerme preguntas que me parecen retóricas. Cuando hablo me escucha con atención. Yo le digo que porque es su deber. Él dice que podría no hacerlo. Yo le digo que es su obligación. Él dice que no, que bastaría con decir que no puede hacer nada por mí.
  'No sé si podrá hacer algo por mí. No sé si me servirá de escape a la sinrazón que me perturba. Le digo que me consuela ser escuchada, pero le oculto que me avergüenza un poco que sepa tantas cosas de mí. Le digo que nadie sabe tantas cosas de mí como él. Él dice que no sabe tantas cosas, en realidad. Creo que sabe que le oculto mis más íntimos dolores. Las personas queremos ser estupendas y contar triunfos y no derrotas. Las personas somos más orgullosas que valientes, y cuando nos lanzamos a llorar en hombros ajenos es porque tenemos la autoestima enterrada miles de metros bajo tierra. Él dice que es una pena que las personas que podrían elevarme la moral reconociendo mis méritos y virtudes no se den cuenta de lo que hay dentro de mí. Le digo que no me importa demasiado estar sola y ejercer además de solitaria. Él dice que me contradigo. Me recuerda las veces que le he dicho cuánto me duele que no me hagan caso. Ya lo sé, y sé también que otras veces le he dicho que prefiero ir a mi aire. Pero no es del todo verdad. No me gusta que algunas veces algunas personas me eviten o me ignoren. Le digo que la gente tiende a ignorarme. Él dice que eso no puede ser del todo cierto. Yo  le digo que está en su papel de hacerme ver (intentarlo, al menos) que no soy tan rara como me veo yo misma y creo que me ven los demás."

¿No somos todos un poco raros, al fin y al cabo?

martes, 2 de abril de 2013

Amar al monstruo



El amor es tan imprevisible como absurdo, por no decir, además, que es irracional. Se ama porque sí, y además de una virtud por lo que de reparador tienen en el alma de quien ama las emociones que quedan impresas, pueden darse sensaciones de culpa, si resulta que uno siente que no ama a quien lo merece, o ama a quien no lo merece, que digo yo que viene a ser lo mismo, ¿o no? 





 "Vuelve a mencionar al monstruo. Yo no quiero hablar de monstruos. Le repito que no conozco monstruos. Me recuerda que le he dicho que sé algo de monstruos. Es una forma de hablar, le digo. Él dice que las formas de hablar quieren decir algo. Tiene razón, fui yo quien mencionó al monstruo. No sé por qué lo hice. No sé por qué digo algunas de las cosas que digo. Me siento muy incómoda en el silencio cuando alguien está pendiente de mis reacciones. No me gusta demasiado hablar, y menos si no he pensado muy bien lo que voy a decir, a no ser que esté en mi casa, con gente que me conoce mucho y además me quiere y me permite rectificar cualquier error o explicar con detalle cualquier cosa que haya dicho y no haya sonado muy bien.
  'Él dice que cuando se tiene muy interiorizada una idea, lo normal es que acabe saliendo en algún momento, venga a cuento o no, se quiera hacer o no, se haya meditado o no.
  'Recuerdo que alguien dijo que era un monstruo. Casi nadie lo conocía demasiado bien. Ver a una persona con frecuencia no garantiza que se tenga un conocimiento acertado de ella. Mi abuela me contó que lo habían visto por la orilla del río molestando a una niña, o persiguiéndola, ya no lo recuerdo muy bien. Yo no me lo creo. La niña dijo que quería hacerle cosas malas. Qué sabría ella lo que son cosas malas. Él dice que qué es eso de qué sabría ella. Le doy la razón, yo no soy nadie con autoridad suficiente como para decidir algo así, y además está en flagrante contradicción con lo que pienso al respecto: si alguien dice que quieren hacerle daño, es seguro que quieren hacérselo. Me pregunta si quería mucho a esa persona. Le digo que sí, muchísimo. Me dice que no siempre se acierta a amar a las personas adecuadas, pero que el hecho de que no sean un dechado de virtudes no significa que no se las deba querer, ni que quien las quiere haga mal en quererlas. Ya, le digo, pero siento que una parte muy importante de mi vida ha sido una farsa, un error, una equivocación. Me dice que mi vida es muy larga, y que en una vida larga no pueden cifrarse en unos pocos años la verdad y la autenticidad que acaben por resultar. Le digo que no estoy de acuerdo porque los pocos años de los que estamos hablando son los años más importantes en la vida de una persona. Él dice que los años más importantes en la vida de una persona son los que queden por vivir. Dice que lo que ha pasado, pasado está, que no tiene solución, pero lo que queda por delante es un reto que ha de afrontarse obligatoriamente".

