jueves, 21 de junio de 2012

miércoles, 20 de junio de 2012

martes, 19 de junio de 2012

La gente

La gente no es toda la gente. La gente se limita a un puñado de personas que se han cruzado contigo ocasionalmente, o a las que has visto circunstancialmente. La gente no es la totalidad de la gente. Mucho cuidado con decidir qué le gusta a la gente, o qué prefiere la gente. Es preferible limitarse a decir que hay gente que prefiere tal o cual cosa, a riesgo de equivocarse al afirmar que toda la gente quiere, o toda la gente ha decidido, o toda la gente prefiere... tal o cual cosa.

Cuando se hace un viaje y se visita una ciudad concreta de un país extranjero, suele regresarse opinando qué le gusta a la gente de ese país, o cómo es la gente de ese país, o sobre la educación o forma de ser de la gente de ese país. No se dice que tal persona a la que conocimos en tal ciudad de tal país nos decepcionó o nos encantó; sedice que la gente de la ciudad tal de tal país es... como resulta que fuera la persona con la que se habló. Puede que se hablara con varias personas, con bastantes personas, dependiendo de la duración del viaje, pero siempre se habrán tenido tratos sólo con unas pocas personas de una ciudad concreta que no tiene que ser la más representativa del país, suponiendo que exista una ciudad representativa de un país, o que algún país tenga dentro de sus fronteras una ciudad típica y tópica de sus usos y costumbres.

Ni siquiera hace falta salir de España. para que alguien decida cómo es la gente de tal o cual ciudad sólo por la experiencia que haya tenido con unas cuantas personas. Incluso la climatología es susceptible de ser tomada por buena, mala o regular en función del sol que brillara o las lluvias que cayeran durante los días que duró nuestro viaje. Hay quien se atreve a opinar sobre una ciudad si sólo pasó un día por ella y el único recorrido lo constituyó un viaje en taxi del aeropuerto al hotel, o de la estación de tren al hotel. Basta que coincidiera con un día de frío extremo o de lluvia persistente, o que se encontrara con un taxista imbécil, para decidir que el clima de esa ciudad es espantoso y la gente un horror.

Me recuerdan estos tópicos tan típicos a las opiniones que se tienen sobre los gustos de la gente cuando de cine hablamos, o de música, o de literatura. Pero más de literatura; al fin y al cabo el cine y la música son medibles, aunque lo van siendo cada vez menos por las descargas que se hacen de películas y discos. La literatura, en cambio, que es tan difícil de medir y cuantificar, se ha convertido en una cuestión tan previsible como el hecho de considerar muchas personas que tiene que ser como tiene que ser, siguiendo unas reglas que son básicas, a saber: argumentos originales, divertidos, fáciles, digeribles, etc



Ayurveda es el sistema de medicina clásico de la India que se basa en la teoría de que la falta de salud es consecuencia del desequilibrio entre los cinco elementos que componen el cuerpo: el aire, el fuego, la tierra, el agua y el éter. El significado exacto ayur, vida, y veda, conocimiento. Según esta clase de medicina (medicina ayurvédica),así como otras terapias orientales, los chakras son centros energéticos del cuerpo humano.


¿Son, en verdad, los chakras, las ventanas (orificios, tragaluces, etc) de nuestro cuerpo? Ventanas, se entiende, que deben ventilar la casa que somos, y al mismo tiempo proteger el interior de lo que somos, haciendo que cada una de nuestras habitaciones esté en equilibrio con las otras y los pasillos que las comunican se puedan transitar sin obstáculos o impedimentos que aíslen y por tanto las dejen inservibles.




jueves, 27 de octubre de 2011

Por qué lloré cuando ETA dijo agur

Cuando ETA dijo agur a las armas lloré. Me imaginé a los millares de vascos caminando por todo el mundo liberados por fin de ese estigma que nos hacía ser a todos sospechosos de perdonar y hasta amparar las tropelías de la banda armada que iba dejando tras de sí un caudaloso reguero de sangre en el que parecían bañarse a diario para olvidar que lo estaban alimentando ellos con sus crímenes.
Parece mentira que nos hayan responsabilizado a todos por lo que hacían unos pocos. Que éramos unos cobardes, escuché decir más de una vez. Vale, puede que fuera así, pero ser cobarde no convierte a nadie en asesino. Supongo, además, que ser cobarde hiere más al propio cobarde (sólo interiormente, es verdad), pero sigue sin convertirlo en asesino. Que éramos cómplices, escuche decir también muchas veces, pero no sé cómo se puede ser cómplice de alguien de quien no conoces su cara y menos sus planes para asesinar. Puede, en cualquier caso, que sí hubiera muchos cómplices que consentían y hasta animaban semejante desatino, pero eso no convierte a los vascos, a todos los vascos, en secuaces de los criminales.
Que imagino a millares de vascos caminando con la cabeza alta, decía al principio, liberados ya de este estigma que nos hacía entrar a todos en el mismo saco de la barbarie, fuéramos cómplices o no lo fuéramos; fuéramos cobardes que agachaban la cabeza o valientes que se la jugaban. Y lo digo con conocimiento de causa, porque a mí también me hicieron creer que consentía la violencia y amparaba el asesinato enmascarado en una lucha armada bastante desigual, por cierto, sobre todo cuando una bomba de la que era imposible defenderse estallaba llevándose por delante a todo bicho viviente que pasara por allí.
Relataré solamente tres situaciones que recordé nada más concer que ETA decía agur a las armas.
La primera que me vino a la cabeza ocurrió durante una fiesta de fin de año, cuando unos amigos me regalaron una muñequita equipada con un bolso en el que se apuntaba claramente el contenido de explosivos, y para complementar el atuendo una coqueta txapelita con las letras ETA bien visibles. Mi reacción de estupor y vergüenza me dejó tan paralizada que las disculpas "por si me había molestado; mujer, pero si era una broma", fueron casi una ofensa aún peor que el regalito en sí.
La segunda ocurrió cuando me disponía a entrar en el Parador de El Saler, donde estaba concentrada la selección española de fútbol y debí mostrar una de las credenciales que portábamos todos los periodistas (la otra iba colgada al cuello) que llevaba pegada en la solapa de la carpeta, junto a una pequeña ikurriña que me habían regalado. Los policías nacionales que custodiaban la garita me hicieron esperar, apartada del grupo de periodistas con el que iba, mientras hacían unas extrañas comprobaciones que no hicieron con ninguno de los otros. Las miradas cargadas de odio que dirigían alternativamente a la ikurriña y a mi persona me hicieron sentir una delincuente de la peor calaña, hasta que mis compañeros, sabedores ya de cuál era mi falta, protestaron por semejante trato y consiguieron que pudiera entrar sin más percances. Me pregunto, no obstante, qué hubiera pasado si yo no hubiera sido una periodista en cumplimiento de su misión informativa, o si entre mis compañeros no hubiera estado José Ángel de la Casa, el entonces narrador de los partidos de la selección en TVE.
La tercera también me ocurrió trabajando, o más exactamente después de trabajar, cuando me disponía a entrar en el vestuario de los árbitros al término de un partido de fútbol que había dirigido Urízar Azpitarte, vasco como yo y viejo conocido. La amabilidad inicial de los policías que custodiaban el acceso a esa zona restringida cuando comprobaron que era yo (yo quiere decir yo: periodista relativamente conocida entonces en Valencia, a quien habían visto montones de veces entrando y saliendo de esa zona, generalmente cargada con el dispositivo inalámbrico que utilizaba para hacer las conexiones con la emisora de radio en la que entonces trabajaba y por tanto nada sospechosa), se tornó desprecio, y me atrevería a decir que odio, cuando supieron que era de Bilbao.
Por eso, cuando supe que ETA decía agur a las armas suspiré, me emocioné, lloré y celebré íntimamente que quizá algún día los vascos dejaremos de estar estigmatizados sólo por el hecho de compartir paisanaje con esta banda de asesinos que se empeñaron en liberarnos del yugo opresor del Estado Español al precio que fuera, quisiéramoslo o no.