¿Tanto descolocará saber que se ha errado casi siempre que se ha amado? ¿Por vergüenza? ¿Por el amor propio herido?  

martes, 12 de marzo de 2013

¿De verdad el perdón engrandece?


Me pregunto, leyendo este pasaje que tanto me ha costado armar para que goce de cierto sentido, si el perdón engrandece, o en verdad tiende a humillar más a quien ya se siente humillado y por tanto disminuído.


 "Y otra vez hice circunloquios y justifiqué me deseo, tratando de exculparme, a pesar de que él ya lo había hecho y además mucho mejor que yo. Me sentí mal, a pesar de todo. No sé cómo puede alguien exculparse de un mero deseo, aunque sea un deseo semejante, o quizá, precisamente, por tratarse de un deseo semejante. El deseo de las personas es íntimo, las más de las veces secreto, tanto, que solemos negarlo, o al menos no confesarlo en voz alta. No quiero ser un monstruo que se consume entre pensamientos dañinos, por más que no vayan a llevarse a la práctica. Yo sé algo de monstruos. Yo no quiero ser un monstruo. No quiero que nadie diga que soy un monstruo. Él me pregunta quién es un monstruo. Yo le digo que no conozco a ningún monstruo, que sólo es una manera de hablar. No quiero calificar a nadie sólo porque pensó o creyó que una persona tenía un comportamiento equivocado y por eso la atormentó. Él quiere saber qué es un comportamiento equivocado, según mi parecer. Yo le digo que mi parecer no es significativo, que soy muy compasiva y no calibro bien (no lo hacía antes, el “antes” del que datan estos recuerdos que traigo al presente obligada por mis desajustes) la verdadera naturaleza de las personas, casi siempre mejores a la luz de mis ojos miopes que a la luz del sol. Algunos dirían que no sólo soy compasiva y comprensiva, sino complaciente y hasta permisiva, si explicara a quién trato de comprender y exculpar y además compadezco. Me gusta ponerme en el lugar de las personas que hacen cosas que seguramente haría yo también según se dieran una serie de circunstancias que no puedo ni quiero enjuiciar si no me he visto en la situación en que se vieron ellas. Me gusta ese proverbio o frase o sentencia o lo que sea: “No juzgues a nadie si antes no has caminado un buen trecho del camino calzando sus mocasines”, o algo así. Las personas disponemos de un albedrío que no sabemos utilizar siempre. No es fácil salir por primera vez a la calle sin compañía (la madre, el padre, algún familar…) y comportarse como es debido. Él quiere saber qué es comportarse como es debido. Pues qué va a ser comportarse como es debido, comportarse como es debido es comportarse como tiene que comportarse uno, que es como mandan las normas sociales y culturales que debe hacerse. Supongo que para no desentonar de la manada.
  Me estoy escuchando hablar y no me reconozco en casi nada de lo que digo. Él dice que cuando se dicen cosas es porque se piensan. Sí, admito, pero se piensan porque se ha reparado en ellas (se ha meditado sobre ellas, mucho o poco, eso no importa tanto), aunque no se esté completamente de acuerdo con ellas. Él me pregunta si estoy queriendo llegar a ese momento que viene a resumir lo que se acaba por ser de tanto pensar de un modo determinado. Le explico que si no me reconozco es porque son conclusiones a las que no he llegado por mí misma. Él quiere saber quién me ha inculcado tantas cosas con las que no estoy de acuerdo, de las que reniego y en ocasiones hasta me avergüenzan, y sin embargo tengo tan presentes. Qué bobadas pregunta a veces este hombre, Dios mío, pues quién va a ser: mi madre, mi abuela, mis tías… Demasiada gente, opina. Los niños deben tener una guía de la que no han de desviarse. Yo le digo que mis guías han sido varias. Por las circunstancias, claro. ¿Qué circunstancias?, pregunta. Pues cuáles van a ser, las que hicieron que no me criara con mis padres. Quizá no recuerda ya que al principio de todo le dije que me criaron unos tíos, o acaso pretende que vuelva a contárselo, para saber si miento o he mentido o me equivoco o fantaseo o simplemente exagero. Le digo que tengo muchos puntos de vista, muchas referencias, muchas normas de esas que son inamovibles, propias de cada familia, sólo que mi familia no es una, sino dos. Él dice que no hacen falta tantas referencias, tantos puntos de vista, tantas normas. Dice que demasiadas órdenes embarullan y confunden las más de las veces. Yo añado que, además, se tienen más miedos. Él me pregunta a qué. Pues a qué va a ser, a fallar, a defraudar. Cuantas más referencias y más obligaciones, más responsabilidades y mayores deseos de agradar a como dé lugar.
  No sé por qué se empeña en dejarme limpia de culpas, Le digo que yo no actúo siempre bien, que me equivoco, que defraudo a la gente. Me pregunta si a mí no me defraudan y dañan. Le digo que sí. Me dice que no está bien que asuma tan dócilmente el daño que me hacen. Me dice que nadie tiene derecho a hacerme daño. Yo le digo que entiendo las equivocaciones que comete la gente, mi gente, y que no son intencionadas, o no siempre, al menos, por eso las entiendo y por eso tiendo a perdonarlas".

jueves, 21 de febrero de 2013

Donde todo empezó.



He aprendido a justificar cada debilidad que me encuentro en el camino, venga de quien venga; ser débil es más normal que ser fuerte, porque es más fácil: esconderse cuando se escucha un estruendo es más sencillo que salir al encuentro de lo ignorado.

'Las personas que más me querían cuando era niña están muertas, lo cual es una gran putada. Tener que echar siempre la vista (la memoria, más bien) atrás para sentirme bien es una gran putada. Él dice que también ahora hay gente que me quiere, así que no tengo por qué echar siempre la vista, o la memoria, atrás. Yo digo si será porque todo es siempre lo que ha sido en el principio, aunque pase el tiempo, que uno es la continuación de lo que empezó a hacerse y a fraguarse en algún momento, el resultado o consecuencia de una evolución. Quizás, admite. Le digo que no me basta con la gente que me quiere, que a mis ojos nunca son bastantes ni me quieren suficiente. Él dice que hay que apreciar lo que se tiene y recrearse en lo que está bien. Yo le digo que lo hago, apreciarlo, pero que parece pesar más (todavía) la antipatía, la rabia, la falta de cariño, los desprecios. Le digo, además, que no me puedo liberar de esos sentimientos negativos que me lastran irremediablemente. Incluso me planteo hacerle una pregunta que me parece durísima de formular. Es fácil convenir que si tan dura es, mejor sería ni plantearla siquiera, pero no puede mentirse a sí mismo quien quiere llegar al fondo de su ser, allí donde se cuece lo que es y lo que piensa y lo que siente y lo que opina… Allí donde todo empezó. Así que me quedo pensando si debo consultarle acerca de un deseo que tengo, que me parece terrible y liberador al mismo tiempo. Me pregunto por dentro, todavía para mí y por tanto aún sin palabras, si puede una persona de bien desear la muerte de otra persona, pero no desear su muerte para hacerle daño o eliminarla por motivos oscuros o aviesos. No sé cómo se explica que alguien quiera quitar del medio (que se quite, o más bien se aparte, por tanto sin intervenir necesariamente, mejor si es accidental, y aún mejor si es tan natural como el desarrollo de la vida) a alguien a quien no se le desea un mal objetivo o concreto. Las palabras que suenan en mi pensamiento no terminan de redondear lo que en verdad quiero decir. Es que no se trata de esa persona, sino de mí y mi beneficio, pero no un beneficio social o económico, por ejemplo, sino de otra clase, mucho más importante y necesario, tanto como que mi salud mental y mi equilibrio emocional dependen de ello. Es desear que se aparte del camino un escollo que no me deja prosperar. Es desear que el árbol retorcido que interrumpe la circulación desaparezca de la carretera, aunque duela mucho dejar de verlo por su belleza, por su tronco sólido, sus ramas frondosas. Se puede rodear al árbol, podrá decirse, si es tan hermoso y cuesta tanto sacrificarlo, pero resulta que no hay otra solución: es talar el árbol, matarlo, eliminarlo o detenerse delante y quedarse allí languideciendo indefinidamente porque su presencia no permite el paso y por tanto el avance.
  ¿Quién le gustaría que muriera?, me pregunta al fin, cuando yo consigo articular algunas palabras que de algún modo dan a entender todos esos pensamientos que he elaborado en mi interior, mucho más sólidos cuando aún no habían abordado esa atrocidad que me rondaba por la cabeza.
  Me preguntó quién quería que muriese y me quedé callada, como pillada in fraganti en una falta terrible e inconfesable capaz de definir por sí misma la naturaleza de una persona que de pronto se reconoce y no quiere reconocerse porque no le gusta lo que ve, y mucho menos quiere que nadie más la reconozca. Yo no podía decir en voz alta quién quería que muriera. Él me alentó e incitó, justificando que lo que uno piensa es liberador, en absoluto un delito y ni siquiera una falta, sino un deseo que no está reñido con la normalidad de quien lo desea; que no se trata de una necesidad de que se haga realidad aquello que se piensa, sino simplemente una fantasía que se expresa y no va más allá del pensamiento, pero que define alguna clase de tormento que se esté viviendo. Entonces me sentí aliviada, no sé si también perdonada y liberada, así que se lo dije, al fin...'