martes, 31 de mayo de 2011

La magia de El Camino

La magia es el arte de realizar cosas maravillosas en contra de las leyes naturales por medio de ciertos actos o con la intervención de espíritus. También es el encanto o atractivo particular de alguna cosa que parece fuera de la realidad o hace olvidarse de ella. La magia es más cosas, pero voy a quedarme con estas dos acepciones porque son las que mejor encajan con el sentimiento inexplicable que envuelve a las personas que realizan El Camino de Santiago, algo tan sencillo como caminar solo o en compañía de otros en condiciones a ratos difíciles y a ratos más difíciles todavía: hundiéndose en el fango o empapándose de lluvia; asfixiándose de calor o helándose de frío. Un sufrimiento inútil, si bien se mira (desde fuera). Un sufrimiento además baldío, si se mira mejor. Pero por alguna razón los tramos de ese camino que se transita a pecho descubierto van haciendo mella en el alma de las personas que se empapan de algo más que de lluvia. ¿De qué? Pues no lo sé, nadie lo sabe, sólo puede sentirse, y se siente tanto y es tan intenso lo que se siente que sólo puede tratarse de magia.
Estando en las condiciones más extremas, con las fuerzas gastadas y el corazón agotado, hay un sentimiento inexplicable que impele a seguir caminando como si fuera a llegarse a alguna parte que estuviera más allá de la Catedral de Santiago. Y se llega, ya lo creo que se llega. Se llega al interior de uno mismo, que a cada paso va descubriéndose poseedor de emociones nuevas, sentimientos desconocidos hasta entonces, resistencias desconocidas que acaban vencidas.
Pero la magia va un poco más allá, porque no sólo se siente en las etapas de El Camino, no sólo dura mientras dura la fatigosa marcha: se prende a la garganta como un nudo invisible y ahí se queda ¿para siempre?
Porque sólo un componente mágico puede mantener unidas a un puñado de personas que no se conocían de nada y han acabado sintiendo que forman parte de una comunidad, también cuando al terminar el empeño regresan a sus vidas cotidianas, pero siempre con una parte de su pensamiento enganchado a esa particular congregación que han formado.
¿Por eso se acaba volviendo? ¿Es por la magia?

lunes, 23 de mayo de 2011

Desconcierto

Cada vez entiendo menos y sé menos de casi todo, por eso me manifiesto cada vez menos en lugares públicos. Cuando se produce un acontecimiento de características extraordinarias me pasmo al escuchar de inmediato a casi todo el mundo opinando y sentenciando al respeto, mientras yo rumio ad nauseam si está bien o mal o regular lo que acaba de ocurrir. Así, para cuando me he hecho una opinión somera, aunque siempre discutible, porque no sé nunca si he meditado suficiente o no; si he respetado o no todos los principios y consecuencias de la tal decisión, resulta que otro acontecimiento de características tan extraordinarias como el anterior ha ocurrido y me ha pillado igualmente con el pie cambiado y en la recta final de mi larga digestión.


Por no hablar de la sensibilidad de las personas que leen o escuchan lo que les da la gana cuando se opina de cualquier cosa, y se ofenden con una facilidad pasmosa, sin que sea posible hacerles ver que se pueden tener opiniones dispares sin que por ello se ofenda a quienes las tienen diferentes.


¡Ah! Y ni hablar de hacer visible una molestia por algo que se haya dicho con evidente falta de conocimiento o educación, o se trate de encauzar una opinión sin sentido o falta de lógica, porque entonces es posible verse enzarzado en una discusión interminable que no solo no conduzca a nada bueno, sino que además acabe por derivar en algo dañino que sólo perjudicará al más elevado de pensamiento y por tanto más sensible de los contendientes en la discusión, en tanto las mentes más cerriles son las menos delicadas y por tanto las más entrenadas para las luchas que se dirimen a ras de suelo, esto es, en el barro.


¿Es posible que el mundo sea tan sencillo y sin embargo tan complicado de entender? Pues sí, si así lo parece. Por eso cada vez me expongo menos a las opiniones ajenas, a no ser que lo que tenga que decir tenga que decírmelo a mí fundamentalmente, no sea que alguien se ofenda y me llene el receptor de mensajes de opiniones que no siempre entiendo y de los que generalmente no me sé defender.