  Se lo dijo, en efecto, pero yo no estoy autorizada para ir tan lejos en las revelaciones cuyos pasajes me asustan algunas veces y me hacen pensar en la conveniencia de seguir exponiéndolas o encerrarlas en su "Carpeta roja" para siempre jamás.

viernes, 8 de febrero de 2013

Crecer en el rencor





Repasando "La carpeta roja" me he encontrado con un ejemplo de cómo el amor y el desamor pueden componer y sustentar una manera de ser y perpetuarla en el tiempo hasta hacerla crónica e inmarcesible.

"Le hablo de las amistades o simples “conocimientos” que se alejan al cabo del tiempo, que degeneran inexplicablemente o se enfrían sin remedio. Le digo que el primer encuentro desenvuelto que suele darse al principio de todo, cuando todo está por saberse y además parece tan fácil decírselo todo, que es tan acogedor e invita a seguir, se desvanece muy pronto, y que entonces aumenta la distancia. El desgaste, la huída de las personas que dejan de ser empáticas y cercanas, ¿qué ven (en mí)? ¿Qué dejan de ver? Quizá se trata de una combinación de ambas posibilidades: lo visto o sólo vislumbrado, y lo supuesto que no se ve ni se vislumbra pero que parece tan presente como si estuviera ahí mismo. Me aventuro más: ¿verán, quizá, mi infelicidad constante, mi insatisfacción, que parece contagiosa, mi descontento casi con todo y con casi todos? Entonces él dice: pero si lo que más aprecia usted es la soledad, que la dejen tranquila; y yo: claro, pero algunas veces tengo remansos de una cierta felicidad, de una casi alegría, y me gustaría acercarme entonces a las personas que tengo más a mano, aunque sólo sea para hacerles saber que mi melancolía no es perenne, pero las reacciones de esas personas son de un desagrado tan patente que me tengo que volver de vacío al refugio de mi caparazón. Después de todo, le digo cuando veo su mirada de tristeza, casi como si se conmoviera con mi infelicidad, se trata de un dolor más de los muchos dolores que se añaden a mi corazón.
  'Cuando los cimientos de una casa están mal puestos, lo normal es que la construcción se resienta al cabo del tiempo, algo así como si una tara impidiera que una persona o un animal se desarrollaran satisfactoriamente. También esos cimientos que sirven para sostener una construcción, pueden servir para encauzar sentimientos y apuntalar la personalidad que llevaremos el resto de nuestras vidas, desde el mismo momento de nacer. Él dice que siempre hay tiempo para la reacción, y yo supongo que quiere decir que en cualquier momento puede uno hacerse el ánimo de apuntalar lo que esté mal construido o amenace ruina directamente. Le digo que no discuto que pueda hacerse, pero para reaccionar y caminar y actuar se requieren fuerzas que quizá se han agotado en ese combate que se libró para dilucidar si convenía pelear por la victoria o se dejaba uno vencer. Y que quien en algún momento ganó pudo conservar la inercia que lo llevó a la victoria, mientras que quien perdió y mordió el polvo necesitó más tiempo para la recuperación.
  'Hablo y hablo, pero no quiero hablar siempre. Él dice que no hable, si no quiero hacerlo. Le digo que muchas veces hablo para coger carrerilla, para no disparar sin avisar. Soy dura, ácida, poco amable, me lo ha recordado siempre mi familia, que ya desde que era muy pequeña me llamaba rara y antipática, y algunas veces estúpida. Él dice que no lo entiende, que no ve nada en mí que corrobore esas afirmaciones. Yo le digo que así tenía que ser, si así me lo decían. Son mis familiares más directos, las personas que guardan en su recuerdo la memoria de lo que fui, así que debían quererme; son quienes definen mi comportamiento, mi forma de ser, así que se trata de un hecho que no debería admitir discusiones o discrepancias. Él dice que por qué no pueden ser susceptibles de desacuerdos ciertas opiniones, que lo importante soy yo, lo que soy y lo que ve en mí, y no esas opiniones tan alejadas en el tiempo expresadas por personas que no conoce pero que por qué no iban a estar equivocadas. Me pregunta si todos mis familiares opinaban lo mismo. Le digo que no. Le digo que mi abuelo siempre me decía que yo era la más noble y buena de todos sus nietos, la que tenía el corazón más grande. Él hace un gesto de sorpresa. Añado algo más: que el tío que me crió decía que yo era una niña muy especial. Se repite el gesto de sorpresa, y me pregunta si el hecho de que al menos dos personas, además tan cercanas a mí, tuvieran esa opinión que me manifestaban sin reparos, no me hace dudar de las opiniones y consideraciones de todos los demás. Reconozco que sí, que lo he pensado y repensado, y que tanto pensamiento me ha hecho dudar. Él dice que el hecho de haber dudado indica que hay algo más en mí que desilusión y dolor. Dice que también hay amor, el amor de esas pocas personas que me quisieron sin fisuras".